Madrid era una fiesta

‘Arde Madrid’ pone en escena la alocada vida, llena de fiestas privadas, que vivió Ava Gardner en Madrid.

ATENCIÓN: Este artículo puede contener spoilers de ‘Arde Madrid’.


En 1964, y de manera póstuma, Ernest Hemingway, que se había quitado la vida en Idaho tres años antes, publicó su novela más íntima y personal. París era una fiesta (A Moveable Feast) profundizaba desde la nostalgia en los años dorados, de juventud, del escritor en la capital francesa. Un carrusel de desenfreno, de celebración constante y liberación que forjaron una personalidad compleja e interesantísima de la mano de otros autores multidisciplinares como Francis Scott Fitzgerald, Pablo Picasso o Ezra Pound. En el momento de su fallecimiento, su gran amiga Ava Gardner vivía un periodo similar en la España franquista, convertida para ella en refugio del detestable Hollywood. Esa época en la vida de la artista norteamericana, que residió asiduamente en nuestro país desde 1950, es el que recoge y documenta, a su manera, Arde Madrid, codirigida por Paco León y Anna R. Costa para Movistar.

Sin embargo, pese a tener un personaje tan fuerte y potente como la condesa descalza, la narración no solo se centra en su aura para desarrollarse. Dos discursos de la protagonista, en el inicio y el final de la producción, abrazan el verdadero relato oculto en Arde Madrid: la liberación sexual de Ana Mari, una instructora de la Sección Femenina (SF) de Falange Española, en una nación llena de oscuridades. La serie comienza con una sentencia rotunda: “si tu marido te pega, tienes que preguntarte qué estás haciendo mal”, asegura la mujer interpretada por Inma Cuesta en una de sus lecciones maritales. Nada que ver con el discurso que pone el broche a su arco en el último episodio: “No quiero. Yo no quiero que mi vida consista en tener que cumplir con la obligación de un hombre. No quiero que me racione el dinero para las compras, ni que me dé su firma para abrirme una cuenta en el banco. No quiero. Ni quiero desperdiciar mi vida, y mi tiempo, pensando dónde estará ni con quién; ni aguantar su mal humor y silencios. Yo no quiero que un hombre me diga: esto sí y esto no, aquí sí y aquí no. Ni estar agradecida porque no me pega. Yo no quiero nada de eso, porque todo eso sería como vivir a la sombra de otra vida, y eso no lo pienso consentir de ninguna manera”. Rotunda muestra de cómo los ocho capítulos desarrollan el arco psicológico del personaje y, en cierto modo, metaforizan el camino que le quedaba a la sociedad española por recorrer (aún hoy no se ha dado el último paso).

La misión de Ana Mari: espiar las posibles conexiones entre Ava Gardner y las células comunistas.

Entretanto, Arde Madrid se dedica a mostrar el día a día de Ana Mari, junto a Manolo y Pilar, en el servicio doméstico de Ava Gardner (una voluntariosa, y por momentos camaleónica, Debi Mazar). Para Ana Mari, la estancia es una misión de Falange: la de espiar los posibles encuentros comunistas que se estarían librando en casa de la actriz; para Manolo, una oportunidad de salir de los bajos fondos. Juntos formarán un matrimonio ficticio en el que empezará a surgir cierta química. En mitad de este triángulo estaría la citada Gardner, casi como un símbolo. La mujer liberada. Aquello a lo que no pueden aproximarse, ni por asomo, sus sirvientas Ana Mari y Pilar. Mientras la intérprete de Hollywood representa a la mujer desencorsetada, las dos españolas se circunscriben a sus contextos represores y censuradores. Sin embargo, el trato diario con “la señora” les llevará a cuestionarse todo lo aprehendido. De esta manera, a través de la confrontación entre la extranjera y las españolas, el contexto adquiere toda la fuerza necesaria para la historia. Tanto Pilar, que se atreverá a interrumpir un embarazo no deseado, gracias a la intermediación de la propia Ava, como Ana Mari, que despertará sus apetitos sexuales por primera vez, se atreverán a tomar conciencia y control de su propio cuerpo de manera independiente y autónoma.

En esa mirada hacia la toma de conciencia sobre sí misma de Ana Mari tiene lugar uno de los mayores hallazgos formales de Arde Madrid. Los directores deciden trenzar la masturbación iniciática de la mujer con una secuencia en la que Lola Flores (grandísima y breve interpretación de Mariola Fuentes) canta y baila hasta la extenuación en el bautizo de su hijo Antonio. Un recurso que alcanza su clímax en el mismo instante y que une el Arte con la sexualidad, la pasión y la celebración (1x03). No es el único deje formal que luce la ficción, que pese a explotar más el componente narrativo, se permite también mostrar una España gris y sin color a través del blanco y negro que define el cromatismo. Una España en la que una mujer solo es capaz de desear en su inconsciente (el sueño que inicia el 1x05). Por eso no hay colores, sino que hay que imaginarlos en esa decoración tan madmeniana, a caballo entre el Pop Art y el Art-Decó, que podemos vislumbrar en el lujoso piso de Ava Gardner en el que termina por desarrollarse el grueso de la trama (la residencia se encontraba en pleno centro de Madrid, en una urbanización privada en El Viso).

