Pájaros contra el cristal

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre el caso Ibar y la ficcionalización que hace la miniserie ‘En el corredor de la muerte’.


Hay un fotograma de En el corredor de la muerte que sintetiza a la perfección toda la historia, la ficcionalizada por Movistar + y la real en la que se basa. Se trata de una imagen de la mano de Pablo Ibar, bergmaniana, acariciando la cara y la mano de Tanya sobre la pantalla que los separa en una de las visitas. Un instante que es capaz de recogerlo absolutamente todo: la distancia que los separa pese a estar a escasos metros de distancia, el confinamiento, la necesidad negada de sentir mediante el tacto, el amor incondicional; la injusticia, en definitiva, de una vida enteramente robada. Pura delicadeza para mostrarlo todo sin recurrir a las palabras. Puesta en escena que nos habla, nos interpela, como en el resto de la producción.

La caricia negada.

Si buceamos más allá de la epidermis, los cuatro episodios de En el corredor de la muerte no nos hablan (o no lo hacen exclusivamente) del proceso judicial. Nada más lejos de la realidad, la obra creada por Ramón Campos, Gema R. Neira y Diego Sotelo explora los límites de la libertad, la humanidad y la vida o su ausencia. La ficción dirigida por Carlos Marqués-Marcet se adentra en el conocido caso de Pablo Ibar, condenado a muerte en el año 2000 por un triple asesinato sin ninguna prueba concluyente, desde la sobriedad que le aporta un punto de vista prácticamente aséptico conformado a través de la subjetividad que traza la multitud de perspectivas que lo componen (la serie alterna los puntos de vista de cada personaje, mostrando así la historia desde ópticas y sensibilidades diferentes).

La mirada, por tanto, es quirúrgica; para lo que podía haber sido, no se aborda el drama desde un punto de vista lacrimógeno ni desde la mueca o los aspavientos. Lejos de ellos, En el corredor de la muerte se circunscribe al relato con absoluta fidelidad y evitando los posicionamientos directos, el morbo y el melodrama fácil. No hay duda de que para llegar a este punto de mesura y ponderación cobra una especial relevancia la investigación primigenia realizada por el periodista Nacho Carretero, autor del libro de idéntico título en el que se basa la obra audiovisual. Sin embargo, pese a la implicación del escritor en el caso de Pablo Ibar y a su relación estrecha –tras muchos años de seguimiento– con la familia del reo, la serie elimina por completo todo rastro de su figura, que sí toma importancia y personalidad en el podcast complementario creado por Pódium Podcast, en el que Carretero habla con los protagonistas de la historia y, ahora sí, narra en primera persona sus impresiones, viajes y las pesquisas de su investigación sobre el caso.

En el corredor de la muerte se estructura en cuatro episodios, correspondientes a cuatro épocas en la vida como condenado de Pablo Ibar y su entorno (1993–94, 1995–99, 2000–08 y 2009–19). Así las cosas, mediante esa cámara esterilizada, que podríamos decir que ocupa el lugar del periodista, la obra se sumerge junto a los protagonistas en una odisea contenciosa imposible de calibrar. El punto de vista global siempre permanece situado en el margen exterior de la acción, como si alguien mirase desde un punto intermedio: no lo suficientemente cerca como para llorar la suerte de Ibar, pero tampoco tan lejos como para abordarlo sin ningún tipo de cuestionamiento. Carlos Marqués-Marcet sitúa a sus personajes permanentemente en una encrucijada y, a través de ella, engarza el serial con sus anteriores obras, sobre todo con la magnífica película 10.000 km (2014). En aquella, la pareja interpretada por Natalia Tena y David Verdaguer trataba de restar kilómetros de distancia a su relación mediante sus conversaciones online a través de la pantalla del ordenador. Aquí, en cambio, Pablo y Tanya son testigos de cómo una mampara o una pantalla les aleja millas y millas, pese a estar viéndose el uno al otro apenas a unos metros. La distancia, real y figurada, cobra una importancia vital en ambos relatos, poniéndolos en planos similares pese a las evidentes diferencias de partida. En ambos casos, las pantallas son metáforas de la situación y el estado de ánimo de los personajes.

