Madurez

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers de la cuarta, y última, temporada de ‘Catastrophe’.


Todos los caminos conducen a Roma. Cuando era pequeño me llamaba mucho la atención este dicho. Conforme fui creciendo, entendí que significaba que existían multiplicidad de maneras de llegar al mismo lugar. Que lo importante era el viaje, como decía Kavafis. Sin embargo, con los años, aquella frase hecha empezó a cobrar un significado mucho más profundo y psicológico. Roma es el final. El duelo, la muerte y el dolor. Aquello a lo que, invariablemente, nos lleva la madurez.

La última temporada de Catastrophe abandona el dulce y se torna algo más agria que las anteriores. Ya desde el primer episodio nos encontramos a Sharon y Rob en una encrucijada: la primera es pillada robando junto a sus hijos en el mall, mientras que él cumple condena en servicios sociales por el incidente con el que se cerró la tercera tanda de episodios. Para ellos, el paso de la adultez a la madurez es un descenso al infierno personal que los sitúa frente a un espejo nada complaciente.

Como su nombre indica, Catastrophe es la representación de una caída. De la que todos experimentamos en algún momento de nuestra existencia. El abismo de la pareja (al que se asomaban los protagonistas en el fantástico póster de la tanda anterior) nos asoma a todos los precipicios con los que lidiamos en nuestro día a día. Esos que nos definen y nos delimitan. Así las cosas, la cuarta entrega de la serie también ha servido para ofrecer una mirada hacia algunos de los problemas que constriñen la actualidad: la paranoia instaurada en forma de búnker en el jardín o en la broma que lleva a Rob a querer denunciar a unos chavales que le lanzan zumo en la cara “porque podrían ser unos terroristas peligrosos”.

Una de los aciertos de la obra de Sharon Horgan y Rob Delaney es su naturalidad y la transparencia con la que los creadores son capaces de filtrar sus preocupaciones, miedos y vicisitudes. Y quizás por eso la última entrega, la de la madurez de sus personajes (interpretados por ellos mismos), se haya puesto más seria a la hora de reflexionar sobre el miedo a la salud y a la fragilidad de los hijos (esta idea cobra una fuerza aún más sobrecogedora tras conocer la tragedia personal de Delaney) o sobre la propia muerte de los progenitores. El último capítulo de la producción, precisamente, habla sobre la pérdida y la ausencia que nos queda a los leftovers. La muerte de la madre de Rob sirve como percha para sacar a flote todo el dolor y la tensión acumulada en el día a día de la pareja. Además, el funeral de Mia Norris sirve a la teleficción para prestar un delicado y precioso tributo a la gran Carrie Fisher.

Sin embargo, más allá del dolor propio por la pérdida, la pareja experimenta una falla en su zona de confort. Una discusión revelará que no todo está tan bien como parece y que, quizás, ese sea el curso normal de las cosas. Por eso, en ese trance, cobra una relevancia aun mayor la secuencia con la que Horgan y Delaney ponen fin a su creación. Tras enterarse de un nuevo embarazo y de que esperan su tercer hijo, y con la resaca de la bronca del día anterior y del entierro, la pareja se sumerge en el mar en una zona en la que se indica peligro por corriente de retorno. Tal vez esa sea la mejor definición de lo que es nuestra vida, en general: comprender que nuestra sonrisa ya no depende de nuestro bienestar, sino de la sonrisa y la ausencia de tristezas de nuestros descendientes. Y dejarse arrastrar, incluso siendo capaz de disfrutar de ello, por la corriente de arrastre hasta el interior de nuestras contradicciones.