Vivimos entre bebés robots que están aprendiendo a manejar

Axel Marazzi
Sep 4, 2018 · 3 min read

Los autos que se manejan solos son la meca del transporte público. Al mundo del futuro nos lo imaginamos sin choques, con calles silenciosas sin bocinas, sin puteadas entre conductores y con pasajeros que pueden disfrutar su tiempo arriba de los vehículos para leer, trabajar o, lo que haría yo, dormir.

Quizás ese futuro exista y termine llegando, pero vamos a tener que atravesar muchos inconvenientes. En este momento de la historia las ciudades donde están siendo testeados este tipo de vehículos son como lugares donde hay robots bebés que están aprendiendo a manejar y que no tienen idea cómo realmente funciona la calle.

Un artículo de The Information reveló qué es lo que sucede. Los robots fueron programados –y son perfectos en ello– para respetar al 100% las reglas de tránsito. Los humanos, por su parte, somos completamente diferentes. En ocasiones vamos más rápido de la velocidad permitida, no frenando en los lugares que hay que frenar, doblando donde no se puede, hablando por teléfono y una lista prácticamente interminable de infracciones. Esto genera que en muchas oportunidades los vehículos que se manejan solos frenen de manera abrupa y, por ende, otros conductores chocan.

Esto no es algo nuevo para el mundo de la robótica. Los humanos son impredecibles y, la verdad, malos siguiendo reglas. Los robots no. Son sistemas exactos que están creados para actuar de determinada manera ante determinada situación. Para los sistemas informáticos lidiar con áreas grises es muy complejo. Y si bien la inteligencia artificial puede ser el mejor aprendiz que haya ahí afuera, la realidad es que todavía no es más que eso, un aprendíz.

Hay una anécdota preciosa que ya se volvió viral en lo que al mundo de los self-driving cars respecta que se dio en 2009. Un auto de Google, durante una prueba, se quedó parado sin poder reaccionar cuando llegó a una intersección porque estaba esperando que los conductores humanos frenaran (había una señal de stop). Como nunca lo hicieron, el auto se quedó paralizado. Está claro que la tecnología avanzó notablemente en esta –casi– década, pero también está claro que si bien la tecnología aprendió cómo resolver ese detalle, no aprendió cómo resolver el resto.

Y si bien lo que tienen que hacer este tipo de vehículos es aprender cómo ser un poco más agresivos a la hora de moverse sin tener accidentes, hay algo mucho, muchísimo más complejo: tienen que entender la cultura local de manejo en cada sociedad. No es lo mismo cómo se mueve una moto en Tailandia que en Buenos Aires. No es lo mismo una bicicleta en India que en Francia.

Quizás esta tecnología nunca llegue a ser perfecta. Quizás la utopía de los vehículos que se manejan solos, si bien van a existir y masificarse, al menos como la imaginamos no exista y estos vehículos nunca terminen de aprender cómo evitar accidentes y crear un mundo de paz en las calles. Lo que sí es cierto es que, eventualmente, aprenderán cómo ser mejores que nosotros y con eso alcanzará para corrernos del medio.


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Escribo sobre tecnología y cultura y miro más al celular que a los ojos.

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