Voces de Chernóbil

ATENCIÓN: Este análisis contiene información relevante sobre la miniserie ‘Chernobyl’.

«No sé de qué hablar… ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?». Así comienza la periodista y escritora Svetlana Aleksiévich su estremecedor libro Voces de Chernóbil. La que habla es Lyudmilla, la esposa de Vasili Ignatenko, uno de los bomberos liquidadores durante el accidente de la central nuclear Vladimir Ilich Lenin. Cuando tuvo lugar la explosión, Lyudmilla y Vasili acababan de casarse y así se lo cuenta a Aleksiévich: «Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras. Siempre juntos. Yo le decía: “Te quiero”. Pero aún no sabía cuánto le quería. Ni me lo imaginaba…». Unas líneas más tarde, la viuda de Ignatenko comienza el relato del horror: «En mitad de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio: –Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.» Aunque lo visitó en el hospital, ya nunca volvió a ver a su marido.

Jessie Buckley da vida a Lyudmilla Ignatenko, superviviente del desastre.

Chernobyl, la teleficción de HBO creada y escrita por Craig Mazin, guionista de Scary Movie 3 o Resacón 3, entre otras, comienza con el mismo relato. La noche de la explosión, la vida de los Ignatenko se rompe por completo. La dirección también recoge ese encuentro entre Lyudmilla y Vasili en el hospital, un cuerpo abrasado y un alma rota, un amor que sobrevive incluso a la muerte de la carne. Carne rota. Aterrador y tremendamente triste. Como un bebé que muere a las pocas horas de nacer, víctima silente de un horror particular, salvaje, difícil de calibrar. Demoledor.

La miniserie de HBO se apoya en los cientos de testimonios recogidos por Svetlana Aleksiévich en su inabarcable trabajo de investigación. Y con el personaje de Valery Legásov como centro gravitacional (la interpretación de Jared Harris es –oh, sorpresa– espectacular), Chernobyl establece un impagable discurso sobre la verdad, la mentira y la responsabilidad del Estado para con sus ciudadanos. «Cada mentira que contamos es una deuda con la verdad. Más tarde o más temprano, hay que pagarla», asegura el científico en una de sus reflexiones declamadas en pantalla. Quizás para ello se crea esta obra, como para ello se puso a escribir la Premio Nobel su investigación. Para esclarecer, para recordar, para que nunca se perdiese el foco sobre una tragedia que, a día de hoy, aún sigue acumulando consecuencias (muertes, enfermedades derivadas de la radiación y zonas de exclusión todavía vigentes).

Carne rota. Aterrador. ‘Chernobyl’ acumula imágenes que duelen y encogen el alma.

En lo profundo de los cinco capítulos de Chernobyl se esconde una crítica sin paliativos. Una mirada hacia una burocracia que, en aras de su legitimación, no dudó en enviar hombres inocentes a una muerte segura. «La fe en el socialismo siempre tiene recompensa», asegura Boris Scherbina (soberbio trabajo de Stellan Skarsgård), que terminó falleciendo a causa de una enfermedad provocada por su exposición a la radiación durante la gestión del desastre. Una gestión mediante la que los Burós soviéticos y las altas esferas del gigante rojo trataron de ocultar el incidente para no mostrar una posición vulnerable en el orden mundial. «Un accidente nuclear en la Unión Soviética es imposible», llega a exclamar uno de los políticos en un gabinete de crisis.

Emily Watson da vida al único personaje ficticio de la miniserie, la científica Ulana Khomyuk, una metáfora del enorme equipo que trabajó junto a Legásov.

Sin embargo, el mal, aunque invisible, continuó su camino de la forma más natural. Nada parece ocurrir en el final del 1x01, hasta que un pájaro cae muerto del cielo y muere en el pavimento gris de Prypiat, la ciudad más cercana a la central. Aunque no tocan campanas, el mal incorpóreo ha empezado su exterminio. Esa sensación de intangibilidad queda reforzada en esa señora que, al comienzo del 1x04, se niega a abandonar su hogar por “algo que no puede ver”. Tal vez por esa invisibilidad de la radiación y sus consecuencias cobra sentido la decisión de puesta en escena de recurrir constantemente al fuera de campo como herramienta para la construcción narrativa. Un mal avanza inexorable e invisible y es imposible reflejarlo de mejor forma.

