‘Gigantes’, pasión gitana y sangre española

Isak Ferriz, Daniel Grao y Carlos Librado interpretan de forma notable a los hermanos Guerrero.

ATENCIÓN: Este artículo puede contener spoilers sobre e información sobre la primera parte de ‘Gigantes’.


Cada familia es, en cierto modo, una proyección del espacio en el que se concibe. Nos impregnamos de nuestro entorno hasta el punto de llevar tatuado el origen sobre nuestro olor, nuestras manos, nuestros gestos y, por supuesto, nuestra voz. A lo largo de su recorrido, Gigantes nos muestra esa idea a través de tres hermanos, muy dispares entre sí, que no pueden evitar los ecos de su ascendencia; las reminiscencias de su malvado padre Abraham, padrino de la coca en las calles de Madrid (y parte del extranjero).

Los Guerrero se mueven a sus anchas por las calles de un Madrid furibundo y árido. Con un rostro mucho más escamado de lo habitual y unas aceras que, además de borrachos y adoquines meados, acumulan deudas pendientes y venganzas en stand-by. Cocaína, casquillos de bala y dolor. Con su estilo característico y sus rasgos habituales, la voz propia de Enrique Urbizu resuena en cada plano, en cada giro de guion y en cada disparo rotundo que se adentra en el pecho, ya carmesí, de cualquiera de sus personajes.

José Coronado se mete en la piel del crudo Abraham Guerrero, patriarca de la coca.

Sin embargo, lejos de quedarse en el mero western urbano, el thriller de Movistar Plus introduce el dedo en una llaga mucho más profunda. La narración de Gigantes, así como la forma que le imprime su dirección a todo el fondo, sirven como aquella lanza que el soldado romano restregaba con hiel sobre la herida del crucificado cuando este aludía tener sed. La teleficción del veterano maestro es cruda, violenta y sin concesiones. Pero bajo su piel furiosa, llena de ronchones y cicatrices, late una mirada mucho más analítica y profunda hacia lo que somos, fuimos y seremos. Una contemplación que llega, o más bien se fija, a través de una simbología exquisita y de trazo muy fino.

Todo se significa en el relato y a través del mismo. Nada parece casual ni azaroso. Así las cosas, si en los primeros minutos de la obra vemos como el patriarca, Abraham (otro gran antagonista de José Coronado), inculca su modo de llevar el negocio a sus hijos, a través del miedo, la amenaza y los golpes, no es casualidad. Pronto comprendemos que, en realidad, lo que se nos está mostrando es una España que es lo que es gracias, en gran parte, a lo que fue en su pasado, a sus herencias históricas y su idiosincrasia. Aquello que nosotros fuimos determinará de alguna manera lo que llegarán a ser nuestros hijos.

La herencia de la sangre.

No es la única metáfora que se permite el cineasta en su creación. Todas las imágenes quieren decir algo (algunas consiguen más fuerza, otras, menos), nada hay caprichoso en las elecciones de puesta en escena. De este modo, Urbizu y Jorge Dorado, el otro director de esta primera parte, consiguen ofrecer una metáfora que supura elegancia entre los pliegues de su violencia incontestable. La proyección de una España cainita y fratricida que se cocina desde los bajos fondos hasta las altas esferas (¿o era al revés?), que mata, roba y se despedaza mediante los hombres de traje tanto como en los príncipes de barrio. Una nación de naciones en la que nadie es bienvenido si no se ajusta a lo que exige la voracidad del dinero, el único capaz de difuminar fronteras y hermanar razas y etnias. Un país en el que un juez puede orquestar una matanza con la complicidad del cuerpo nacional de policía siempre y cuando esta favorezca a los intereses creados y mantenidos desde el aparato del estado. Una tierra en la que nada puede hacer el policía honesto, aunque disponga las pruebas y herramientas para ello; donde absolutamente todo está supeditado a una entidad mucho más poderosa que la verdad.

Urbizu y Dorado componen un retrato malencarado sobre la España de la corrupción endémica y el ascenso de los nuevos fascismos. Solo unos días después de una amenazante muestra de músculo del partido ultraderechista VOX, sorprende ver cómo el equipo creativo de la serie se atreve con una subtrama (quizás la más interesante en tanto y cuanto al contenido político) que muestra los colegios de élite como un invernadero para los nuevos fascismos y el clasismo llevado al extremo (algo que también explora Élite, la nueva obra de Netflix España). En ese entorno tendrá que luchar por su autodeterminación Carmen, la hija de uno de los hermanos, viva imagen de su abuelo, que será reprobada por su ascendencia gitana (su madre Sol lo es). El mensaje es claro: las élites sociales funcionan como caldo de cultivo de una dolencia silenciosa, pero letal. Una enfermedad que comienza en estado de latencia, como un cáncer, invisible, en los sótanos del país. Tal vez el plano más relevante de Gigantes, en este sentido, sea esa bandera franquista que luce, aún clandestina, en un sótano, esperando el momento de su nuevo alzamiento (2x02). El movimiento se antoja similar a la jugada de Ulrich Seidl en el magnífico documental En el sótano (2014): mostrar un monstruo subterráneo que crece y crece sin control.

