Mapa de los duelos sin funeral

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la primera temporada de ‘Foodie Love’.


La primera secuencia de Foodie Love nos habla de forma elocuente desde su silencio. Laia Costa, a partir de ahora Ella, besa su reflejo en el cristal de la ducha minutos antes de salir a una cita romántica que ha cerrado a través de la app que da nombre a la serie. La imagen con la que Isabel Coixet inicia su miniserie es un símbolo. La cineasta nos habla mediante su puesta en escena y, de forma incuestionable, nos lanza una sentencia irrebatible. El beso de Ella a sí misma no es inocente, sino que nos asegura que para empezar una relación y ser capaces de querer a otra persona, es necesario, antes, aprender a querernos a nosotros mismos. Estar a gusto con quién somos, plenos en nuestra personalidad, con las heridas cerradas. Suturados. De otra forma será imposible entablar una relación sana con esa otra orilla que nos espera en la acera de enfrente.

La autora de obras como Mi vida sin mí (España, 2003) pone su mirada en dos personajes cualesquiera, un hombre y una mujer, que se encuentran y desencuentran fundamentalmente a través de sus gustos culinarios. La premisa es tan clásica y socorrida como inagotable: chica y chico se conocen y lo que surge. Con este pie, la miniserie de HBO se adentra en un complejo vaivén emocional que se va definiendo a través de una ruta gastronómica tan hipster, pija e inasumible como finalmente irrelevante para el transcurso vertebral de la producción. Todo se desarrolla en un arco que comienza como algo frívolo para ir cogiendo vuelo dramático según se avanzan los episodios y la historia romántica (la cursiva denota las dudas del crítico) de dos personas que se atraen y se rechazan constantemente. Dos personas con vacíos emocionales inalcanzables para su oponente.

Una historia mundana en un entorno inasumible para el común de los mortales.

Coixet despliega su abanico de recursos para ir desnudando poco a poco a sus protagonistas. Tanto Él como Ella nos tratan de sumergir en su historia a través de las clásicas rupturas de la cuarta pared que la cineasta hace suyas en casi cada uno de sus filmes, destacando, quizás en mayor medida, en su último título, Elisa y Marcela (España, Netflix, 2019), que comparte con Foodie Love el foco sobre la relación romántica de sus personajes centrales y las cartas cruzadas. De esta manera, la voz interior de los personajes se filtra en constantes puntualizaciones sobre qué sienten, piensan y consideran en cada uno de los momentos clave de la incipiente relación. De igual forma, la propia Coixet se filtra en las declaraciones de sus creados. Los suyos no son personajes en busca de autor, sino todo lo contrario, personajes sujetos a una autoría apabullante y perfectamente legible en cada parlamento, acción y/o reacción.

Así las cosas, la voz de la creadora se filtra para, por ejemplo, emitir un juicio de valor sobre la autoficción y uno de sus nombres propios: el aclamado novelista noruego Karl Ove Knåusgard. “A la gente le gusta porque es guapo; si fuese bajito, gordo y calvo, a nadie le interesarían las pelusas de su ombligo”, asegura, tajante, Ella, en la más que evidente vehiculación de la directora sobre su personaje. Pero Coixet no utiliza esa voz para desprestigiar de puertas para afuera, sino todo lo contrario. El contrapunto a lo romántico (ese Me cago en el amor de Tonino Carotone) y la mirada autocrítica desde la ironía y el sarcasmo mordaz se acaban convirtiendo en uno de los contrafuertes de la fachada, aparentemente moderna y despreocupada, de la serie. Es cierto que Coixet no juzga, ni para bien ni para mal, a sus personajes, sino que los deja actuar. Por momentos parece incluso que ellos mismos son fruto de un juego metaficcional que surge de la escritura de esa mujer que aparece en la cafetería en los capítulos de apertura y cierre. Un trasunto coixetiano que observa la relación incipiente desde la distancia y traslada al papel lo que contempla, como una extensión de la propia guionista. Pero siempre sin emitir juicios de valor sobre lo que ve, dejando al espectador neutral esa labor; que sean ellos los que decidan si Ella y Él les parecen o no unos absolutos idiotas.

