ATENCIÓN: Evidentemente, este análisis contiene datos relevantes sobre ‘El caso Alcàsser’ y la investigación real de los crímenes.


En una de sus intervenciones en El caso Alcàsser, la periodista británica Patricia Murray, que vivió de cerca la desaparición y desenlace de Antonia, Desirée y Miriam, asegura que “la gente también disfruta de las tragedias”. Y así es. El ser humano es –o se ha hecho– morboso con el paso de los años. Nada nos atrae más que el sufrimiento de los demás y el dolor de lo ajeno. La veterana reportera, ya retirada, contempla el caso entre la perspectiva que dan los años y la proximidad que supone haberlo vivido desde el seno de la familia García en un primer episodio que Elías León Siminiani y Ramón Campos deciden concluir, de manera acertadísima y sutil, con la voz de Javier Andreu en ese himno generacional en el que se convirtió En el límite del bien y del mal.

La reconstrucción del camino de las chicas abre la serie.

La utilización de la canción de La Frontera no es casual, sino que está perfectamente medida en la estructura de la docuserie. Nos marca tanto el peligro de lo que acabamos de ver como de lo que va a venir en el cuarteto de episodios restantes. En el primero, Siminiani, Campos y su equipo reconstruyen el camino realizado por Toñi, Desiré y Miriam en la noche de la desaparición mediante los testimonios de aquellos que las vieron en esas horas –a saber: una pareja que las recogió y las llevó a la entrada de Picassent, un vecino de Alcàsser que dijo cruzarse con ellas y, posteriormente, una mujer que, desde la ventana, vio cómo se subían a un vehículo. Nunca llegaron a Coolor, la discoteca de moda de la zona, donde iban a pasar la noche en una fiesta. Más allá de la reconstrucción de hechos, hacia el final del primer capítulo, El caso Alcàsser apunta en la verdadera dirección que va a tomar: el análisis y la crítica del tratamiento informativo que se dio al caso. De ahí que los versos de La Frontera encajen perfectamente. En aquel momento, el periodismo estaba cruzando los límites de lo moral y lo ético.

Es fácil que cualquiera que viviese el caso con unos mínimos de consciencia recordase a Nieves Herrero, Paco Lobatón e, incluso, a Pepe Navarro. Los dos primeros, rivales en De tú a tú y Quién sabe dónde, comenzaron una lucha invisible por la audiencia que olvidó que estaban hablando sobre tres familias rotas de dolor y sobre tres niñas que habían sido secuestradas, retenidas, violadas y torturadas hasta la muerte. De la misma manera, la audiencia también se olvidó de ello y otorgó audiencias nunca antes vistas en un seguimiento de este tipo. Se podría abrir aquí el eterno debate sobre la telebasura: ¿se ve porque no se programa otra cosa o, por el contrario, no se programa otra cosa porque eso es lo que se ve?

Un directo que quedaría para la historia.

Así las cosas, aunque invisible, El caso Alcàsser también nos otorga, como espectadores, nuestra parte de culpa o, al menos, la capacidad de decidir si cerrar o no los ojos. Entre reconstrucciones bastante fidedignas y meticulosas explicaciones sobre las teorías conspiranoicas que se vertieron en aquellos días, el poso que deja el título de Netflix –al menos en un periodista como quien esto firma– es el de las ganas de devolver el título que acredita que hemos pasado por Ciencias de la Información. Tanto Nieves Herrero, que declinó declarar y dar su versión en la serie, como Paco Lobatón, que sí lo hizo con un cierto deje de arrepentimiento, o Pepe Navarro –del que no sabemos nada en el 2018 de la reinvestigación– quedan profundamente retratados en su papel de villanos. Sin embargo, no todo es crítica al periodismo. Entre todo el morbo y el espectáculo, destaca la figura de dos periodistas, dos mujeres que miran al caso desde su experiencia en el Mercantil de Levante. Yolanda Laguna y Teresa Domínguez, dos compañeras que vivieron el caso de cerca y que, más en la trayectoria acertada o menos, ejercen la profesión periodística con honradez y se circunscriben a la búsqueda de la verdad como único objetivo. Merecen que se mencione su nombre como único hálito de luz para la profesión.

Todo lo contrario que ocurre con los periodistas citados con anterioridad. Alcàsser se convirtió en un macabro plató que no dudó en introducir espacios publicitarios mientras reconstruía las últimas horas de las muchachas en presencia de sus familiares. En los días y semanas posteriores, se sumó al espectáculo el gran late show de la época: el Mississippi de Pepe Navarro, con su caterva de frikis y caraduras, entre los que destaca el periodista e investigador Juan Ignacio Blanco, que posteriormente formaría equipo con Fernando García, el padre de Miriam, que poco a poco se gustaría de ser protagonista y se unió al show con el afán de esclarecer los hechos.

Fernando García habla en la serie con la perspectiva del tiempo.

La mirada sobre la figura de Fernando García es uno de los brazos más interesantes de El caso Alcàsser. Consciente de ello, quizás, los creadores le conceden la palabra como si buscasen una explicación. Y la encuentra. “Yo utilizo”, asegura Fernando García en una de sus intervenciones. La retroalimentación entre los medios y el padre coraje era, en realidad, una simbiosis. Tan cuestionable y repulsivo como comprensible (o no). Así, poco a poco, Fernando fue entrando en la rueda del espectáculo con el fin de mantener siempre el caso vivo para que nadie olvidase que seguía investigando y que, por encima de todo, rechazaba la versión oficial. Porque si algo deja claro el documental seriado de Netflix son las fallas y agujeros de esa investigación: los papeles de Enrique Anglés que “se mantuvieron” durante meses en el monte sin deteriorarse o volarse, la huida vertiginosa y cinematográfica de Antonio Anglés por los tejados (y que todavía hoy siga en paradero desconocido) o la posible implicación de una tercera persona, que el documental, por momentos, parece apuntar cercana a los protagonistas o incluso entre ellos.

Ramón Campos y Elías León Siminiani conversan con el forense Luis Frontela.

En esas dos líneas se ajusta la columna vertebral bífida de El caso Alcàsser. Un caso que aúno lo televisivo y lo judicial hasta hacerlos uña y carne. Un caso que, como dice Yolanda Laguna, la citada periodista del Mercantil de Levante, definió a la perfección Enrique Anglés en una de sus declaraciones ante el juez. Preguntado por el juez sobre un cambio de declaración respecto a lo que había dicho la noche previa en el late show, Anglés dijo: “Estamos en un juicio, no en la televisión”. Una frase lapidaria que, efectivamente, aporta perspectiva y desnuda el monstruo comunicativo que nació aquellas semanas justo antes de abrir paso a una coda final tan real como innecesaria para la producción.

Elías León Siminiani, Ramón Campos y su equipo cierran la serie con una traslación del caso a la actualidad y a la violencia de género que, hoy en día, sigue siendo tan habitual. Real, sí, pero también innecesaria por la obviedad de la analogía y, sobre todo, porque en ningún minuto de todo el metraje anterior la obra había discurrido por esa perspectiva de género que, efectivamente, está implícita en el estudio del caso. Un cierre algo efectista que no mancha lo conseguido por una miniserie que resucita la memoria de Miriam, Desirée y Toñi y alerta sobre los peligros del morbo y la sociedad del espectáculo.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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