Cuba libre, filme cubano: Otras guerras por vencer

Por Frank Padrón

(Tomado de Trabajadores)

Cuando norteamericanos y cubanos brindan con un cóctel que mezcla dos bebidas emblemáticas de ambos países — aludiendo quizá al popular trago que da título al filme Cuba libre — se está incurriendo aquí en otro de los tantos planos simbólicos que determinan la nueva cinta del realizador Jorge Luis Sánchez (El Benny).

Mixtura también de tradiciones fílmicas que en cierto sentido definen a naciones de referencia (el buddy film infantil y el cine bélico mambí, la obra aborda ese conflicto esencial dentro de la historia patria como fue la guerra hispano-cubano-americana, con la consabida intromisión yanqui cuando ya la contienda estaba prácticamente ganada desde nuestras filas frente a los peninsulares.

La novedad es que la perspectiva del punto de vista es precisamente aquel donde dos niños (alternativamente rivales/amigos) observan, comentan, participan de hechos que los involucran tanto como los trascienden. Un pueblecito rural actúa al modo de microcosmos del conflicto que, a punto de entrar en el siglo XX, nos situó como país en una encrucijada no solo patriótica, sino identitaria, en un rumbo que ha definido relaciones conflictivas desde entonces hasta hoy, entre Estados Unidos y Cuba.

Ello da rienda suelta a licencias poéticas, históricas (algunas un tanto hiperbólicas, como el protagonismo del niño-intérprete en tal faceta) que acentúan un prisma importante: Sánchez no solo está revisando con pupila crítica el ayer histórico, sino que también nos está hablando de ahora mismo, con las relaciones entre ambos países y donde conflictos como las posturas anexionistas, el pragmatismo, los anhelos migratorios, primeramente de los jóvenes tras el tan contradictorio “sueño americano” o las respuestas independentistas, vuelven a situarse en el tapete sociopolítico.

Lo ha hecho, por una parte, desde cierto maniqueísmo en el guion respecto a no pocos personajes y situaciones, pero sobre todo y afortunadamente, mediante una historia contundente, eficaz, por cuanto convoca a la reentronización de no pocos valores extraviados en la actualidad. Los ojos infantiles que presiden la mirada son un rasero importante porque, si bien en las edades adolescentes de Simón y Samuel no existe ya aquella inocencia primigenia, aun se trata de seres que están descubriendo el mundo, con todas sus contradicciones y complejidades, de modo que las actitudes que asumen en los vaivenes sociopolíticos circundantes, la evolución que van experimentando sus personalidades en formación significan también una brújula para entender aquellos.

En tal sentido, Cuba libre es, además, eso que se ha dado en llamar bildungsroman (relato de aprendizaje) o, precisando mejor, coming of age (textos artísticos sobre los procesos de búsqueda en la adolescencia) lo cual lo emparienta originalmente con otros filmes del patio como La edad de la peseta, de Pavel Giroud; Viva Cuba, de Juan Carlos Cremata o El ojo del canario, de Fernando Pérez. Desde el punto de vista morfológico, el filme descuella por una acertada narración que en lo absoluto emula la dinámica de los filmes bélicos hollywoodenses, para, sin extraviar el ritmo, concentrarse en un tempo saludablemente lento, que permite la pormenorización de los hechos recreados (el montaje de Ernesto Doñas jugó un decisivo rol en ello); una reconstrucción de época encomiable, para lo cual dieron su imprescindible aporte la dirección artística y de vestuario (Nanette García), la fotografía encaminada a captar sutilezas en los espacios y la iluminación del cada vez más experimentado Rafael Solís, así como la música de Juan M. Ceruto, sensibles cuerdas que aparecen en momentos requeridos sin la omnipresencia que frecuentemente arruina tal rubro y sus funciones.

Aportan no poco las actuaciones, y aunque se aprecia un nivel general, quisiera destacar la ductilidad y el equilibrio de Isabel Santos, impidiendo en todo momento que la tiranía de su maestra españolizante caiga en peligroso estereotipo (lástima que la trayectoria del personaje se abandone y reaparezca solo al final con ese cambio radical y abrupto que merecía un seguimiento); Adael Rosales (el coronel Armenteros); Georgina Almanza (su madre); el noruego Jo Adrian Haavind (coronel del ejército yanqui); Marlon Hernández (militar afronorteamericano) y, por supuesto, los niños Alejandro Guerrero (Simón) y Christian Sánchez (Samuel), verdaderas revelaciones que hay que seguir de cerca. Jorge Luis Sánchez saldó una deuda personal mediante este filme con su bisabuelo mambí; desde el punto de vista de los cánones fílmicos, lo ha hecho también con una tradición — el cine de nuestras gestas independentistas — insuflándole otros aires que la renuevan y enriquecen.

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