‘Atlanta’, this is America

ATENCIÓN: Este artículo puede contener spoilers sobre la segunda temporada de ‘Atlanta’.


No hay duda de que Donald Glover es una de las voces artísticas más comprometidas y polifacéticas de los últimos años. Cuando, a principios de este mes, lanzó el videoclip de su tema This is America monopolizó las redes. Todos hablaban de las imágenes de Hiro Murai, todos comentaban las referencias que escondían los bailes, las posturas y las muecas de Childish Gambino (el alter ego musical de Glover). Sin embargo, pese al inmenso impacto generado por el videoclip, no es la primera vez, ni mucho menos, que el creador mira hacia la realidad de su pueblo con rostro crítico y dureza.

Su Atlanta sirve como muestra de la capacidad de Glover y su equipo (Murai también dirige, junto a Amy Seimetz, el grueso de la serie) a la hora de enfrentar la crudeza de una realidad nada ajena a su arte. La segunda temporada de la teleficción ha supuesto la confirmación de ese espíritu rebelde y sumamente crítico que acompaña cada movimiento del artista. Desde el primer capítulo hasta el último, la obra emitida por FX se ha convertido en otro grito revolucionario a tener en cuenta.

Glover ha puesto sobre el mismo plano su faceta artística y su carácter televisivo. Así las cosas, lejos de separarse en dos mundos, el videoclip y la serie han servido como catalizadores de una crítica cruda y sin ambages a la gran nación. El racismo latente ha vuelto a ocupar un espacio importante en el guion de la producción, con un episodio dedicado a lo que podríamos denominar como microrracismos (el billete de 100 $, la disparidad de trato en los pubs, etc.) en el que se desnuda a la sociedad norteamericana de forma frontal y antiedulcorada. No han sido las únicas críticas a la Norteamérica blanca. Por un lado están las quejas de una mujer blanca en el inicio del 2x03 contra el lenguaje empleado por Paper Boi en sus canciones, que, por cierto, se podrían emparentar con las reacciones de los grupos de extrema derecha y pro armas al de This is America (lágrimas blancas, white tears). Más allá, la triste presunción de un futuro no demasiado mejor que deja el 2x09 mediante la simbólica bandera confederada que preside la hermandad universitaria, así como a través de la puesta en escena de la novatada.

No obstante, lejos de estancarse en la facilidad del aspecto racial (que podría haberle dado material para un nuevo decálogo), Atlanta ha traspasado las fronteras y ha ofrecido, sobre todo, una elegante reprimenda a la necesidad de la máscara. Las redes sociales, la imagen de nosotros mismos que proyectamos a través de internet y la importancia de la fachada y la apariencia han cobrado mucha importancia en la escritura, fundamentalmente en los capítulos 2x07 y 2x08, en el que una fiesta en casa de Drake o un encuentro de Paper Boi con una amiga instagramer sirven para ofrecer un vistazo a aquello en lo que nos estamos convirtiendo gracias a la influencia de las redes sociales sobre nuestros actos.

Mucho más sutil, pero no por ello menos fiera, ha sido la composición del 2x10. Lo que en un principio podíamos entender como un divertido juego de reasignación se acaba convirtiendo en un potente drama sobre el abuso escolar, uno de los grandes problemas de las sociedades contemporáneas, que supera en elegancia, contundencia y finura a otras obras como Por trece razones (13 Reasons Why; Brian Yorkey, Netflix, 2017). También desde la delicadeza se ha asomado Donald Glover a las fracturas y las suturas que sufre la relación de pareja que mantienen Earn y Van. El 2x04, dirigido de forma espléndida por Amy Seimetz, es una de las mejores radiografías que se han hecho del amor moderno y de los miedos existenciales que arrastra.

Pero no hay duda de que el gran hito de esta segunda tanda de Atlanta ha llegado justo en su mitad. Teddy Perkins (2x06) ha congelado una imagen para siempre en la retina de los espectadores: la piel blanca y de aspecto terrorífico del antagonista, interpretado por el propio Donald Glover bajo un impresionante maquillaje y una dicción aterradora. El episodio, el más extenso de la serie hasta el momento (35 minutos), se configura como una especie de mediometraje de horror gótico en el que resuenan, inevitablemente, títulos como la recientemente aclamada Déjame salir (Get Out; Jordan Peele, Estados Unidos, 2017), El hombre invisible (The Invisible Man; James Whale, Estados Unidos, 1933) o relatos reales como la infancia de Marvin Gaye Jr. o los Jackson Five, mencionados de manera explícita, incluso, en el guion escrito por el propio Glover y dirigido por Hiro Murai.

La puesta en escena de Teddy Perkins es un elogio a lo que simboliza la propia ficción de FX. El reverso inteligente y pulcro del film de Jordan Peele. Como si se tratase de la mansión a la que Darius acude en busca de un piano de colección, el capítulo tiene múltiples habitaciones de lectura e interpretación. Así las cosas, abrazado por dos temas de Stevie Wonder, el relato del 2x06 alterna entre las sombras de padres autoritarios, la necesidad o no del dolor para la consecución del éxito o la opresión que lleva a cabo la propia cultura hegemónica sobre la cultura negra (el gran padre blanco, Estados Unidos, esclavizando a los negros y, siglos después, los ecos de su cultura). La metáfora cobra una importancia incalculable en la sexta píldora de esta segunda entrega. De igual manera que en el desarrollo del videoclip de This is America, todo es símbolo en el de Teddy Perkins. Desde la laberíntica arquitectura de la casa hasta el juego de reflejos, desde el rostro del antagonista, pintado de blanco a lo Jim Crow de forma claramente forzada, hasta la referencia al hombre invisible (el tío Sam, que fagocita todos los intentos de subcultura) que se extrae del aspecto de su hermano, Benny. Y, sin duda, la lectura que podemos extraer del final del episodio, en cierto modo esperanzador: el hombre invisible (the black culture) termina por matar al tipo con la cara pintada de blanco; el oprimido se desliga de las ataduras de su poseedor.

En definitiva, la segunda temporada de Atlanta se ha consagrado como una estructura coral mediante la que Glover ha ido cediendo el foco a todos sus personajes según el momento y el contexto. Una ficción televisiva que ha vuelto a fascinar desde el manejo y la perversión de los géneros: la obra de FX ha revisitado, como decíamos, el terror gótico (2x06), pero también el terror esencial y salvaje (el bosque y el extraño del 2x08), la comedia y el teatro absurdos (la fraternidad neonazi del 2x09 y el cocodrilo del 2x01), el drama primario (el bullying en el 2x10) o, en boca del crítico Enric Albero, el terror existencial que proviene de la relación de pareja, los miedos que devienen del futuro incierto o el pánico al compromiso que centran el plano-contraplano en el Oktoberfest del 2x04. Donald Glover lo ha vuelto a hacer: se ha vestido de creador-observador para ofrecer una ventana hacia una vida, la de Earn, que da bandazos del desmorone al éxito con la misma facilidad con la que se va del amor al odio y viceversa. Una vida común, normal, que podría resultar ser la de cualquiera. Al fin y al cabo, ya lo dice Darius: aprender requiere fracaso.

This is America.