Admiro a los escritores Jaime Bayly y Roberto Bolaño porque se atreven (verbo en pasado en el caso del chileno) a contarlo todo. La valentía de explorar y airear los rincones turbios de la gente, incluidos los del propio autor, es el camino literario que me interesa seguir.
Bayly, por ejemplo, no se calla nada: cualquier que haya leído alguna de sus novelas o de sus relatos en prensa sabe, como mínimo, que es bisexual, que su madre es extremadamente religiosa, que tuvo una relación infernal con su difunto padre, que su exmujer no lo puede ni ver, que sus primeras hijas tampoco muestran mucho interés en el hombre que les dio la vida y se las hace más fácil merced a su distendida posición económica, que su actual esposa es el doble de joven que él, que ambos tienen una pequeña con nombre de pez. Todo. La vida de Bayly es de dominio público porque así, sin nadie que lo empuje a retratar su interioridad, lo ha decidido el escritor peruano. “Es mi vida, mi libertad, mi voz”, defiende él. Qué buena frase, coño.
Bolaño, al que sólo le he leído “Los sinsabores del verdadero policía”, es deliciosamente crudo a la hora de describir la psiquis de sus personajes. Amalfitano, profesor chileno que dejó su plaza en una universidad catalana por permitir que su joven alumno Padilla le metiese la polla, es de carne y hueso. Uno lo toca, comparte su cacao mental cuando descubre que a la vejez le van las vergas.
No es el grado de intimidad de sus historias lo que más me atrae de estos tipos, ni siquiera cierta predilección estética por el escándalo; prevalece cómo cuentan lo que ven (o viven), la fuerza de su narración, la mirada. E, insisto, la ausencia de filtros.
Hace poco, un anciano de mi pueblo salió en un programa de televisión para buscar compañía femenina. El hombre contó su vida en poquísimo tiempo, pues en la caja tonta reina el relato fugaz. Había vecinos que esperaban con intriga qué contaría y qué guardaría para sí. Los decepcionados lamentaron excesos de elipsis.
Yo me sentí como aquel anciano cuando armé los cuentos de mi libro. Qué echar fuera, qué conservar dentro. Qué tan liberal soy, qué edulcoraría para evitar dolores de cabeza.
Lo mejor que me han dicho de “Historias de Frailes” es que es valiente. A mí, sin embargo, me parece que podría haberlo sido aún más. Tengo tentaciones narrativas que aborté. Me arrepiento.
Habrá que expulsarlas algún día. Aunque sea por mera imitación.
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