‘Insecure’ y el eterno retorno

Retoque sobre una ilustración de Sandra Hernandez (Ringling College of Art and Design) perteneciente al artículo “Don’t Worry, ‘Insecure’ Is Almost Back For Its Third (And Probably Best) Season”.

ATENCIÓN: Este artículo contiene spoilers sobre la tercera temporada de ‘Insecure’.


Volver y retornar una y otra vez. Desoyendo la advertencia que Juan Rulfo dejó implícita en Pedro Páramo, Issa nunca deja de intentar volver a su Comala idílica. Al pasado dichoso, a una vida en la que todo era más fácil. ¿Quién no lo haría (o lo hace)? Ella no se doblega ante aquella afirmación de que donde has sido feliz jamás debieras intentar regresar. Quizás su periplo por el alambre de la treintena sea la ilustración perfecta del eterno retorno nietzscheano: un ciclo sin fin en el que todo se repite una y otra vez. La vida y la forma en que cada uno nos la tomamos.

La tercera temporada de Insecure ha vuelto a estrellar a su protagonista contra sus anhelos y desvelos. Sin embargo, la propia vida y el proceso de maduración han empezado a hacer mella en su idealismo a fin de comprender que no siempre el mundo gira a favor de nuestro karma y que, ni mucho menos, conspira para concedernos nuestros deseos. Así las cosas, el eterno retorno de Issa se ajusta más a aquel reajuste que Deleuze lleva a cabo en su Lógica del sentido: “El secreto del eterno retorno consiste en que no expresa de ninguna manera un orden que se oponga al caos y lo someta. Por el contrario, no es otra cosa que el caos, la potencia de afirmar el caos”.

Precisamente en el epicentro de la entropía nos encontramos a Issa en el inicio de esta tercera tanda de la serie. Tal vez con uno de los mejores símbolos que ha dado Insecure. Issa conduce un vehículo de Lyft (algo similar a Cabify o Uber) para ganarse esa vida de la que no es capaz de coger las riendas. La joven anestesia sus pensamientos (casi siempre con Daniel en el foco) mientras deambula de una punta a otra de la ciudad en la madrugada. Molly, por su parte, enfatiza y contextualiza el estado de ánimo de su amiga a través de su situación con Dro, al que no se vincula del todo (recordemos que está casado), pero del que no es capaz de desprenderse para ganar salud mental.

Issa atraviesa la ciudad al volante de su Lyft mientras se siente incapaz de conducir su propia vida.

En ese impasse existencial en el que todo empieza a cambiar drásticamente, Issa se encuentra atascada en una rutina que no consigue revertir. No se despoja de las cadenas del pasado, mientras vive de prestado en casa de Daniel, con el que mantiene una extraña relación de amistad-pareja-compañeros sexuales. Una repetición constante que es perfectamente recogida en el plano-reflejo que abre y cierra el episodio 3x03 y que desnuda la virtud de su equipo en el uso del montaje. La expectativa frente a la realidad es recogida con un sencillo y eficaz formalismo.

Y es que para renacer es necesaria la crisis, pero también comprender y asumir en qué lugar nos encontramos para poder empezar a caminar desde ahí. Es, entonces, cuando algo se quiebra en la narración (y en el discurrir del día a día del personaje principal). Como ocurre en cualquier vida, de pronto, el pasado que reaparece. Justo cuando Issa comenzaba a desprenderse de sus fantasmas, en el episodio en el que comienza el tránsito hacia-con Nathan, aparece Lawrence y revuelve todas sus aspiraciones. Precisamente en el momento en el que ella estaba comenzando a deshacerse de su memoria y reconstruirla junto a su nuevo amigo. En el instante en el que, por fin, había decidido abandonar su puesto de trabajo para buscar un cambio en el azar (porque la suerte se ha de perseguir, jamás se encuentra al doblar una esquina).

La relación incipiente entre Nathan e Issa vertebra buena parte de la T3.

