Adolescencia (no) robada

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la segunda temporada de ‘Derry Girls’.


“It’s the same old theme
Since nineteen-sixteen
In your head, in your head, they’re still fighting
With their tanks, and their bombs
And their bombs, and their guns
In your head, in your head, they are dying”

Y de repente, el alto el fuego. La paz inesperada, aunque eminentemente anhelada. El eco del último disparo o de la última bomba detonada al otro lado de la frontera. Los acordes del Zombie de The Cranberries que hablan sobre algo que todavía está a la vuelta de la esquina, pero que empieza a quedar algo más distante. La visita de Bill Clinton, como ejemplo de que Derry (Londonderry, según el bando), y por extensión: el Úlster, es ya un lugar seguro y alejado de los estallidos. La libertad de salir a la calle sin ese miedo intrínseco que tan estoicamente soportan las sociedades que viven inmersas en conflictos políticos de carácter armado.

La segunda temporada de Derry Girls ha culminado con el evento más importante en la historia reciente de Irlanda del Norte. El 31 de agosto de 1994, al mediodía, el IRA anunció que cesaba su lucha armada para pasar, únicamente, a la opción diplomática a través del Sinn Fein. Hasta entonces, en los veinticinco años que duraba, el conflicto había costado la friolera de 3168 vidas. Meses después, ya en 1995, el entonces presidente de los Estados Unidos –que había mediado en el conflicto de manera directa–, Bill Clinton, visitó la población fronteriza y pronunció unas palabras históricas y que resumen buena parte del espíritu de esta segunda entrega de la obra de Channel 4: “Tenéis mucho más que ganar trabajando juntos que separados”. Con este discurso, Lisa McGee culmina el fabuloso segundo tramo de Derry Girls.

Las gentes de Derry acuden, entusiastas, ante la visita de Bill Clinton (2x06).

Si la primera temporada ahondaba en las maneras de vivir de varias adolescentes en una sociedad inmersa en el conflicto, la segunda temporada de la obra se centra más en el calado del proceso de paz y en cómo los prejuicios también tienen su poso en la sociedad civil, que se ve claramente contaminada por los medios y las opiniones interesadas de las partes (como se muestra en varias secuencias del hogar de los protagonistas). Si algo destaca, precisamente, en la producción, es esa capacidad de filtrar los grandes temas, el conflicto y sus derivas, entre los problemas y conflictos cotidianos de unas jóvenes (y James) que tratan de sobrevivir a un periodo tan convulso como la adolescencia en un entorno tan hostil.

Lisa McGee consigue entrelazar las dos vertientes con una naturalidad digna de elogio. Así las cosas, podemos encontrarnos con que, en el Derry que habitan Erin, Michelle, Clare, James y la alocada Orla (qué maravillosa es Louisa Harland), cobran la misma importancia un secuestro, un oso que se escapa del zoo o un concierto de Take That en Belfast. Porque, pese a las circunstancias, las chicas de Derry no están todo el rato pendientes de si los católicos han hecho tal o los protestantes han hecho cual. Ellas, como cualquier adolescente en su piel, también buscan el romance, la fiesta o la diversión. Como no podía ser de otra manera y a pesar de su realidad estremecida.

Louisa Harland se mete en la piel de una divertidísima e hilarante Orla.

Por lo tanto, Derry Girls no deja nunca de ser una comedia de iniciación; un viaje en el que cuatro amigas y el primo de una de ellas se autodescubren y toman conciencia real sobre el espacio que ocupan en el mundo. No obstante, entre actos, la obra de McGee sí ofrece una mirada panorámica hacia lo que se vivía en Irlanda del Norte en aquellos años noventa. La escritura desliza para ello pequeñas píldoras geopolíticas que sitúan el contexto global dentro de la intrahistoria que nos muestra la cámara. En este caso, el fuera de campo se coloca como lo verdaderamente importante para la Historia (con mayúsculas), aunque, en ocasiones, adquiere el cariz de absoluta irrelevancia para las protagonistas de la historia (con minúsculas). ¿Qué le puede importar a una joven quinceañera lo que esté ocurriendo dentro del televisor cuando, a la tarde, va a tener su primera cita con el chico al que lleva rondando meses?

Sin embargo, más allá de la aparente frivolidad, Derry Girls no abandona nunca la representación de ese entorno envenenado, aunque sea desde la ligereza que le ofrece la comedia. Es el caso, por ejemplo, de la detonación de una mochila que se lleva a cabo en un autobús cuando las jóvenes son “pilladas” con una mochila llena de bebidas alcohólicas y no quieren delatarse ante su profesora, que decide avisar a las autoridades ante la negativa de ellas a reconocer la mochila como una de sus pertenencias. Una secuencia que, desde lo cómico, pone en escena la psicosis y el miedo que se vivía entonces en los pueblos fronterizos (algo que también quedará patente en la hilarante secuencia en la que la madre de James regresa a su vida y las chicas la confunden con una potencial secuestradora). De igual manera, Lisa McGee se atreve a simbolizar el conflicto mediante un campamento de convivencia entre dos escuelas, una de cada parte de la frontera, una de chicos y otra de chicas (las de Derry, claro). La secuencia en la que los jóvenes discuten y pelean, haciendo hincapié en las diferencias que los separan, mientras las profesoras se lo permiten e incluso se sirven otro café es una ejemplificación para nada tangencial de cómo son los Estados y sus gobernantes los que, muchas veces, permiten que sus pueblos peleen entre sí mientras se reparten un bizcocho mucho más jugoso.

Así las cosas, Derry Girls supone el acercamiento a un conflicto que quedó atrás en el tiempo, pero del que aún colean algunas ascuas. Un problema político que, hoy, parece repicar con el Brexit y sus derivaciones. Un aprieto para el que la creadora de la serie deja caer una solución: más educación para comprender que las diferentes idiosincrasias pueden conformar un crisol beneficioso para la simbiosis cultural y, por qué no, política. Quizás sea demasiado bonito y la realidad esté condenada a ser otra; acaso el pacifismo sea una fútil utopía. Y tal vez eso también lo explique la serie a través de la poderosa irrupción de esa nueva profesora de Poesía que, un par de días después de llegar y revolucionar a las protagonistas, abandona su puesto por el pragmatismo que otorga un sueldo es mayor. De quimeras no se vive. La mano invisible obliga.

“Friends Across the Barricades” es el mensaje bajo el que se desarrolla el campamento de convivencia que vertebra el episodio 2x03.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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