Elecciones en Nacional: me gustan los estudiantes

La primera vez que se eligió al presidente del Club Nacional fue en su nacimiento, el 14 de de mayo de 1899. Le tocó a Sebastián Puppo, el centrodelantero del Montevideo Club (el Atletic Club es el otro equipo fundador de Nacional).

Sobre Nacional recordó que “Sus inicios no fueron en cuna de oro: nació en la pobreza franciscana”, dijo en una carta a una audición partidaria 45 años después de ese oscuro día de mayo donde los estudiantes quisieron fundar un club criollo, criollo, en respuesta al racismo imperante en la práctica del “football” por parte de algunos ingleses.

Después vino el crecimiento explosivo y las victorias y la representación de todo el fútbol uruguayo. Y después vino José María Delgado. Fue presidente de Nacional con 27 años, aún estudiante de medicina y poeta y editor de una publicación de poesía (se llamaba “Pegaso”, como no podría ser de un nacionalófilo).

A pesar de la juventud, su obra lo catapultó al título honorífico de “Patriarca de Nacional”. Deberían llamarlo del fútbol uruguayo, porque desde la presidencia defendió la posibilidad de tener un fútbol para todo nuestro país. No es casual que su sueño y la combinación con su poesía merecieran un premio nacional de literatura en 1941.

Pero lo más importante fue la victoria en la asamblea contra la facción más elitista. La élite se fue de Nacional y formó el Bristol, cuadro de corta duración. En 1912 se enfrentaron por la liga Nacional contra el Bristol. En ese partido jugó para Nacional el primer player afrodescendiente en nuestro país: el negro Antonio Ascunzi. Ganamos ambos partidos y además salimos campeones.

Posteriormente, un presidente enloqueció. Rodolfo Bermúdez, otro de los pilares populistas de aquella asamblea democrática de Nacional, quiso jugar un “mundial de fútbol”. Lo concretó el siguiente presidente, Atilio Narancio. Para tener una idea, Narancio cumplió 40 años cuando comprometió su patrimonio para llevar a la selección uruguaya hacia Colombes, para jugar los juegos olímpicos.

Si bien Narancio no era un “estudiante”, sí formaba parte de una generación nueva del país que abogaba por los nuevos derechos sociales surgidos del choque del Uruguay rural decimonónico y la oleada populosa de principios del siglo XX. Ahí radicaba la “juventud” osada de los presidentes, por ejemplo José Añón, un gallego de Cutcsa, fundador de la actual sede social, un “emigrante triunfador”.

No se podía hablar de osadía ni de triunfos durante la dictadura militar de 1973–1985. El relator Víctor Hugo Morales subrayaba en Miguel Restuccia y en Cataldi a los ejemplos uruguayos de corrupción en el mundo del fútbol. Bueno, Cataldi era batllista y estaba proscrito, y Restuccia estaba vinculado al wilsonismo. Es decir, eran opositores a la dictadura. Así dice el libro “Relato Oculto” de Leonardo Haberkorn. Pero sobre todo lo dice el propio Restuccia.
Terminó preso por un delito que no cometió.

Pero la relación de Restuccia con la juventud, con ese divino tesoro, se da a través del técnico argentino Miguel Ignomiriello, un formador de futbolistas. Juan Ramón Carrasco, Darío Pereyra, Alberto Bica, Alfredo De los Santos, Rafael Villazán, Heber Revetria, Martín Taborda, Adán Machado. Y la lista sigue.

Los ochenta, ganadores. Los noventa, una mierda. Los dos mil, con el Parque devuelto a la gente. Pero cambió la pisada en Nacional, en Uruguay y en el mundo del fútbol.

Los escándalos harto evidentes fueron insostenibles para un país que ama tanto al capitalismo que detesta cuando les quieren tirar un caño. Así que una fiscal norteamericana estudió durante al menos tres años los movimientos bancarios de dirigentes del fútbol de primer nivel. Todos, incluso el atornillado Sepp Blatter.

Pero de ahí para abajo. El reclamo por mayor transparencia sacudió a todo el fútbol. Y el presidente Ache estaba demasiado pegado a “lo viejo”. Surgía algo distinto y con muy poco, “el puma” José Luis Rodríguez se hizo con la presidencia de Nacional.

Básicamente se comprometió a transparentar al club. Si hay una venta, se publica en la web cuánto y cómo fue la transacción. Si sumamos a que la principal figura tras Rodríguez es el capitán histórico Hugo de León, un tipo que no es afín a pagar a los contratistas más de lo que indica la ley, el cóctel se agiganta. Serían dos medidas fundamentales para romper con la opacidad del fútbol uruguayo y un ejemplo para el mundo. De cada quien lo necesario, a cada quien lo que corresponde.

Pero hay que estar a la altura de la historia. Enredarse en temas que no son de fondo (como “recuperar” la tribuna Amsterdam para la hinchada de Nacional cuando se menciona al Parque Central tricolor como próxima sede del clásico contra el rival tradicional, o las escaramuzas por los nombres) son pasos en contra del reclamo de todo el planeta del fútbol.

Hace días, el presidente del tradicional rival adelantó que va a pedir el retiro de la sede de Conmebol de la ciudad de Luque, en Paraguay, cercana a la capital guaraní, Asunción.

Que la Conmebol permanezca en Paraguay es sinónimo de status quo. ¿El nombre del estadio de Peñarol será impedimiento para proseguir con la transformación transparente del fútbol sudamericano?

Por otra parte, un combinado de clubes de fútbol anunció la formación de una asociación propia.

“Hastiados del destrato y del ninguneo, del sistema perverso que los obliga a jugar por monedas torneos que otros venden por sumas millonarias, los clubes se están organizando, agremiando, para dar nacimiento a la Acsa (Asociación de Clubes de Suramérica).”

Y acá, ¿dónde está Nacional?

Fue la nueva generación de uruguayos quien puso un nuevo ritmo en Nacional. Me gustan los estudiantes, diría entonces Viglietti. Aquel mismo espíritu criollo y sudamericano que alentó a fusionar dos cuadros de fútbol para incluir a las mayorías a un deporte de ingleses, aquel espíritu apoyado en gurises que se mostraban como las joyas de un país oscuro, este espíritu que reclama al menos transparencia para el deporte más lindo de la historia, el más bastardeado de la historia, ¿estará a la altura de su propio relato? Cuatro años son poco para responder la pregunta. O no.