‘Ballers’, estrellas arrodilladas

ATENCIÓN: Este artículo puede contener spoilers sobre la cuarta temporada de ‘Ballers’.


En su libro Niños futbolistas, el periodista Juan Pablo Meneses elabora una investigación en primera persona sobre los negocios turbios del fútbol base. El cronista se sumerge en las cloacas del deporte juvenil con idea de “comprar” una promesa para desnudar a familias enteras que esperan ansiosas una oferta para su hijo, agentes carroñeros que se lucran con traspasos en teoría ilegales o clubes que se saltan a la torera las normativas de protección de los menores en su intento de encontrar al nuevo Messi. La cara oculta del fútbol moderno.

Hacia el final de la cuarta temporada de Ballers, la dirección de la serie se abraza a una temática que guarda ciertas conexiones con el trabajo periodístico de Meneses. Cuando aparece el futurible Quincy Crawford, la próxima estrella del fútbol americano, que aún está en edad escolar, los cimientos de la obra de Stephen Levinson se tambalean cual gelatina de Royal en manos de un niño. Spencer Strasmore, apegado al muchacho debido a la relación que mantiene con su madre, tratará de conseguirle mejores condiciones (contrato por derechos televisivos de la liga colegial), primero, y de protegerlo, después, frente a las fauces del monstruo institucional (verdadero tema latente en esta subtrama). Así las cosas, el ex quaterback, removido por la pérdida de su hermano y el abandono que sufrió por parte de la NCAA (institución encargada de gestionar la liga universitaria), decidirá batirse en combate contra la asociación en una lucha quimérica y moral.

Antes, en el inicio, Ballers había vuelto a ahondar en sus constantes con el nuevo cambio de ciudad de los protagonistas, mudados a Los Ángeles para tratar de expandir su negocio hacia los deportes de acción como el surf o el skateboard. En esta aproximación, precisamente, es donde se recoge el logro formal más interesante de la cuarta entrega, que se abraza al uso de las cámaras GoPro para mostrar deportes que, tradicionalmente, hacen un uso bastante relevante de este tipo de dispositivos. Asimismo, en esta subtrama (fundamentalmente soportada por el coprotagonista Joe Krutel) es donde han tenido lugar los clásicos cameos de los que hace gala la producción de HBO desde sus comienzos. Si en años anteriores había sido gente de la talla de Stephen Curry, la cuarta tanda de episodios ha incorporado los rostros de los reputados surfistas Kelly Slater y Laird Hamilton o del archilaureado skater Tony Hawk.

En esta trama de expansión del negocio, y en la guerra con el nuevo socio, un díscolo Lance Killian (Russell Brand), se ha ofrecido la habitual vía de lucimiento para un cómico Rob Corddry (el perfecto Sancho para el triste figura Dwayne Johnson), con una incursión más liviana que de costumbre en el mundo de los negocios que late tras el deporte, pero también ha servido para introducir el mensaje político que ha vehiculado la segunda mitad de la tanda. Así las cosas, la reivindicación del surfero negro que no quiere que exploten su negritud de cara al marketing y que se permite un gesto a lo black panther en el podio (algo que recuerda al denostado Kaepernick) da paso a la columna vertebral de esa segunda parte de la cuarta entrega.

No es casual la aparición en los primeros capítulos de mensajes como el “Make Obama President Again” que luce en una de sus camisetas Ricky Jerret, sino el sonido de la recortada al cargar las balas. Durante el segundo acto, ese en el que Spencer trata de ajustar las cuentas de su hermano, Ballers se dedica a desmaquillar a los Estados Unidos de Donald Trump con golpes directos a la mandíbula. “Un idiota llegó a la Casa Blanca mintiendo y mintiendo, sin más”, le dice Joe a sus socios, los hermanos Anderson, en la conversación más política de la serie. Poco antes, el magnate le había asegurado al escudero que los USA los construyeron “blancos codiciosos que robaron el futuro a jóvenes superestrellas” (colindando con la trama de Spencer Strasmore y Quincy). “Solo metéis vuestras narices en los deportes en los que resaltan los negros”, zanja el propio Crawford en un diálogo distinto en el que sitúa el deporte como un nuevo tipo de esclavitud (ojo a la subversión oculta tras este mensaje).

En esa línea, la teleficción de HBO se permite dibujar una Norteamérica supremacista en la que los deportistas negros pelean por su derecho a reivindicar sus orígenes y su identidad (aquí toma partido el gran Charles Greane, un protagonista en la sombra), aludiendo de forma indirecta, y no tanto, a la polémica que suscitó el citado gesto del quaterback Colin Rand Kaepernick. Desde agosto de 2016, el jugador se negó a entonar el himno norteamericano, y permaneció arrodillado durante su interpretación, como acción de protesta por la discriminación hacia los afroamericanos en la sociedad estadounidense. El gesto le valió las críticas tanto del propio POTUS Donald Trump como de buena parte de esa sociedad blanca de supremacismos latentes que denuncia Ballers; una sociedad que mira con recelo al negro que triunfa, como si tuviese que estar agradecido a la posibilidad que les han brindado de forma tan magnánima y les debieran su éxito a los blancos por permitir su victoria. La asociación entre Kaepernick y figuras como Quincy, el surfista negro o las reivindicaciones de Greane no es aleatoria ni forzada. Como bien señala Enric Albero, en su análisis sobre la teleficción para El Cultural, el mensaje queda reforzado con la introducción de Nike en el desarrollo de la trama a través de sendos patrocinios a deportistas negros y de carácter marginal o suburbano.

En definitiva, la cuarta temporada de Ballers ha transitado el mismo camino que sus predecesoras (el todo por la pasta continúa como leitmotiv de las aventuras y desventuras de sus protagonistas), ha vuelto a dar relevancia a una banda sonora donde suenan los Gangstarr, Lil’ Wayne y otros miembros del starsystem del rap, pero ha ramificado sus alusiones políticas y sociales en todas direcciones. Al terminar, le queda a uno la sensación de que el movimiento de Levinson y compañía sea el mismo que el de su protagonista Spencer Strasmore, una idea que resumió a la perfección el rapero Nach cuando, en uno de sus versos, aseguró que su vocación principal era “hacer dinero del sistema haciendo música contra el sistema”.