‘La ciudad secreta’, la mentira global

Anna Torv vuelve a brillar en la interpretación. Su presencia ya justificaría el visionado de la obra, emitida en España por Netflix.

ATENCIÓN: Este artículo contiene spoilers sobre la primera temporada de ‘La ciudad secreta’.


En su ensayo Geopolítica de las series o el triunfo global del miedo (Errata Naturae, 2017), el sociólogo Dominique Moïsi escribe sobre la capacidad de la ficción televisiva para conformar la imagen del mundo y retroalimentarse e incidir en los vericuetos de los regímenes que lo componen. La televisión sería, así, un elemento idóneo para comprender el mundo en el que vivimos: “Las imágenes de una película o una serie pueden preparar los ánimos, mucho mejor que un libro o un artículo, para comprender el mundo”. Esta teoría de Moïsi se podría aplicar, por supuesto, en la muy geopolítica La ciudad secreta.

La primera secuencia prende la llama: una joven música y activista australiana, Sabine Hobbs, se quema a lo bonzo, en suelo chino, en protesta contra las violaciones de los Derechos Humanos en Tíbet por parte del gobierno de Pekín. Y como toda acción suele llevar implícita una reacción, la activista es detenida, condenada de forma exprés a 20 años de prisión e internada en una prisión de máxima seguridad en el país oriental. De forma simultánea, un joven activista de Free Tíbet aparece ahogado y con el pecho abierto en canal en un lago australiano tras tratar de ingerir una tarjeta SIM para ocultar información valiosa. La protagonista de la obra, Harriet Dunkley, periodista del Daily Nation interpretada por la fantástica Anna Torv, abre una investigación, en colaboración con Kim, su ex marido, un agente secreto convertido ahora en mujer (un acierto colocar un personaje transexual sin ningúna vocación reivindicativa), para tratar de esclarecer las truculentas conexiones que se intuyen detrás de estos dos sucesos.

La persecución que abre la trama junto a la joven que se quema a lo bonzo.

La ciudad secreta abre nuevos caminos en territorios previamente transitados. Los hechos del prólogo dibujan un entorno político viciado en el que Australia se sitúa (o se ve situada) en una crisis diplomática que involucra intereses de grandes potencias como China y Estados Unidos, dos aliados de la nación oceánica, que ve como sus acciones podrían dañar el lugar privilegiado del que dispone en la suerte de Guerra Fría que vertebra la relación chino-estadounidense.

La puesta en escena de la teleficción australiana nos habla de confrontación, pero lo hace de forma silenciosa. El uso de líneas para enfrentar personajes a través de marcos naturales y líneas de fuga, las angulaciones en los espacios cerrados (oficinas, despachos ministeriales, redacción del periódico, etc.) para reducir el campo de acción… Todo remite a un contexto sociopolítico complejo y lleno de aristas en el que es difícil pasar de forma tangencial. Cualquier acto puede ser la espita definitiva para desatar las hostilidades.

La embajadora de China en Australia será parte importante del relato.

La producción dirigida por Emma Freeman adapta la trama de dos novelas, The Marmalade Files y The Mandarin Code, escritas por los periodistas políticos Chris Uhlmman y Steve Lewis, y ofrece una mirada punzante y certera hacia la realidad política global contemporánea. Entre el thriller periodístico y el político, algo que representa la protagonista, periodista política, La ciudad secreta podría categorizarse como una suerte de cruce entre obras como House of Cards, Occupied, Borgen y The Newsroom dada la pertinencia de sus diálogos, así como la construcción psicológica de los personajes y los tejemanejes gubernativos de Canberra.

El conflicto político irá desvelando, poco a poco, intereses personales, secretos de estado o traiciones humanas. De la misma forma, la trama que subyace tras el guion dibujará un territorio global en el que las potencias actúan de igual manera dentro y fuera de sus fronteras. Una reflexión sobre la capacidad (y la ilegitimidad) de control sobre la población que puede llegar a tener una nación. Sin embargo, política y socialmente hablando, el mayor logro de La ciudad secreta consiste en mostrar el proceso de convertir una democracia en una dictadura encubierta (o no tanto). Emma Freeman desnuda la necesidad de control de los gobiernos contemporáneos con una mirada hacia la creación de una agencia que puede detener a periodistas que crea que tienen información valiosa y que, de hecho, veremos cómo opera cuando retenga durante casi un día a Harriet Dunkley para que no pueda seguir investigando las turbias acciones del gobierno australiano en sus relaciones con China y/o Estados Unidos. Así las cosas, en ese entramado de traiciones, espías y conspiraciones reside la idea de esa manipulación gubernamental (recogida en el giro final penitenciario) con el fin de dictatorizar Australia para continuar desangrándola. Porque incluso las dictaduras políticas responden a insaciables apetitos económicos y de poder. La ciudad secreta es una aproximación, desde la geopolítica de las series, a aquella ficción que mueve el mundo a su antojo y opera en todo el globo: la política representada como la mentira global.

La relación entre política (la vicepresidenta Catriona Bailey, interpretada por Jacki Weaver) y periodismo (Harriet Dunkley).