Sin embargo, más allá de la personalidad de la autora, Foodie Love alcanza a brillar en ciertos tratamientos de la puesta en escena, que sitúan a la producción española como un título a tener en cuenta más allá de la aparente frivolidad de base. El espectador podrá encontrar los estilemas de la artífice de Nadie quiere la noche (España, 2015) tanto en el aspecto narrativo como en el formal. En el primer caso, desde dos vías, el discurso político que se entromete en la mirada romántica a modo de denuncia. Isabel Coixet lo lleva a cabo a través de lo que podríamos denominar como episodio-mensaje. La puesta en escena se alía con la narración para emparedar una cena lujosa en un restaurante inalcanzable para las masas populares entre dos viajes de trabajo de uno de los cada vez más numerosos riders de firmas como Glovo o Deliveroo. Un capítulo que, evidentemente, denuncia las infracondiciones laborales del colectivo de repartidores, apoyándose de forma evidente en el fallecimiento de un trabajador en Barcelona el pasado mes de mayo. En esta trenza, Isabel Coixet equipara los planos para denunciar la precariedad de unos frente a la ostentación de los otros. Siempre hubo clases.

La voz de Coixet es inteligible en cada una de las líneas de guion y en cada imagen de la obra.

Precisamente, en otra trenza encontramos otro de los signos de lucidez que presenta Foodie Love. Mientras los personajes permanecen en una cerrazón emocional constante frente a sí mismos, la cineasta nos abre su mente mediante un juego de sueños, despertares y anhelos que le sirven al propósito de adentrarse en la telaraña de miedos ocultos, dolores fantasmales e inseguridades. Ese “no va a llegar nunca” que le escupe sin piedad la mujer del ukelele a Él en mitad de ese sueño en el que corre repetidas veces por el mismo camino tratando de encontrarla a Ella no es más que la prolongación de la fantasmagoría del ex que vislumbra Ella mientras hace café en la cocina la noche después del primer encuentro sexual con Él o en el fondo del restaurante en otra de sus citas. La poesía entra a formar parte del abanico de recursos de Coixet de la misma forma que lo hacía en obras importantes de su filmografía como La vida secreta de las palabras (España, 2005). Porque, al final del viaje, uno se da cuenta de que nada es más poético que el dolor. Ya nos lo enseñó Damon Lindelof junto a Tom Perrotta en su antológica The Leftovers (Estados Unidos, HBO, 2014–2017), y precisamente de esos que se quedan se nutre el miedo que vertebra cada paso en falso que da Ella (qué maravilla de actuación la de Laia Costa; cómo convertirse en una de las mejores intérpretes del momento fuera del foco mediático) en su relación con Él. Un miedo que se revela como duelo desolador en el bellísimo último episodio, en el que pasamos de entender el amor romántico como un baile absurdo en el que dos personas se cruzan, se alejan, se quieren y se odian ante la mirada atónita de los demás a comprenderlo como un vano intento, ese paso ciego que todos hemos querido dar alguna vez, de olvidar y borrar el pasado. Porque no es lo mismo el abandono y la pérdida que la ausencia de la muerte, algo que también comprendimos en parte gracias a Kevin Garvey y Nora Durst y que Foodie Love, salvando las más que evidentes distancias, convierte en un delicado ensayo sobre la imposibilidad de sustituir las heridas abiertas, los amores perdidos y los duelos sin funeral. Sobre la importancia de ser consciente de que las heridas cierran, pero permanecen para siempre las cicatrices. Ayer no termina nunca.

Laia Costa vuelve a demostrar que, desde la discrección mediática, también se puede llegar a ser una de las mejores intérpretes de nuestro audiovisual.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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