ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la octava temporada y el final de ‘Juego de tronos’.


Todo estaba en la profecía. En aquella visión que tuvo Daenerys en la Casa de los Eternos. La nieve era ceniza. El invierno había llegado, sí, pero no llegó a calar en los huesos de los habitantes de los Siete Reinos. Lo que sí perduró fueron las ascuas de las ansias de poder de unos y otros. La última temporada de Juego de tronos se ha sumergido en lo profundo de su tela de araña narrativa para tratar de ofrecer respuestas a sus tramas y subtramas. Su éxito será calibrado según la exigencia de cada espectador –esto es así siempre–, pero la voluntad queda intacta.

Tyrion contempla la ciudad reducida a cenizas por Daenerys.

La octava entrega de la serie, más corta de lo habitual (tan solo seis episodios), se ha dividido en dos partes claramente diferenciadas. Dos guerras que han significado una metáfora de todo lo que se ha contenido en la teleficción de HBO durante sus ocho temporadas. Por un lado, los tres primeros capítulos nos sumergen en la oscuridad absoluta de lo desconocido. La otredad que ha vehiculado el relato desde los primeros minutos de la producción se ha personificado, por fin, a las puertas de Invernalia. La amenaza del ejército de ojos azules ha vertebrado los tres primeros capítulos. Más allá, los tres episodios de cierre se han erigido como un plañido del mundo conocido. La caída de King’s Landing no es más que el símbolo de un cambio en los Siete Reinos. Nada volverá a ser como antes.

Como decíamos, la estructura de la temporada final ha evidenciado la división en torno a las dos grandes batallas de la serie: la batalla de Winterfell y la de Desembarco del Rey. Alrededor de la primera, durante los tres primeros episodios, la obra creada por David Benioff y D. B. Weiss ha entrelazado símbolos (la Última Cena o la metaforización de las cicatrices de los hombres en el cuerpo desnudo de Arya en el 8x02), diferentes tonalidades y puesta en escena para ofrecer un tríptico muy satisfactorio en torno al miedo, la otredad y el poder. Tras un primer episodio de reencuentros, en el que la multiculturalidad reunida en torno a las chimeneas del Norte ofrecía la posibilidad de una vía de escape cómica entre tanta amenaza, y un segundo de preparación, la miga llegó, como se esperaba, en ese tercer episodio llamado Winterfell. Un elogio de la puesta en escena.

Melisandre: “¿Qué le decimos al Dios de la muerte? / Arya: “Hoy no”.

Desde los primeros compases, en los que la cámara deambula en un plano secuencia de seguimiento a los personajes que preparan la batalla en un atronador silencio, Miguel Sapochnik se sumerge intramuros para ofrecer una mirada épica y a la vez íntima de la Gran Guerra. El ejército del Rey de la Noche está a las puertas de Invernalia y la tensión se corta en el aire. La dirección de Sapochnik es capaz de hacer sentir al espectador ese miedo a lo que aguarda. La posibilidad de una noche eterna. La simbiosis entre el elegante trabajo de cámara, la oscurísima cinematografía, las interpretaciones del elenco y la elegíaca banda sonora creada por el compositor Ramin Dwajadi –también compositor de Westworld–, que narra junto al guión y la puesta en escena, trasladan ese terror irracional en un entorno en el que todo parece tener que ser valentía y arrojo. Winterfell es un elogio del fuera de campo y el primer plano como herramientas idóneas para mostrar la tensión y el miedo previo a la batalla final. La tenue fotografía reproduce en la pantalla –y en la mirada del espectador– las condiciones de la noche más oscura y contribuye así a hacernos sentir a través de la imagen, que consigue que la batalla sea una experiencia aun más inmersiva. Piel con piel.

El plano-contraplano sirve para mostrar la tensión entre Sansa y Daenerys.

Aunque es el indudable culmen de la puesta en escena en la teleficción de HBO, no es el único momento en el que reluce en este primer tríptico de los dos en los que se descompone la temporada de cierre de Juego de tronos. Ya en los dos capítulos anteriores, David Nutter había dado importancia al apartado formal en conjunción con la escritura. Así las cosas, destaca la arquitectura de plano-contraplano que vertebra las conversaciones que mantienen Sansa y Daenerys, con primeros planos muy cerrados al rostro, que sirve para hacer hincapié en la tirantez que mantienen las dos mujeres, condenadas a entenderse, pero nada cómodas en su posición respecto a la otra. El gran trabajo interpretativo, cargado de matices gestuales y tensión en el rictus, de Emilia Clarke y Sophie Turner hacen el resto.

Por otra parte, Nutter y el guionista Bryan Cogman ofrecen en el episodio 8x02 la cima del empoderamiento de la mujer a lo largo de la serie. Son varios los momentos clave que nos llevan a decir que este episodio es el más feminista de la serie. Durante sus cincuenta y ocho minutos, dos niñas (¡larga vida a Lyanna Mormont!) se erigen como las guerreras defensoras de sus pueblos, abandonando sus roles tradicionales mientras que Arya toma la iniciativa en la relación con Gendry y adquiere la total potestad sobre su cuerpo. Además, dos mujeres, Sansa y Daenerys, reflexionan sobre el poder en una conversación normalmente destinada a hombres. Y, por último, y no menos importante, Brienne de Tarth se reconoce a sí misma, otorgándose el valor que todos le habían arrebatado, cuando Jaime Lannister –en un momento precioso– la nombra Caballero de los Siete Reinos. Gestos, sí, pero que ayudan a cambiar la percepción y, quién sabe, el lenguaje.

Jaime Lannister nombra Caballero a Brienne de Tarth, con la que tiene un encuentro justo antes de volver a King’s Landing a morir con Cersei.

