La reconquista

ATENCIÓN: Este artículo contiene spoilers de la segunda temporada de ‘Estoy vivo’.


No son pocas las ficciones que mencionan la antigua leyenda del hilo rojo. La fábula japonesa alude a cómo las personas predestinadas a amarse permanecen siempre unidas por un hilo rojo invisible atado a sus meñiques; un filamento que simboliza la extensión de la arteria ulnar, que une el corazón con el dedo, y sirve como metáfora del destino y el amor como el motor de acción en el mundo. En la segunda temporada de Estoy vivo, el hilo rojo permanece más presente que nunca. Desde su mención directa en el capítulo 2x03 (caramelo de puesta en escena inclusive: la animación del cuento con el que Susana duerme al hijo de David) hasta los acontecimientos que culminan la segunda entrega de episodios, en los que vuelve a resonar con fuerza la mitología nipona.

La leyenda del hilo rojo ha servido para hablar de las relaciones entre personajes.

La introducción de la fábula, lejos de servir como pretexto, como ocurría, por ejemplo, en Touch (Tim Kring, FOX, 2012–2013), en la que el hilo rojo actuaba como conductor, funciona como elemento que resitúa a los personajes. Después de un regreso un tanto atípico, en el que los códigos de la primera temporada bailan un poco para abrir paso a las nuevas tramas, cuando Susana lo menciona, el cuento actúa como catalizador de todas las tensiones, relaciones y vaivenes emocionales de los protagonistas. Al respecto de ese cambio formo-narrativo, cabe destacar que los espectadores de Estoy vivo habrán tenido que hacer reset en los primeros capítulos para desbloquear lo asimilado y dejar que se filtren, por ejemplo, la trama del edificio Victoria y la Guerra Civil (un breve desahogo para Yago fuera de las tramas policiales de Márquez) o el autoboicoteo de la teleficción a sí misma con el nuevo salto temporal con el que da comienzo esta segunda tanda. El uso de la elipsis y el flashforward es un ejemplo de cómo una ficción puede ponerse retos a sí misma para continuar en la misma línea argumental, pero desde el cambio. Así las cosas, tras un nuevo paso por la pasarela, Márquez y Iago volverán a Vallecas, pero lo harán un año y medio después y con las vidas de los coprotagonistas rehechas: Laura se casa con el inspector Santos y Susana ha empezado una relación con David. En lo emocional, la serie aboga por “la reconquista”, mientras que en lo policial se apoyará en un nuevo villano, una nueva amenaza de las fuerzas del mal, que recoge todo lo que ya tenían los anteriores.

Luz Valdenebro como Lola, uno de los pequeños aciertos de la temporada.

No obstante, pese a las modificaciones, la obra de Daniel Écija se ha mantenido fiel a su identidad y a sus códigos propios. Estoy vivo se ha vuelto a enmarcar como una dramedia familiar a la que la mixtura de géneros le sienta fenomenal. Su segunda entrega se ha revelado, otra vez, como una buddy movie que admite todas las metamorfosis y se recrea en sus disfraces dramáticos, cómicos, de thriller negro o incluso de ciencia ficción y terror fantasmagórico. Lo complicado, y admirable, es que en todas sus versiones engrana como un reloj, otorgando una apariencia sólida y un empaque absoluto al conjunto, fundamentalmente gracias a dos vicisitudes: el estado de gracia del elenco y la autoconsciencia de la producción sobre su propio juego. De esta forma, un reparto encabezado por la efectividad máxima de Javier Gutiérrez, la pureza de Alejo Sauras y la transparencia interpretativa de Anna Castillo –con secundarios de lujo como Goizalde Núñez, Cristina Plazas, Jesús Castejón, Fele Martínez o una lucidísima Luz Valdenebro como Lola, la ex mujer de Manuel Márquez– se articula en torno a una ficción que, sin abandonar la seriedad, se atreve a juguetear y dejarse abrazar por el divertimento. Un buen ejemplo de esa doble cara de Estoy vivo lo ofrecen los homenajes descarados, divertidos, pero muy elegantes a algunos clásicos del cine como la Psicosis de Alfred Hitchcock (la música en la escena de la ducha), el Ghost de Jerry Zucker (con el Pollo en el rol de Patrick Swayze) o al cierre de la saga Star Wars (con el villano Augusto Mendieta muriendo y buscando la redención en los brazos de su hijo Yago tras revelarle su paternidad, emulando al Darth Vader que perecía en los de Luke Skywalker en El retorno del Jedi).

No hay duda de que la ficción de TVE es, junto a El Ministerio del Tiempo (Pablo y Javier Olivares, TVE, 2015-?), una de las mejores noticias que hemos recibido del ente público en el último lustro. Principalmente por su descaro y atrevimiento para salirse de lo normativo, para juguetear con sus propios códigos y llevar su propuesta al extremo de lo maleable y terminar girando en torno a dos hilos argumentales tan clásicos como extemporáneos: la guerra entre el bien y el mal como motor de acción y la importancia de la familia y el amor como verdadero motor de cambio de un mundo inexplicable y cada vez más lleno de odios. Vargas vive, la lucha sigue. Estamos vivos.

Sebas, Márquez y Iago, en una suerte de trasunto (quizás nada casual) de Han Solo, Obi-Wan Kenobi y Luke Skywalker.