‘GLOW’, brillar sin maquillar

Con ligerísimas modificaciones, el reparto de ‘GLOW’ continúa siendo similar al de los primeros diez episodios.

ATENCIÓN: Este artículo puede contener spoilers sobre la segunda temporada de ‘GLOW’.


Una actriz se reúne en un hotel con dos magnates televisivos. El motivo del encuentro es meramente profesional: debatir unas condiciones para el programa en el que la primera trabaja. En determinado momento de la velada, uno le hace una seña al otro y este sale de la sala con la excusa de traer la cena a la habitación. Justo después, el primero, que es el dueño de la cadena, tras flirtear un par de veces, trata de sobar y besar a la intérprete, que se sorprende y reacciona huyendo de allí en un descuido del tipo. Al día siguiente, el show queda relegado a la madrugada, es decir, condenado al ostracismo y, casi seguro, a la cancelación.

El preludio de la secuencia “weinsteiniana”.

Con esa sencilla secuencia, aunque muy cruda, GLOW sintetiza y denuncia una situación que, tristemente, es de sobra conocida en el mundo del cine y el espectáculo. Sin embargo, esta intrahistoria no termina con la escapada de Ruth, sino que, posteriormente, continúa con el reproche de su amiga Debbie, que normaliza el acoso (y entre líneas el abuso y la violación) y reprocha a su amiga que no le haya dado esperanzas al magnate para mantener el estatus del programa en la parrilla. Tristísimo, pero a la orden del día en una sociedad enferma y que continúa viendo como normales ciertas actitudes deplorables (sigue pasando hoy en día, aunque la serie se ambiente décadas atrás). Por suerte, un par de episodios más tarde, cuando Ruth se confiesa con el director Sam Sylvia, este reacciona de la manera adecuada y se preocupa por su compañera.

Está claro que GLOW es una creación eminentemente femenina. Sus temáticas, su firma, la identidad tras el equipo de rodaje e incluso las perspectivas lo son. Sin embargo, a día de hoy, sería la teleficción que se le podría proyectar a cualquier hombre para provocar su empatía y/o su reacción. La mirada femenina se puede percibir en el tono y en la naturalidad a la hora de mostrar determinados cuadros o de tratar las relaciones entre las protagonistas. Ya sean romances o peleas, el guión y la dirección despojan del halo místico hetero-normativo con el que se suele observar y retratar la figura de la mujer. Se percibe, por poner un ejemplo, en el elegantísimo romance entre Arthie y Yolanda que acompaña toda la segunda tanda a través de una naturalidad muy alejada de las connotaciones que, seguramente, habría tenido en otros ojos. Incluso los personajes masculinos, que al principio de la producción fueron presentados como el prototipo cavernícola, han avanzado en aquello de ponerse en la piel de ellas y de entender sus necesidades, reivindicaciones y puntos de vista. Lo deja patente el propio Sam en determinadas ocasiones, aunque quizás la más clara sea la sentencia que pronuncia en el club de striptease: “ella es una de mis luchadoras; ahora que sé que es una persona no puedo sentarme a ver cómo se desnuda”. Con una sencilla línea de guión, la obra original de Netflix toca y hunde la cosificación sobre el cuerpo de la mujer.

La visita de Tammé a su hijo universitario, una de las críticas más sutiles de la segunda temporada.

Más allá de este tipo de reivindicaciones, el título creado por Liz Flahive y Carly Mensch ha soterrado tras sus imágenes una crítica muy sutil al canibalismo capitalista, ese sistema que es capaz de mercadear con los cuerpos igual que lo hace con los datos y las estadísticas. GLOW ha reflexionado sobre cómo las mujeres han de buscar su sitio y reivindicar su lugar con litros de sudor (Debbie tratando de hacerse valer como productora del show), pero también ha ofrecido una mirada hacia las diferencias en la forma de trabajar (y dirigir) entre hombres (gritos, despidos, etc.) y mujeres (el tramo en el centro comercial, los anuncios, los capítulos en los que ellas toman decisiones, etc.). No en vano, subyace en toda la temporada la idea de que, cuando dirige una mujer (normalmente Ruth), todo fluye de una manera más natural.

En el terreno de la puesta en escena brilla especialmente el episodio 2x08, The Good Twin. El capítulo que todos estábamos esperando. Un bottle episode que recoge la emisión de uno de los programas de las Gorgeous Ladies Of Wrestling, pero en el que no se abandonan las líneas magistrales del conjunto. El resultado es una unidad narrativa que, desde el pivote visual, permite conocer algo más sobre el trabajo del equipo y hacerse una idea del tono que le van imprimiendo las sugerencias de las componentes, así como avanzar en las preocupaciones, trabajo y estados de ánimo que se presentan en el rodaje.

A lo largo de la segunda entrega veremos a Debbie tratando de hacerse hueco como productora.

No obstante, pese a los aciertos en la forma, uno de los puntos clave y de mayor interés en la composición de GLOW es el tratamiento psicológico que se da a las protagonistas desde la vertiente narrativa. Si entre ellas se deja ver la sororidad, casi como reivindicación para mejorar su contexto, también se abren paso las rencillas y las consecuencias de la vida personal. Así las cosas, la verdadera vida, esa que duele y abrasa la piel, se cuela entre los combates. La vida diaria. Esa realidad que se cuela entre la ficción con rostros tan diferentes como la imposibilidad de conciliar, los rencores o los cuestionamientos familiares. Son los casos de la visita de Tammé a su hijo, un estudiante que menosprecia su trabajo y los gustos populares desde el elitismo universitario (2x04, The Mother of All Matches), y de la lesión de Ruth a manos de una Debbie drogada, alcoholizada y totalmente superada por los acontecimientos derivados de su divorcio (2x06, Work the Leg). Una lesión que, por si fuera poco, arrancará de cuajo la costra y hará que la piel se llene de sangre no coagulada y los cuchillos vuelen entre las dos amigas. De todo ello y más tendrán que sobreponerse, tanto ellas como ellos (Sam lidiará con la marcha de Justine tras la llegada de su madre y Bash madurará en silencio la muerte de Florian), para salir adelante y continuar con el show. Así es la vida, capaz de filtrarse en cualquier refugio, por impenetrable que se nos antoje. Esa misma existencia que, de pronto, nos sacude para ponernos en otra ciudad en la que tratar de seguir ofreciendo combate. Los últimos minutos de la segunda entrega de GLOW abren una puerta a un nuevo mundo. Mientras la cámara se va deteniendo, con calma y casi devoción, en cada una de ellas, Ruth le asegura a Sam que nunca ha visitado Las Vegas. “Pues no te va a gustar nada”, le dice el director, y ella sonríe. Tal vez la vida trate de eso: acatar y enfrentarnos a aquello que no nos gusta con la esperanza de un futuro en el que nuestros deseos sean, por fin, una realidad.

Show must go on…

El momento de la lesión de Ruth a manos de Debbie.