La muerte in extremis del Rey de la Noche, tal vez demasiado abrupta (la aceleración ha sido un palo en las ruedas de esta octava temporada), a manos de Arya, hecho que se nos había venido avisando en varias ocasiones, revira la narración de nuevo hacia el mapa de Poniente. La derrota del ejército de la noche hace que todos miren a King’s Landing, donde aguarda una traicionera Cersei junto al desagradable Euron Greyjoy (gran trabajo interpretativo de Pilou Asbæk). La guerra cambia los muros de Invernalia por los de Desembarco del Rey. No hay apenas tregua. Si acaso el 8x04, capítulo que ejerce la transición entre muertos y vivos y nos devuelve la serie a tiempos pasados de conjuras, traiciones y tejemanejes políticos. Sin embargo, el secuestro y asesinato a sangre fría de Missandei a manos de La Montaña, que cumple el mandato de la reina Lannister, hace sonar, de nuevo, y más fuerte que nunca, las cornetas de guerra.

Euron y Cersei, al margen de la Larga Noche, se alían para proteger su posición de poder.

Así llegamos al 8x05, Las campanas, otro hito para la obra. De nuevo Miguel Sapochnik se sitúa detrás de la cámara para una de las grandes batallas de Juego de tronos. Sin embargo, si en el 8x03 había reinado la oscuridad y el miedo, en el 8x05 lo harán el fuego y el rencor. La puesta en escena del director hace hincapié en la metamorfosis de Daenerys, para la que entra en juego un fabuloso trabajo de maquillaje y caracterización (ojeras, pelo revuelto, etc.) sobre la figura de la Reina de los Dragones, así como el fantástico trabajo actoral de Emilia Clarke (gestualidad, rigidez en las muecas, frialdad en el diálogo y mirada perdida). Poco a poco, las pérdidas de Missandei y de su ancla emocional, Jorah Mormont, y las traiciones convierten a la heredera Targaryen en lo que fue su padre, el Rey Loco, y la llevan a incendiar la ciudad de King’s Landing cuando las campanas ya habían anunciado su rendición. Más lógico o menos, la serie también había advertido de la deriva que podía tomar Daenerys, que más allá de la locura es víctima del miedo y la amenaza. La diferencia es que, en anteriores ocasiones, el espectador era confortado porque los asesinados eran malvados y no los inocentes habitantes de Desembarco del Rey. Y para llegar a esa percepción también juega un papel importante la puesta en escena.

La puesta en escena se detiene en las señales de la metamorfosis de Daenerys.

Precisamente, en esa aproximación a la caída de la capital radica el principal hallazgo de puesta en escena del episodio 8x05: el punto de vista. Miguel Sapochnik abandona a los héroes para bajar al lodo y acompañar en su huida al pueblo llano. La verdadera víctima. La cámara no se centra en las decisiones de los grandes protagonistas, sino que, una vez tienen lugar, se convierte en otro de los personajes que huyen. En ese sentido, la dirección de Las campanas deja varios planos secuencia interesantes, solo quebrados por la ira de Daenerys, el fuego de Drogon, que terminará arrasando por pura impotencia el Trono de Hierro al ver que Jon ha asesinado a su madre (llamativo que el personaje más humano termine siendo un dragón), y la estupefacción de Arya, Tyrion o Jon, que ven como las llamas devastan toda esperanza del nuevo mundo de la misma forma que Varys había visto, al inicio del episodio, como acababan con su vida.

Drogon incendia King’s Landing y asesina por orden de Daenerys a miles de inocentes.

A partir de entonces, la creación y caída de una tirana. La clásica mirada y reflexión sobre los distintos tipos de poder que ha acompañado a la serie durante toda su existencia. Mientras Varys había postulado a Jon como “el rey idóneo para el Trono de Hierro”, tras conocer su verdadera identidad y su legitimidad respecto al gobierno de los Siete Reinos, Benioff y Weiss, directores de la season finale, muestran como Daenerys acepta y se ajusta al discurso y la mise-en-scène de un neofascismo populista ciertamente reconocible en nuestros días. Una advertencia que nos avisa de una realidad y una ficción que cada día se trenzan más y que tiene su réplica cómica en la distendida mención a la saga literaria Canción de hielo y fuego con la que se cierra el arco de Desembarco del Rey.

Ascenso (y caída) de la tiranía Targaryen.

La guerra ha terminado, ahora queda reconstruir el mundo. Y para ello hay que forjar un nuevo sistema. Por suerte para Poniente, Tyrion sigue con vida y alberga bastante poder de consejo y decisión (¡larga vida al gnomo!). Ahora ya no queda lugar para monarcas, mucho menos para absolutistas; es el inicio de la oligarquía (que Samwell Tarly estuvo a punto de convertir en democracia). Es momento de reformularlo todo, de reconstruir y renacer de las cenizas. La República de los Seis Reinos y el Norte independiente. Pero los herederos de Brandon, el constructor, los hijos del huargo, no parecen destinados a fracasar. Ahora los lobos dominan el mundo en cualquiera de sus aristas: Jon Snow lo hará más allá de los confines del Norte, en esa tierra salvaje donde se encontró a sí mismo y al amor; Arya, fuera de los límites de Westeros; Sansa, como reina del Norte libre e independiente, y Bran, como único rey de los Seis Reinos. Un póker intachable para los herederos de Ned Stark. Ya lo señaló Sansa (Queen of the North!): “si dejas a un lobo vivo, las ovejas nunca estarán a salvo”. Aunque sobre el trono reinen cenizas.

Sansa y Tyrion, dos auténticos supervivientes del juego de tronos. En el nuevo orden, Reina en el Norte y Mano del Rey de los Seis Reinos.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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