‘(Des)encanto’, de princesas sin hombres

En un episodio (23x15) de Los Simpson, Matt Groening rendía homenaje a Juego de tronos a través de su archiconocida cabecera mutable. Los clásicos engranajes del opening de la serie de HBO se reproducían haciendo honores a las ciudades y edificios simpsonianos. La central nuclear, el colegio de Springfield, la mansión del señor Burns… todo era pasado por el filtro de George R. R. Martin en aquel tributo.

Años después, el propio Matt Groening parece haber vuelto a homenajear a la obra creada por David Benioff y D. B. Weiss. Sin embargo, esta vez, lo ha hecho desde la creatividad propia y desde la asunción de los principios propios del medievo que dieron amparo a las tramas de la serie fantástica. Y probablemente sin la intención (o sí) de que la creación de HBO quedase reflejada de alguna manera en su nuevo trabajo.

Pero, sí, en efecto, podríamos definir (Des)encanto como un cruce improbable de Los Simpson y Juego de tronos. Como si la segunda se hubiese pasado por el filtro de la primera y sus personajes deambulasen por King’s Landing (ahora Dreamfall) en una alocada y tierna búsqueda de sí mismos. Así las cosas, el sinfín de chistes sobre la Edad Media y sus presupuestos nos rememora las gracias del buque insignia de la animación irreverente, mientras que sus perfiles psicológicos nos parecen cortados por el mismo patrón que las de sus hermanastros amarillos.

Cabezas en las estacas, ciudad fortificada, conflictos entre familias… Dreamland recuerda un poco a King’s Landing, ¿no?

La primera entrega de (Des)encanto va de menos a más. Las tramas adquieren vuelo conforme transcurren y los caracteres van tomando entidad de manera simultánea. Si al principio la broma suena repetitiva y repleta de chistes vistos una y mil veces, hacia el final el espectador podrá estar, si ha continuado, más próximo a los conflictos y preocupaciones de Bean, Elfo y Luci, el divertido trío protagónico, e incluso de caracteres más tangenciales como el Rey Zog o sus subalternos, magos y nigromantes.

Sin embargo, es posible que la producción de Netflix arrastre demasiado su languidez inicial y esa aparente falta de consistencia en los primeros capítulos en la que parece que Groening haya querido convertir la cabecera de Los Simpson en una entrega de universo propio. En esos primeros pasos, el exceso de absurdo y chiste facilón se empantana junto a las múltiples referencias al cine, las series y el propio universo del creador de Portland (Futurama, Los Simpson, etc.).

La producción se sitúa en una corte inestable, en la que interfieren la Iglesia, la nigromancia, los intereses…

Superada esa primera impresión, si el espectador consigue olvidar la autoría y dejarse llevar por el relato, se encuentran méritos, tanto narrativos como referenciales. De esta forma, lo más interesante que podemos encontrar en (Des)encanto son sus pequeñas e irreverentes píldoras de crítica sociopolítica y cultural. En el guion de la teleficción nos encontramos una profunda revisión de los mitos y leyendas históricos (las invasiones vikingas o el trabajo de los verdugos, analizados desde la comedia), así como una ácida mirada hacia el cuestionable papel de la Iglesia Católica (“blasfema, cómo te atreves a traer la lógica a la casa de Dios”, le dice una monja a Bean), la figura de la mujer (la princesa que no desea ser rescatada y rechaza un matrimonio concertado para luchar su vida) o el sistema capitalista (“cantar mientras se trabaja no es alegre, es demencial”, asegura Elfo en un momento puntual del piloto).

En el aspecto técnico, (Des)encanto supone la primera aproximación de Groening a la narrativa serializada, en contraposición clara con los procedimentales que han caracterizado sus anteriores ficciones catódicas. Y quizás arrastre las costumbres de los episodios autoconclusivos, algo que va superando a medida que avanza la temporada y sus tramas se van trenzando como un engranaje. Más allá, en la orilla narrativa, la ficción se queda a caballo entre todas las series con el sello de autoría de Groening, pero consigue ofrecer una voz alternativa en la que la mujer se erige como protagonista absoluta en una aproximación al relato de corte más feminista. En ese sentido, Bean sería una especie de Lisa pasada por litros de alcohol y noches de taberna, pero igualmente sarcástica, brillante y hastiada del mundo que la rodea. Desencantada, en definitiva, como indica el título de la teleficción. Como tantas y tantas otras mujeres a las que, por extensión, termina representando este jugoso cruce entre Brienne de Tarth, Xena y Lisa Simpson.

Tiabeanie, la princesa guerrera, escapa junto a su angel, Elfo, y su demonio, Luci.