Ava Gardner en el bautizo de Antonio Flores. En la foto, Eugenia Martínez de Irujo interpreta a su madre, la Duquesa de Alba, Melody se mete en el papel de Carmen Sevilla, Raquel Infante en la piel de Marujita Díaz y Mariola Fuentes da vida (y Arte) a Lola Flores. [©Jorge Fuembuena].

No hay color, porque no lo había, pese a todo. Es curioso que ese franquismo fuese el oasis de libertad para la actriz de Hollywood, que encontró en Madrid todo lo que buscaba para escapar del glamour forzado de los opulentos Estados Unidos. Esa España que queda retratada a través del punto de vista de sus personajes en la obra. Arde Madrid podría definirse, también, como una panorámica por las cloacas de España. Los barrios bajos, como sinónimo de los instintos primarios, muestran un Madrid que suena a rumba y huele a orina y contrabando de alcohol, droga y joyas. No obstante, lejos de centrarse en los escalafones más bajos, la mirada de Paco León y Anna R. Costa garantiza una observación de clase. Las élites burguesas y adineradas del Movimiento son igualmente caricaturizadas. La escritura carga contra el elitismo reinante en la gala Miss Naciones Unidas a la que acude Ava Gardner como jurado (en la que todos se mofan de Pilar, que no sabe leer bien), pero también contra el peso que adquiere en el día a día de la mujer española la Sección Femenina, cuyo espíritu personifica la gran Carmen Machi para tomar la entidad y el ideario del movimiento en sus gestos y su vehemencia en escasos minutos en pantalla. No es la única bala: Arde Madrid también dispara a la nobleza mediante la boutade constante del ex presidente argentino exiliado Juan Domingo Perón y su mujer Isabelita y, en una aproximación mucho más crítica y fiscal, aunque más breve y sutil, en el acercamiento a la “gestación subrogada” a través de la Iglesia Católica, que arregla y dispone el proceso de embarazo y cesión del bebé de Pilar a una familia adinerada. No siempre las cloacas huelen a desechos: en ocasiones se disfrazan con perfumes caros. Así, el discurso sobre la decencia y la indecencia (1x05) se extiende a un país, una sociedad y el conjunto de sus habitantes.

Voluntariosa y por momentos camaleónica, Debi Mazar es Ava Gardner.

Más allá de ese retrato de contexto, la creación de Movistar nos permite acercarnos a la intimidad de una diva como Ava Gardner. Sus archiconocidas fiestas, que despertaron las iras de muchos de sus vecinos en El Viso, entre ellos los Perón, abren paso a momentos puntuales de su vida personal (el dolor profundo y la desolación tras la muerte de su Hemingway: “todo se lo preguntaba a él, and now, no sé qué mierda voy a hacer con mis preguntas”, o su tensa relación con Frank Sinatra, con el que mantiene conversaciones telefónicas) y profesional (la negociación que mantuvo con el productor Samuel Bronston para incorporarse a la película de Nicholas Ray 55 días en Pekín).

Arde Madrid es, por tanto, un retrato en dos direcciones: la estrella y la atmósfera, y en dos tonos: drama y comedia. Una imagen que, de forma totalmente pretendida (que no pretenciosa), se aproxima al contexto más a través de lo caricaturesco que de lo historicista. Una hipérbole. Un busto de la diva de Hollywood más flamenca, la condesa descalza, aquella que no dudaba en bailar al son de la música que acompaña al guión, que se simbiotiza con las voces de la faraona Lola Flores, Manolo Caracol, El Pescailla o Gracia Montes, pero que también deja paso al fenómeno Rosalía. La artista catalana –quién sabe si el mejor producto de marketing del siglo XXI– versiona para la teleficción La zambra del campamento del propio Manolo Caracol y parece advertir, tal vez en clave política (?): en lo nuevo, a veces, hay resonancias de lo antiguo. Y, en ese sentido, hoy, todavía puede arder Madrid.

La naturalidad interpretativa de Anna Castillo, transparente como actriz, se une a la verdad que siempre imprime Inma Cuesta a “sus mujeres” y a la versatilidad de Paco León en ese retrato bifocal de la España franquista.