Las libertinas

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la tercera temporada de ‘GLOW’.


“Viva Las Vegas with you neon flashin’ / And your one armbandits crashin’ / All those hopes down the drain / Viva Las Vegas turnin’ day into nighttime”, cantaba Elvis Presley en su famosa composición de homenaje a la ciudad de los casinos. En Las Vegas algunos apuestan, pero todos pierden. La tercera temporada de GLOW también. La producción de Netflix ha buscado en el espacio único un nuevo soplo de aire fresco para su relato, pero la repetición de situaciones ha terminado por hacer mella en una obra que, si bien siempre resulta de interés y actualidad, se ha dejado por el camino algo de la frescura que mostraron sus dos primeras tandas.

En el inicio de esta segunda temporada, las gorgeous ladies of wrestling nos hacen viajar hasta Las Vegas, donde van a comenzar a representar su espectáculo noche tras noche. Así las cosas, la tercera temporada se desarrollará, prácticamente en su totalidad, en el hotel en el que viven y trabajan desde entonces las actrices. El espacio único y la presencia de los muros, paredes y cuartos pequeños del Fan Tan han servido a Carly Mensch y Liz Flahive para ahondar en la sensación de ahogo que han experimentado muchas de ellas a lo largo de los diez episodios de esta última entrega.

El Fan Tan Hotel & Casino acoge la totalidad de la tercera temporada de ‘GLOW’.

Por otra parte, la ubicación: esas Vegas nocturnas y alevosas, le han ofrecido a la teleficción la posibilidad de abrir una ventana a las noches de desenfreno de la época en la que se sitúa. De esta manera, GLOW ha sabido enfrentar temáticas como el juego, el ascenso del mundo drag o la homosexualidad reprimida. Y lo ha hecho, como suele hacer, de frente y sin ambages. No obstante, la verdadera clave narrativa –allí donde la obra ha vuelto a ofrecer un espacio de combate más evidente– ha estado, de nuevo, en la forma de afrontar otros conflictos que permanecen de actualidad aun décadas después del momento que nos muestra la serie. Es así como problemas tan de hoy como la imposibilidad de conciliar la vida laboral y la familiar (las dudas de Debbie sobre si seguir o no con el show), la carga mental sobre la mujer (esa pregunta de la propia Debbie en el 3x02: “¿a ti también te preguntan por tus hijos?”) o la dictadura de la imagen femenina (ese momento bulímico en el que Debbie vomita tras sentirse gorda en una clase de baile). Como podemos ver, toda la subtrama reivindicativa y feminista ha recaído esta vez sobre la figura de Debbie Eagan, ya como productora infravalorada del show. Resulta brillante la actuación de Betty Gilpin en un rol de mujer que se trata de hacer un hueco en un mundo tradicionalmente regido por hombres machistas. Más allá, cobra importancia la capacidad creativa de Carmen –recordemos que siempre había aparecido a la sombra alargada de sus hermanos luchadores–, que carga con el peso del show en el momento más crudo para reactivar la idea de que la mujer es, o debería poder ser, además de ejecutora, la mente pensante.

Arthie y Yolanda, un amor tan puro como complejo.

A pesar de esta aproximación a la actualidad desde un tiempo pasado, el mensaje de GLOW se ha difuminado un poco entre tantas subtramas personales (el gigoló de Melrose, la frustrante relación entre Bash y Rhonda, la producción de la película de Sam y Justine, el tira y afloja de Sam y Ruth, el complicado amor entre Arthie y Yolanda, etc.). Tanto es así que, en el último tramo de la temporada, la multiplicidad de pequeñas historias devuelve un atropellado apresuramiento hasta el momento clave –por dramático y triste– de la decena de capítulos. Cuando llegamos al ataque homófobo sufrido por el local en el que las actrices protagonizan y disfrutan de la gala del libertinaje, espacio de libertad y absoluto despendole y gozo, la sensación de tristeza y desasosiego queda ciertamente suspendida en el aire por la sobreabundancia de tramas abiertas.

En lo referente al apartado de la puesta en escena, GLOW ha dejado ver dos de sus recursos más potentes hacia el fin de temporada. El primero, un flashforward de 150 shows en el que Ruth permanece con la mirada perdida en los ojos del espectador mientras el mundo se mueve de manera vertiginosa a su espalda. Una interesante manera de mostrar el hastío y la necesidad de cambiar de aires de la protagonista (otro nuevo gran trabajo de Allison Brie), absorbida sin casi enterarse por el ritmo y la impersonalidad de Las Vegas. Más allá, el montaje entrecortado a saltos del 3x10 ha servido como recurso para hablar de esa constante tangencialidad de las propias protagonistas entre sí. Mujeres que se apoyan y se pierden unas a otras a un ritmo endiablado. Ese campamento en el que el fuego une, pero las historias separan. En ese sentido, la tercera aproximación a GLOW se ha edificado como ese caleidoscopio en el que las figuras se tocan y se alejan constantemente, dejando para la memoria visual figuras que, unas veces resultan preciosas y otras nos cargan en exceso. Figuras que se unen y se separan como lo hacen los grupos. Todo está en el colectivo, en la tribu, pero incluso los grupos más férreos terminan separándose. Por eso el final de la tercera temporada de GLOW resulta bellísimo y triste a la vez: cantemos el Auld Lang Syne ahora que seguimos aquí juntas, despidámonos para siempre por lo que pueda pasar; quién sabe qué nos deparará la vida mañana…

Un fotograma de la secuencia en la que Ruth se desmaquilla y el tiempo corre 150 shows hacia delante.
Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

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