Triángulo de amor bizarro

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers de la primera temporada de ‘El embarcadero’.


En el año 2015, el cineasta Daniel Sánchez Arévalo sorprendía al colarse como finalista del Premio Planeta de novela con La isla de Alice. La sinopsis anunciaba misterio, traiciones personales y oscuridades: “Cuando Chris muere en un accidente de coche sospechosamente lejos de donde debía estar, la vida de su mujer, Alice, con una niña de seis años y otra en camino, se desmorona. Incapaz de asumir la pérdida y con el temor de que tal vez su relación perfecta haya sido una mentira, se obsesiona con descubrir de dónde venía Chris y qué secreto escondía.” Cuando, cuatro años después, Movistar + anunció su nuevo título original, El embarcadero, la sinopsis remitía, casi automáticamente, al libro del director de AzulOscuroCasiNegro.

Cuando Alejandra es informada de la muerte de su marido, Óscar, su mundo se tambalea. No solo descubre la pérdida, sino que, en el mismo momento, se entera de que llevaba una doble vida y de que no estaba en un viaje de negocios a Frankfurt como le había dicho, sino que se encontraba a escasos kilómetros de su domicilio. Con esa premisa comienza la teleficción creada por Álex Pina y Esther Martínez Lobato (La casa de papel): un muerto en un coche abre un misterio que acompañará a los personajes de por vida. Las preguntas empiezan a sucederse: ¿qué hacía Óscar en la albufera de Valencia cuando se suponía que estaba en Alemania?, ¿quién es esa mujer con la que disfrutaba de la vida que no tenía Alejandra?, ¿por qué justo antes de suicidarse había pedido a Alex tener un hijo con ella?

Alejandra y Katia, dos arquitectas “enclaustradas” en la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

El embarcadero se erige como un reacondicionado de The Affair (Hagai Levi y Sarah Treem; Showtime, 2014-?). Como en la ficción norteamericana, la obra de Movistar también está gobernada por las pulsiones y por las zonas oscuras de sus protagonistas. Todo en el guión son tonos grises, secretos y sudores fríos. Sin embargo, la escritura de la producción ambientada en la costa mediterránea poco tiene que ver con la que nos sitúa en Montauk. El juego de tiempos existe en ambas, sí, pero quizás sea lo único que las liga en cuanto a la forma. Más allá del primer impulso ingobernable, el de conocer quién es la mujer con la que su marido la engañaba, resulta prácticamente imposible defender, comprender y/o justificar las decisiones de Alejandra, arquitecta interpretada por una Verónica Sánchez que pone la piel y el empeño en sacar adelante su protagonista pese a la incoherencia de su arco psicológico y dramático.

No ayuda en exceso una puesta en escena que apoya todas sus posibilidades en el cliffhanger y el giro de guión. Cada final de capítulo supone una revelación, un intento de mantener al espectador pegado al asiento a toda costa. Asimismo, los subrayados –excesivos, como el letrero que anuncia que estamos en el Parc Natural de L’Albufera de Valencia cada vez que uno de los personajes acude allí– emborronan la economía narrativa de la creación y cuestionan la capacidad contextualizadora tanto de la propia ficción como de su espectador. Es allí, en ese paraje natural y salvaje, donde nos encontramos con el que quizás sea el punto álgido de la propuesta.

Irene Arcos, todo presencia y corporeidad. La libertad, la naturaleza, lo salvaje.

La presencia independiente de Irene Arcos –interpretando a la amante, Verónica– lo inunda todo y aporta el toque de sal a una ficción que, si no fuese por la corporeidad y la fisicidad de la actriz, quedaría a todas luces sosa. Precisamente, en el contraste entre las dos mujeres y su asimilación a través de la lógica espacial, reside el principal logro de El embarcadero. Mientras Alejandra, la mujer, es representada en entornos laborales y empresariales cerrados, con iluminación de tungsteno y envuelta en la humeante y claustrofóbica ciudad, la amante Verónica permanece siempre como baluarte de la naturaleza viva, en entornos abiertos y bañada en la luz natural de atardeceres, amaneceres y días al aire libre. La correlación entre Valencia y su albufera es la correspondencia entre la libertad y la reclusión. Como una traslación del orden sistémico que administra el mundo como lo conocemos.

Tal vez esa identificación de los espacios y su ocupación sea el acierto más rescatable de la ficción de Movistar+. Un oasis entre chuscos encadenados de montaje que trenzan el pasado con el presente o aparentes representaciones de la imaginación de Alejandra (exceptuando ese despertar de la pesadilla en mitad del bosque soñado). Más allá de la forma, la narrativa nos deja algunos de los puntos a destacar. Lo más relevante, en un mundo que no para de (pre)juzgar, es que la serie no emite juicios de valor sobre ninguno de sus personajes. Si acaso sobre aquellos que juzgan por encima del hombro de los protagonistas (los jóvenes que llaman puta a Verónica en el 1x03, evidenciando un miedo a la libertad de la mujer aún todavía muy presente en nuestra sociedad). Así las cosas, El embarcadero trae a la pantalla tanto amores de oficina entre empleadores y empleadas (Big Boss y Katia), romances a dos vidas (Óscar y su enamoramiento en dos direcciones: Alejandra y Verónica) o affaires que serían cuestionables en casi cualquier otro contexto (la joven Ada y su monitora de atletismo, mucho mayor que ella, casada y con hijos). No hay juicio ni condena en una ficción que resulta mucho más interesante en su concepto que en su ejecución, en su trasfondo que en la resolución (?) de su truculento y recóndito triángulo de amor bizarro.

Dos mujeres diferentes, unidas en su duelo y oscuridades.