Ese proceso inabarcable de maduración permite a Issa Rae seguir otorgando a Insecure ese aura identitaria que le implementa a través de la puesta en escena. El sello inconfundible de su imaginación continúa sirviendo a la creadora para mostrar los vaivenes de su protagonista (y casi, de manera extensible, de su generación, que diría Lena Dunham). Es en ese lapso argumental en el que la forma parece ajustarse más al fondo. Porque si vemos reiteración permanente en esa intermitencia de Lawrence e Issa quizás tenga que ver con ese momento de la vida en el que uno se atasca y tropieza una y otra vez con la misma piedra, que en ocasiones no es más que uno mismo y sus presupuestos.

Así las cosas, en este sentido, la tercera entrega de la producción de HBO se puede leer como un clínic sobre lo que significa madurar. Y qué mejor manera que mostrarlo mediante un episodio que se desarrolla en un festival. La visita anual del grupo a Coachella se termina revelando como el fin de una época. Nada volverá a ser como antes. Por mucho que una lo quiera así o se niegue a aceptar que ya toca crecer, dejar de lado la juventud despreocupada y reorganizar la escala de preferencias. El 3x05 de Insecure, High-Like, refleja a la perfección esa nostalgia venidera que asola a Issa cuando entiende que va a ser imposible disfrutar al cien por cien de sus amigas: Molly está absorbida por su nuevo trabajo, en el que tiene que demostrar de nuevo su valía; Tiffany está a punto de ser madre y preocupada, ante todo, por la salud de su futuro hijo… Un terremoto ha sacudido todo y ha situado a Issa frente a un espejo en el que recomponer la pirámide de sus prioridades.

Tiffany va a ser madre, Molly trata de encajar en el nuevo bufete, e Issa… Issa se faja con sus expectativas vitales.

El temblor también se llevará por delante a Nathan, que volverá en el último episodio, cuando ya sea demasiado tarde, tras una escapada depresiva, y dejará a Issa a solas consigo misma. Su peor miedo hecho realidad. En este tramo de la serie, el equipo de dirección de Insecure volverá a dejar detalles de su potencial con una elegante manera de mostrar las emociones de su protagonista y el proceso obsesivo por el que atraviesa (3x07). De esta forma, la voz en off, la música tensa, la cámara subjetiva o la constante repetición de un despertar sobresaltado se convierten en las imágenes de un estado mental, de una de esas crisis, incómodas pero necesarias, que nos ayudan a seguir haciendo el camino.

Un sendero que conduce, inevitablemente, hasta el final del proceso. Allá donde Issa es capaz, por fin, de entenderse a sí misma y comprender el mundo que la rodea. Un final de temporada en el que las imágenes vuelven a hablar por sí mismas para aseverar, a través de un silencio rotundo, que madurar no es otra cosa que amueblar nuestro interior para, al menos, tener un refugio propio desde el que autodeterminarnos. Ese es el sentido de la secuencia final en la que ella, de una vez por todas, decora su nuevo piso y abandona la apariencia entrópica para abrazarse a sí misma, amueblar las ideas y darse importancia frente a todo lo que ocurre a su alrededor. Para anteponerse frente al resto del mundo y, desde su núcleo, establecer relaciones con los márgenes. La calma tras la tempestad, la soledad bien entendida tras la búsqueda desesperada de calor. Tal vez, sin palabras, Issa Rae y su Insecure nos hayan regalado (como ya hicieron Lena Dunham y sus girls en el final de la serie, mientras sonaba el Fast Car de Tracy Chapman) una de las metáforas más potentes sobre el proceso de maduración con el que concluye nuestro propio eterno retorno. La paz con nosotros mismos.

Tras la tempestad, llega la calma. Issa concluye la tercera temporada con la voluntad de amueblar su ‘yo’ interior para poder redecorar su vida.

Para mi amigo Javier Rueda; un faro en la pleamar, una palabra de sosiego bajo un árbol de nervios.