Carmen y Sol, hija y mujer de Tomás. Dos personajes femeninos que deberían de ganar entidad en la segunda parte.

No parece otra la vocación narrativa de Gigantes, sino desnudar y alertar del peligro de lo que somos. Esa guerra fraternal entre el primogénito, Daniel, de vuelta tras varios años en prisión, y Tomás, el mediano, ahora patriarca de la familia tras la retirada del padre, no alude a otra cosa que el carácter fratricida de nuestra malasangre. A una ausencia de límites que recrimina incluso el clan gitano, tan presente siempre como contrapeso de los Guerrero, en uno de los mensajes más recurrentes de la ficción: “no le hables de límites a quien nunca los tuvo”. En la misma línea, la guerra abierta y cruenta entre la familia Guerrero y el clan gitano, patriarcado por el Pátina (un Manolo Caro tan intenso y lúcido como siempre), representan la España de contrastes, márgenes, racismo y clasismo. Las calles de Madrid no lloran cuando su único gobernante es el dinero.

Clemen, el pequeño de los Guerrero; lo imposible de luchar contra lo que somos.

La puesta en escena de Enrique Urbizu y Jorge Dorado indaga en las denotaciones y connotaciones que se derivan de su relato salvaje. El equipo de dirección consigue hacer hablar a sus imágenes y otorgar un significante a todos los elementos utilizados. Desde la banda sonora, que se ajusta al relato según cada momento con distintas composiciones, hasta el uso de marcos naturales para subrayar las desavenencias entre hermanos (una columna separa en el encuadre a Daniel y Tomás en varias ocasiones). De igual forma, los encadenados ayudan a comprender el mensaje subterráneo (la niña repasando la lección sobre bienes de consumo, necesidades y estratificación social mientras la imagen muestra los negocios sucios de la familia Guerrero) y los diálogos sirven para enmarcar la simbiosis corrupta y multidisciplinar de policía, jueces, periodistas, empresarios y mafiosos. Sin embargo, lejos de una posición de refuerzo, la puesta en escena de Gigantes se convierte un artefacto narrativo sin concesiones. La dirección de la serie, árida y rabiosa, hace un uso fascinante de las herramientas diegéticas para enmarcar la temporalidad y/o espacialidad de los acontecimientos, así como otras contingencias, lejos de los rutinarios rótulos. En este sentido, el espectador habrá de permanecer atento, pues cobran una importancia primordial, por ejemplo, las elipsis marcadas a través de lo natural (pájaros emigrando) o llegadas del ecosistema (locuciones en el telediario), pero también incorporan elementos al relato los fundidos a negro, los múltiples cambios de formato de la imagen (video casero, informativos, cámara móvil, etc.) o las asociaciones con la propia psicología de los personajes: ese Clemente que lucha para hacerse un hueco en el boxeo no es otra cosa que una personificación de la imposibilidad de deshacernos de nuestros orígenes.

Movistar continúa en su línea creciente en el terreno de la producción con un título que rememora obras televisivas como Breaking Bad (Vince Gilligan, AMC, 2008–2013), Los Soprano (David Chase, HBO, 1999–2004) o, tal vez algo más lejos, Gomorrah (Stefano Sollima, Sky Italia, 2014-?), e hitos cinematográficos del género como el Reservoir Dogs de Tarantino (1992). La plataforma suma un paso más con una propuesta brillante en su concepción, algo excesiva en determinados usos formales y con un elenco en estado de gracia encabezado por un efectivo Daniel Grao, un excelso Isak Ferriz y un sorprendente Carlos Librado. Gigantes se suma así al catálogo de originales de la cadena, junto a La Peste (Alberto Rodríguez y Rafael Cobos, 2017-?), El día de mañana (Mariano Barroso, 2018) o La Zona (Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo, 2017), que explotan cierta vocación de retratar los espacios oscuros de una nación. Todo aquello que permanece al otro lado del espejo. Allí donde no alcanza la vista de ningún mortal y desde donde nos miran los poderosos, aparentemente impunes frente a todo, para asegurarse a sí mismos que nosotros solo somos hormigas; y ellos, gigantes.

Manolo Caro interpreta a Pátina, el patriarca gitano; un contrapeso para mostrar una “otredad” no tan diferente de los Guerrero.