Erik el Rojo

El primer europeo viviendo en América.

{Jæren 950 / Brattahlid 1003}

Su nombre era Erik Thorvaldsson, pero todos lo conocían como El Rojo. Había vuelto a Islandia después de tres años de exilio con historias de un lugar verde, cálido y propicio para la agricultura y la ganadería al otro lado del Mar del Norte. Quería establecer allí una colonia y buscaba hombres y mujeres que quisieran una vida sin tanto sufrimiento y tanta hambre. El viaje no sería fácil, los que encontraran el valor necesario debían navegar varias semanas junto a Erik por ese océano de corrientes y vientos helados, pero Groenlandia, “la tierra verde”, valdría la pena.

Convenció a cerca de 600 personas. Esperó que el invierno diera sus últimos coletazos y en el solsticio de verano zarparon 25 barcos vikingos llenos de comida, animales y todo lo que necesitarían para poblar esta nueva tierra en el borde del mundo.

Como era de esperarse, los dioses no fueron favorables con su aventura. Surcaron olas furiosas y evadieron icebergs monstruosos que podían convertir a cualquiera de las naves en un manojo de astillas. Algunos en el grupo se hundieron, otros se dieron por vencidos y emprendieron el viaje de regreso a Islandia. El paraíso, estaba claro, no era para los que no arriesgaban.

Erik, en cambio, lo arriesgaba todo. En medio del torrente de calamidades que les caía encima él seguía firme, el pelo y la barba como llamas de fuego negándose a retroceder ante la lluvia y la brisa helada. Su determinación era la poca confianza que le quedaba a los colonos de que no se dirigían a una muerte segura en el fin de la tierra, allí donde las aguas caían en el vacío infinito.

Cuando finalmente divisaron las costas de Groenlandia habían perdido un tercio de sus fuerzas: sólo quedaban 14 barcos y poco más de 400 personas. Bordearon el litoral hasta llegar a la entrada de Eriksfjord –el fiordo de Erik– y navegaron por sus aguas tranquilas hasta el área que tres años antes él había bautizado como Brattahlid, “la pendiente pronunciada”.

Al desembarcar, los colonos vikingos se llevaron algunas sorpresas. El paisaje era verde, cierto, pero estaba lejos de ser el paraíso boscoso que Erik había descrito en Islandia. No había árboles, sólo pequeñas flores blancas y amarillas que crecían sobre el pasto de la estepa. Sin madera, los colonos se vieron obligados a construir sus cabañas con las piedras que encontraban por la zona y que unían con barro helado y húmedo. Para mantener el calor, rellenaron los techos con capas de tierra y pasto.

A pesar del engaño, Erik se nombró a sí mismo el jefe y nadie se atrevió a dudarlo. Ordenó las tareas de cada uno, los tiempos para cultivar y para salir de pesca. Enviaba expediciones que navegaban hasta cruzar el círculo polar ártico en busca de peces, focas, morsas y ballenas ricas en grasas y nutrientes para sobrepasar los duros inviernos. Mantuvo una gran curiosidad por saber qué otras tierras podrían descubrir hacia el sur. En una de esas aventuras Leif, el más famoso de sus hijos, llegó a Terranova y fundó otra colonia en un sitio que bautizó como Vinland, “la tierra de las viñas”.

No se conocen las causas exactas de la muerte de Erik. Los registros en la Saga de los Groenlandeses no son determinantes. Algunas historias apuntan que quedó mal herido después de una escalofriante caída de caballo. Otras teorías más recientes afirman que fue víctima de una plaga que llegó con nuevos colonos arribados de Islandia. Se calcula que dejó de existir en el año 1003. No hay restos de su tumba.

Brattahlid, sin embargo, sobrevivió otros 500 años hasta el comienzo de lo que se conoce como La Pequeña Edad de Hielo. Luego los vikingos abandonaron Groenlandia empujados por el mal clima, la hambruna y las constantes batallas con los guerreros esquimales que provenían desde lugares desconocidos del oeste y del norte.

Ni Erik ni los colonos supieron que habían llegado a un continente nuevo.