De la idea de visibilizar esos testimonios nace Chernobyl como lo hizo Voces de Chernóbil en 1997 de la mano de Aleksiévich. Para que la verdad no quede oculta y olvidada entre los documentos añejos de la Unión Soviética. «Cuando la verdad ofende, mentimos y mentimos hasta que no recordamos la verdad», nos dice en su despedida Valery Legásov, que se suicidará también fuera de campo minutos después. La teleficción de HBO, cuyos mayores debes residen en cierto maniqueísmo (sobre todo en el 1x04) y en la decisión de no rodarla con interpretes nativos y en el idioma original (algo que le conferiría una fuerza aun mayor), viene a poner en valor esa reflexión y a ofrecer testimonios repletos de esa verdad que anhelaba el científico.

Valery Legásov trata de explicar el funcionamiento de los reactores en el juicio con el que se cierra la obra.

No es el fuera de foco el único recurso interesante de puesta en escena que encontramos en Chernobyl. La creación de Craig Mazin también explora el ralentí para ofrecer una memoria sobre aquellas personas que acudieron al puente sobre el río para ver mejor lo que entonces solo era un incendio, sin saber que, en realidad, la radiación ya había empezado a matarles. La imagen de los niños jugando mientras la ceniza cae como nieve es desoladora. Como las palabras de Nadezhda Petrovna, vecina evacuada de Prypiat, recogidas por Aleksiévich: «Era hermoso. Si olvidamos el resto, era muy hermoso. […] Al anochecer, la gente se asomaba en masa a los balcones. […] La gente sacaba a los niños, los levantaba en brazos: “¡Mira! ¡Recuerda esto!” […] No sabíamos que la muerte podía ser tan bella». Una imagen similar a la de esos niños jugando en el que, más tarde, tras el deceso de todos los vecinos que allí se congregaron, se denominaría como Puente de la Muerte.

Sin embargo, más allá de los hallazgos visuales citados, la serie alcanza su cima en lo referente a la puesta en escena a través del sonido. Quizás lo más aterrador de Chernobyl sea esa estridencia provocada por el chirrido de las máquinas que miden la radiación. Un sonido que permanece constante, incómodo, desasosegante, durante toda la producción. El martilleo del horror. Otro de los descubrimientos, quizás el más sutil e impactante, tiene que ver con la correspondencia entre las fotografías reales y la recreación de los momentos que recogen. Existen varias tomas de los trabajos de liquidación que realizaron los denominados biorobots, personal civil y militar enviado para paliar los efectos sobre el techo del reactor. Hombres enviados a la muerte de forma consciente, con el incentivo de importantes pagas estatales. En esas fotografías, hacia la zona inferior del marco, se pueden apreciar unas manchas blancas que corresponden a las decoloraciones que produce la radiación sobre el negativo. En el episodio 1x04, cuando la narración recuerda los trabajos de liquidación, el director Johan Renck fuerza la sobreexposición y decolora la imagen hasta rozar la escala de grises en lo que parece una clara referencia a esas imágenes tomadas por el fotógrafo Igor Kostin.

Imagen tomada por el reportero Igor Kostin durante los trabajos sobre el reactor. La mancha blanca de la zona inferior corresponde a la radiación sobre el negativo.

Así las cosas, y partiendo de la base documental de los hechos, Chernobyl indaga en la historia tomándose ciertas licencias ficcionales. Es el caso de la invención del personaje de la científica Ulana Khomyuk, cuya introducción responde a la necesidad de sintetizar el inmenso equipo de científicos que trabajó junto a Valery Legásov en los días posteriores a la tragedia del reactor nuclear. Unos días que, posteriormente, serían recordados como el principio del fin de la Unión Soviética. El propio Mijail Gorbachov, presidente de la URSS en el momento del accidente, escribió en 2006: «Puede que el desastre nuclear de Chernóbil fuera la auténtica causa de la caída de la Unión Soviética». Si lo fue o no, nunca lo sabremos. Lo que sí podemos asegurar es que esos días recordaron su condición de humanos frágiles a aquellos que se creyeron dioses invencibles.

La última conversación. Scherbina dice: Lo atómico nos hace más humildes”. A lo que Legásov responde: “No somos más humildes. Nos humilló”.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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