ATENCIÓN, SPOILERS: Este análisis contiene spoilers sobre la segunda (y última) temporada de ‘Fleabag’.


A menudo solemos pensar en una persona depresiva como alguien de rostro triste. Y no siempre es así. De hecho, la mayoría de las veces, la depresión y el dolor se disfrazan y salen a la calle tras una sonrisa. Nadie lo ha mostrado en televisión de una manera más certera de la que lo hace Phoebe Waller-Bridge en Fleabag. Sin levantar una voz por encima de la anterior. La creadora dibuja e interpreta a una mujer tan rota por dentro que aparenta ser un edificio indestructible desde su fachada cómica.

Tras el duelo que fue la primera temporada, Fleabag se ha bifurcado esta vez en varias ramas narrativas que han confluido en la boda entre el padre y la madrastra. Así, esta trama, la clásica línea de princesas, madres muertas y padres casados con la malvada madrina, ha hecho las veces de columna vertebral a la que se han adherido las pequeñas subtramas: el matrimonio roto de Claire y su posible relación extramarital, las quebradizas relaciones familiares, con la recuperada complicidad entre hermanas, y, a su vez, el enamoramiento de Fleabag con el sacerdote encargado de oficiar el enlace.

La segunda tanda de episodios comienza en un pico de tensión. Nos reencontramos con los protagonistas en mitad de una cena familiar en la que todos se quieren, pero no se soportan. Y es que, a veces, la familia es la peor película de terror. Phoebe Waller-Bridge escribe con el punzón que todos hemos sentido alguna vez en una de estas reuniones. Detrás de la cámara, Harry Bradbeer pone el foco en cada uno de los recovecos familiares que serán explotados en los siguientes cinco capítulos. Se puede hablar del 2x01 como el anticipo de lo que dará de sí el segundo sexteto de Fleabag.

La teleficción de BBC continúa con los sellos de identidad que ya mostró en la primera aproximación. Así las cosas, la puesta en escena sigue confiando en las rupturas de la cuarta pared para generar la mirada cómplice y el vínculo con el espectador. No obstante, hay una innovación en torno a este recurso que, en determinado momento, se convierte en el gran hallazgo formal de esta segunda entrega. Tras conocer al cura, Fleabag comparte sus impresiones con nosotros a través de la pantalla. Como siempre, nos mira, nos intercede y nos traslada sus opiniones sobre lo que está ocurriendo en la secuencia. Hasta que el sacerdote se da cuenta de que, de vez en cuando, se muestra ausente, “como si se hubiese ido”. Esa consciencia repentina de nuestra presencia se convierte en objeto de bromas y en un interrogante que, por momentos, se acerca al cuestionamiento filosófico o de fe.

En esos momentos, Fleabag consigue trasladar una pregunta muy pertinente sobre el alcance que puede llegar a tener la ficción y sobre el carácter de sus protagonistas. Tal vez la idea más enjundiosa que ha dejado caer a lo largo de sus dos temporadas. Casi como el Augusto Pérez de Unamuno, la Fleabag de Phoebe Waller-Bridge parece hacerse la pregunta del millón sobre el derecho a la intimidad (o su negación) de los personajes de ficción. La secuencia en la que Fleabag, agobiada tras una noche de recuerdos dolorosos, corre tratando de escapar de la cámara, que la persigue, es el culmen de esta idea. También el final, en el que la autora termina por responder, con un sutil gesto, a este interrogante.

Ni mucho menos es la única cuestión que se desliza a lo largo de la obra: de hecho, Fleabag se apoya en todas esas cuestiones sin respuesta que aparecen en su guion. Los personajes, y en especial ella, deambulan por un Londres grisáceo cargados de reflexiones y dudas. Es la manera que tiene Phoebe Waller-Bridge de cuestionarse a sí misma y de analizar el mundo desde el que crea. Y esa reflexión constante nos deja momentos en los que la sociedad actual se vuelve objeto de estudio y disección. Es el caso de la ejecutiva a la que da vida Kristin Scott Thomas, que cae en esa barra de bar junto a Fleabag para ofrecer una suerte de feminismo pesimista de alto calibre (2x03). Su opinión sobre los premios para mujeres, de los que asegura son “la mesa de los niños de los premios, una subsección del éxito que solo sirve para marginar”, abre paso a la verdadera e incuestionable mirada feminista de su personaje. Un monólogo cargado de experiencia y análisis sobre las verdaderas consecuencias, a menudo invisibles, de lo que supone ser mujer. “Las mujeres nacemos con el dolor incorporado. Es nuestro destino físico. Calambres menstruales, dolor en los pechos, partos… Lo llevamos dentro toda nuestra vida. Los hombres no: ellos tienen que buscarlo. Se inventan todos esos dioses, demonios e historias solo para poder sentirse culpables, cosa que nosotras solas hacemos muy bien. Y provocan guerras para poder sentir cosas y tocarse unos a otros. Y cuando no hay guerras, juegan al rugby. Nosotras llevamos todo eso aquí, en nuestro interior. Es un ciclo de dolor que dura años y años. Entonces, cuando crees que has superado todo eso, ¿qué ocurre? Llega la menopausia. La puta menopausia. Y es lo mejor que hay en este puto mundo. Y sí, el suelo pélvico se va a la mierda, te entran sofocos y a nadie le importa, pero luego eres libre. Dejas de ser una esclava, ya no eres una máquina con partes. Solo eres una persona en marcha.”