Miguel Ángel Silvestre brilla en la interpretación de Pablo Ibar.

El director de Tierra firme (2017) se apoya en un tono que roza la docuficción, pero consigue salpimentar su relato con diversos recursos propios de la ficción que no vienen sino a servir al relato como catalizadores del estado de ánimo que atraviesan los personajes. Quizás el más llamativo, por poético y repleto de lirismo, sea ese continuo aludir a los sueños. Porque es allí donde proyectamos, tal vez, nuestros anhelos. Como en esa secuencia en la que Tanya habla con Pablo en la cama, unos segundos antes de que el despertador suene y la saque de su cálida ensoñación. En una de las declaraciones de Pablo Ibar a Nacho Carretero, el preso aseguraba que solo era feliz cuando dormía, porque allí podía ser libre, pero que ni en los sueños lo era totalmente: “No recuerdo qué se siente al estar libre. Hasta en mis sueños sueño que estoy preso. Si sueño que estoy con mi familia, hay un oficial detrás diciendo que tengo que volver a la celda. El único sueño agradable es cuando veo la cara de mi madre y lo único que me consuela es que ella murió antes de ver que me habían condenado a muerte”.

Si hay algo que haya mantenido firme y en pie a Pablo Ibar todos estos años, esa ha sido Tanya Quiñones. Cuando encarcelaron a Pablo, apenas tenía diecisiete años. Rozaba la mayoría de edad, por lo que se puede decir que ella maduró a través de la condena de su amado. Una condena extensible a su vida, ya que, desde entonces, no ha pasado un solo sábado en el que no haya acudido a su cita con el que pronto se convertiría en su marido gracias a una ceremonia de tinte surrealista en la misma prisión. Ni siquiera en aquel momento les permitieron un segundo de asueto, un abrazo, un beso. Todo se hizo a través de la mampara, que vuelve a servir en la serie como símbolo de la distancia instaurada a la fuerza entre los dos, sirviendo como ejemplo una imagen que alcanza estatus de icónica. La pareja, entonces ya matrimonio, separada por el cristal, junta sus manos tras la boda y, en ese preciso instante, el reflejo de Tanya se sitúa al lado de la imagen de Pablo, al otro lado de la mampara. Casi como si, por un momento, pudiesen darse ese abrazo soñado y los cuerpos se fundiesen en uno solo; como si, de un plumazo, esa distancia hubiese menguado hasta materializar la fisicidad de los cuerpos. Lo imposible. Una corporeidad y un deseo en común negados incluso en el momento más íntimo de sus vidas.

Así las cosas, En el corredor de la muerte gira también en torno a esa tortuosa, pero edificante, relación de pareja entre Pablo y Tanya, la verdadera protagonista de esta serie, interpretada de forma excelsa por Marisé Álvarez. Así define Ibar a su esposa en una de sus conversaciones: “Ella es todo. Es cariñosa, fuerte y nunca me deja caer. Hay muchas personas que están ahí fuera, libres, y que se pasan la vida buscando un amor verdadero y no lo encuentran. Yo aquí dentro lo he encontrado. Nos casamos en una sala de visitas de la cárcel, con una mampara separándonos. Estuve cuatro años sin poder tocarla: ¡cuatro años! Ahora conduce cada sábado más de ochocientos kilómetros para pasar la mañana conmigo. […] Cuando se va, es horrible. Pienso cuándo podré besarla sin que un guardia me mire; cuando podré pasar una noche con ella, a solas. Es un sueño. Ha dado su vida por mí. Siempre lo digo: tengo la mejor y la peor suerte del mundo”. Por algo Michael, hermano pequeño de Pablo, la apoda, cariñosamente, La Roca. Porque ella es el motor de esta historia, el nudo que une todas las vidas que, de no estar, habrían acabado desovilladas en cualquier esquina de Florida.

La familia, siempre en la sombra, actúa como pegamento emocional.

