ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la quinta temporada de ‘Black Mirror’.


El escenario se queda completamente en negro. Por un momento, el concierto se detiene y la incertidumbre se adueña de la zona donde se congregaba el público. Es 15 de abril de 2012 y los asistentes al festival aún no son conscientes de lo que van a presenciar cuando comienzan a sonar los primeros acordes del clásico The Next Episode. De pronto aparece aquel que era imposible que apareciese. «What the fuck is up, Coachella!?», grita, con su look habitual –las Timberland amarillas, la cabeza rapada, los tatuajes al descubierto en el torso desnudo y los calzoncillos sobresaliendo por encima de los tejanos–, el fallecido 2Pac. El rapero de Harlem, asesinado hacía más de quince años, hace aparición en el escenario y comienza a cantar su éxito póstumo Hail Mary para, después, derrochar energía junto a Snoop Dogg con 2 of Americaz Most Wanted, otro de sus clásicos.

El holograma de 2Pac en Coachella.

Siete años después de aquella proyección que supuso la despedida definitiva del artista negro por excelencia, Black Mirror recupera en su quinta temporada la idea del holograma como herramienta para la “resurrección” del artista. Con una mirada mucho más macabra, eso sí. No podía ser de otra forma tratándose de la pluma de Charlie Brooker. La estrella pop interpretada por Miley Cirus es inducida por su tía y manager a un coma inducido con el único fin de fagocitar su creatividad y alimentar, desde “el más allá”, la gallina de los huevos de oro. Algo parecido a lo que ya intentaron con la inverosímil colaboración póstuma entre 2Pac y The Notorious BIG, enemigos íntimos en vida, cuyos managers lanzaron el tema Runnin (Dying to Live) años después de que hubiesen muerto.

El 5x03, Rachel, Jack y Ashley Too, es, sin ningún tipo de duda, el episodio del tríptico con más ideas por línea. Más allá de la holografía de Ashley O, la hora y siete minutos dejan un sinfín de reflexiones sobre la actualidad. Desde la proliferación de las asistentes virtuales del hogar (Google Home, Alexa, Siri, etc.), en la figura de la muñeca Ashley Too, hasta la dictadura del buenrollismo Mr. Wonderful que gobierna con mano férrea las voluntades de las nuevas generaciones o la interesante reflexión/crítica acidísima sobre como las jóvenes promesas de la música se convierten en jugosas frutas exprimidas por la industria hasta la última gota de zumo. Precisamente, en esa asociación entre Miley Cirus y su personaje ficticio es donde la quinta entrega de Black Mirror mejor conecta con la realidad de la que parte. Si Ashley O es un trasunto de su Hannah Montana, narcotizada y explotada hasta la saciedad, la tía y manager lo sería (junto a ese doctor y ese guardia de seguridad) de la corporación Disney y, por lo tanto, la artista heavy en que se convierte al final, ya liberada –esa agresiva Ashley Fucking O–, sería la mujer libre y empoderada en la cual la cantante asegura haberse convertido. Quién nos iba a decir que Miley Cirus se instituiría como símbolo de la liberación y el empoderamiento femenino.

No obstante, si el 5x03 es el guion que más ideas despliega y más conexiones con el mundo actual ofrece, no es el único en el que vemos cosas que nos resultan familiares. Tanto en Stricking Vipers (5x01) como en Smithereens (5x02) subyace una mirada cuestionadora hacia ciertos usos de las plataformas online. En la primera unidad, Charlie Brooker sitúa el foco sobre los videojuegos y su versión online. Como siempre, yendo algo más allá, Black Mirror indaga en los recovecos de este tipo de plataformas. Sin embargo, el mensaje que late en lo profundo del guion es un golpe seco y durísimo a la cultura heteropatriarcal que se coloca como hegemónica en la sociedad actual. Porque lo importante en ese 5x01 no es que dos cuarentones puedan introducirse en una plataforma online de videojuegos para jugar al Street Fighter y sentir cada golpe como si se lo hubiesen dado en la puerta de un garito. Lo verdaderamente relevante es que ese juego les lleve a otro mucho más carnal; un juego de máscaras que desnuda y expone mucho más de lo que oculta. Muchas son las preguntas que sobrevuelan la narración: ¿es el sexo virtual una infidelidad?, ¿si dos hombres se enrollan, pero uno juega el papel ficticio de una mujer, ante qué nos encontramos?, ¿tienen derecho a la intimidad los personajes de ficción?

Stricking Vipers recrea algo con lo que todos hemos fabulado: esas relaciones entre los protagonistas de un videojuego. En este caso, la extensión nos abre la reflexión sobre lo que late detrás de esas videoconsolas: los seres humanos. Porque si por algo destaca Black Mirror, más allá de su versatilidad a la hora de articular discursos, es por su capacidad de trasladar algo tan convencional pero tan complejo como las emociones reales. En esa línea es en la que la nueva Black Mirror de Netflix nos sigue recordando a la de BBC. También nos la recuerda el final –la escena intercréditos– del 5x02, Smithereens, traducido en España como Añicos.

Quizás el 5x02 sea la unidad temática más convencional y con menos sal de la nueva tanda. Uno tenía que serlo. Bajo la apariencia de un thriller-western moderno, el capítulo nos cuenta la huida de un conductor de VTC que secuestra a un directivo de Smithereens, una red social que bien podría ser cualquiera de las que actualmente descargamos en nuestro móvil. La adicción a estas plataformas, la necesidad de likes, la capacidad que ofrecen para sustituir a la vida presencial y, sobre todo, el control que ejercen sobre sus usuarios (saben más de ellos que la propia autoridad) son temas candentes bajo la intensidad de la relación que se establece entre el conductor –un intenso, como siempre, Andrew Scott– y su secuestrado, que resulta ser tan solo un becario de la compañía. Poco a poco la tensión crece hasta que el desenlace, bastante previsible desde los primeros compases, rompe con lo establecido y articula el discurso definitivo. Hay una muerte –el fuera de campo no permite saber con certeza quién es el que recibe la bala de la policía– y todos reciben la noticia en sus dispositivos para, inmediatamente, sin gesticular una sola mueca, continuar con lo que estaban haciendo. La banalización de la muerte, normalizada hasta la insensibilidad social.

En líneas generales, la virtud de Black Mirror continúa siendo la misma que en las primeras temporadas: su tendencia a mostrar emociones reales debajo de la crítica enfocada hacia las tecnologías. Porque, evidentemente, hay un foco sobre sus peligros, pero la aplicación termina siendo tan humana como la culpabilidad, la soledad o los miedos en los que incide la obra de Brooker. Es cierto que las últimas aproximaciones han podido perder algo de punch con respecto a las anteriores. Charlie Brooker sigue siendo ese escritor incisivo que descarna el mundo en el que vive a través de sus reflexiones. Sin embargo, la puesta en escena es algo más convencional desde que la producción vive en Netflix. Hay quienes aseguran que el gigante del VOD ha dulcificado la propuesta –algo con lo que es difícil estar de acuerdo, quizás la haya hecho más sutil en determinadas asociaciones–, pero sí es cierto que los desarrollos, que antes conseguían mantener en vilo y dejar boquiabierto al espectador, se han vuelto algo más previsibles. Pero lo que no pierde es ese halo de demonio de la conciencia con el que, cada año, nos sacude y nos hace pensar. Y eso, cuando hablamos de una serie, ya es bastante y muy de agradecer.


OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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