Este monólogo es solo un ejemplo, quizás el más notable, de la forma en la que Fleabag es capaz de poner su foco en la sociedad que transita de la misma manera en la que es capaz de instalar la duda en el fuero interno de sus personajes. Cuando el cura habla con Fleabag y confiesa que “a veces me preocupa haberme metido en esto solo por la ropa” no está haciendo un chiste, aunque lo parezca. Tras ese toque cómico, se esconde una duda existencial de calado. Exactamente igual que en la confesión que, minutos más tarde, le hará ella en la cabina de la iglesia se desnuda el hundimiento de la (anti)heroína. La puesta en escena dibuja un fondo completamente en negro que otorga absolutamente toda la relevancia al estado de ánimo de Fleabag, que según avanza el discurso va pasando del juego y la broma a la fractura emocional: “Tengo miedo. De olvidar cosas. Personas. Olvidar a personas. Y me avergüenza no saber qué… No, sé lo que quiero. Sé exactamente lo que quiero ahora mismo. Algo malo. Quiero que alguien me diga qué ponerme por las mañanas. Quiero que alguien me diga cómo tengo que vestirme cada mañana. Quiero que alguien me diga qué comer, qué me tiene que gustar, qué odiar, por qué enfadarme, qué escuchar, qué grupo me tiene que gustar, para qué comprar entradas, sobre qué bromear y sobre qué no. Quiero que alguien me diga en qué creer. A quién votar, a quién querer y cómo decírselo. Solo quiero que alguien me diga cómo vivir mi vida, padre, porque hasta ahora creo que me he equivocado. Y sé que por eso la gente quiere a personas como tú en su vida. Porque les dices cómo tienen que vivirla. Les dices qué hacer y qué pasará al final. Aunque no creo en tus tonterías y, aunque sé que científicamente nada de lo que haga cambiará nada, sigo teniendo miedo. ¿Por qué sigo teniendo miedo? Dime qué debo hacer. Dime qué coño hacer, padre”. Más allá de creencias, el mayor cuestionamiento de fe es el que ejercemos sobre nosotros mismos. Y la mayoría de ocasiones, la respuesta a nuestras preguntas solo nos la puede dar aquel ser querido que nos observe en la sombra, sin intervenir, pero consciente de todo lo que nos ocurre. En el caso de Fleabag es su padre quien ofrece un diagnóstico a esa duda íntima: “Creo que sabes amar mejor que cualquiera de nosotros; por eso te resulta tan doloroso”.

Quizás por eso, por cómo los personajes se cuestionan a sí mismos y a sus decisiones a lo largo de esta segunda entrega, el final de Fleabag nos suene tan redondo a pesar de ni siquiera ser un final propiamente dicho. Porque la vida siempre continúa, porque la certeza nunca es absoluta y porque nunca paramos de dudarnos a nosotros mismos. Porque, ya lo dice el cura en la boda: en ocasiones, la vida y el amor son horribles, y por eso es mejor pasarlas en compañía de alguien en quien confiar, en quién apoyarnos cuando las cosas vengan peor. Alguien que, en cambio, también nos deje nuestro espacio. Ese espacio que pide Fleabag y le concede la cámara en el último plano. Esa intimidad a la que Waller-Bridge no renuncia para su alter ego ficticio. El aire para la despedida en la lejanía, cuanto todo está tranquilo en la noche. Cuando todo está perdido y es más fácil escuchar nuestros pensamientos. Gracias, Phoebe, por ayudarnos a escucharlos.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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