Más allá de la mirada íntima hacia la familia Ibar-Quiñones, En el corredor de la muerte ofrece una crítica intrínseca y muy virulenta hacia el sistema judicial estadounidense. Un régimen capaz de condenar a muerte sin pruebas y ampararse en la Constitución para llevar a cabo lo que, en definitiva, es otro crimen amparado por una legalidad que deja muchas dudas. Desde un punto de vista perfectamente calibrado, Carlos Marqués-Marcet establece un discurso contrario a la pena de muerte y denuncia las irregularidades detalladas por Nacho Carretero en sus artículos, su libro y el podcast complementario. En este sentido, podríamos equiparar la obra de Movistar + con la reciente miniserie The Night Of (Steven Zaillian y Richard Price, HBO, EEUU, 2016), que también ficcionaba un caso similar al de Pablo Ibar para ofrecer un cuestionamiento implacable a los métodos y engranajes judiciales y a los monstruos engendrados por un sistema que a todas luces debe ser revisado. Hace poco más de tres años, escribía sobre la miniserie de HBO un párrafo que podría servir perfectamente, hoy, para definir también la obra de Movistar: The Night Of se puede leer, decíamos anteriormente, como un espejo negro en el que la ficción obliga a mirarse al sistema judicial de los Estados Unidos. Los creadores colocan un estratégico campo de minas que desnuda cada movimiento dudoso que tiene lugar en la corte. No extrañan, por tanto, los discursos críticos sobre el uso, custodia y manipulación de las pruebas, sobre la validez y legitimidad (o no) de los jurados populares o sobre los problemas derivados de la mecánica del poder judicial (representado por una magnífica Jeannie Berlin en papel de la fiscal)”. Las diferencias serían que en la miniserie sobre Ibar no hay nada inventado y que el fiscal no es una mujer, sino que se llama Chuck Morton, un villano antológico que este año regresó de su retiro jubilar solo para tratar de devolver a Ibar al corredor de la muerte. Un castigador que, durante el último juicio, en la misma corte penal y durante el proceso, se permitió, incluso, llamar asesino varias veces al juzgado sin que le cambiase la mueca de odio y visceralidad.

Por último, aunque no menos importante, Carlos Marqués-Marcet establece un discurso sobre el poder de la imagen. Un solo fotograma sirvió en el año 2000 para dar con los huesos de Ibar en el corredor; una imagen que ni siquiera es clara y meridiana, sino que resulta casi ininteligible y cuyos atributos han sido cuestionados en numerosas ocasiones, durante el caso, por expertos en análisis de imágenes, reconocimiento facial y otras tantas disciplinas relacionadas. Al hilo de esta imagen, el director de la miniserie alude a la capacidad de esta para matar. “Para mí es una historia sobre el poder de una imagen, de cómo una imagen puede matar a alguien”, aseguraba el cineasta en una entrevista con Enric Albero desde el pasado Festival de Rotterdam. De cómo una imagen, borrosa y de dudosa calidad, puede servir para justificar las fallas de un sistema, que es también, a su manera, un asesino. Como decíamos, no hay muchas significaciones al respecto del caso en la lectura que hacen de él los creadores de la serie. Las conclusiones surgen del espectador, que debe ser capaz de saber leer la utilización y planificación de los recursos para extraerlas. Así, por ejemplo, llegamos al cierre de la ficción, en la que dos elementos pueden inducir a pensar en un posicionamiento de la dirección y el apartado creativo de la serie (es inevitable). Por un lado, el plano, por fin compartido, en el que Tanya y Pablo se dan la mano y se miran (no se hablan) para resguardarse en los ojos del otro. No es lo ideal, pero es reconfortante y supone un oasis de esperanza para ambos; exactamente igual que la situación de Ibar tras el último juicio (recordemos que se le anuló la pena de muerte y se le condenó a cadena perpetua). Su tragedia está lejos de concluir, pero sus condiciones son mejores ahora que antes. El otro elemento es, sin duda, la introducción en la banda sonora del Txoria Txori, ese himno en el que Mikel Laboa reflexiona sobre la libertad mediante la asunción de que un pájaro al que le han cortado las alas deja de ser un pájaro. Lo mismo que ocurre con Pablo Ibar (“mi vida se paró en 1994”, asegura el preso), aunque en su caso aún cabe la esperanza velada de que solo puede llegar a ser libre aquel que ha sentido las cadenas.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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