Geopolítica emocional de Marte

ATENCIÓN: Este artículo contiene spoilers de la segunda temporada de ‘Marte’.


En los últimos años, el cine de temática espacial ha abandonado la temática bélica para ofrecer ciertas aproximaciones desde una necesaria geopolítica galáctica. Lejos de guerras y luchas interespaciales, películas como Gravity (Alfonso Cuarón, EEUU, 2013) o La llegada (Arrival; Denis Villeneuve, EEUU, 2016) han abogado por una mirada en la que las naciones debían abandonar sus conflictos para afrontar un cometido mayor y conjunto. En la película de Cuarón, la protagonista conseguía regresar a la Tierra con la ayuda de China; en la del director canadiense, en cambio, los países tradicionalmente enfrentados entre sí debían afrontar una llegada alienígena y unir fuerzas para establecer comunicaciones satisfactorias. En esa línea de colaboración discurre la segunda temporada de Marte. La producción de National Geographic se circunscribe a la búsqueda de agua en el planeta rojo como columna vertebral, aunque bifurca la espina dorsal en varias direcciones, emocionales y de índole más sociopolítica.

La colaboración (o no) entre los pioneros y las industrias Lukrum vertebran buena parte de la segunda temporada de la serie.

La segunda tanda de episodios arranca cinco años después del final de la primera: en abril de 2042 y se desarbola en una estructura idéntica: un docudrama que intercala los códigos de la teleficción con las declaraciones y la reconstrucción documental. Con Marte ya ocupado por los seres humanos, los pioneros ya comparten el suelo calizo con otras expediciones. La elipsis sirve a los guionistas para establecer una serie de conflictos, que permanecen siempre en estado latente, y para hacer avanzar los arcos psicológicos de sus personajes centrales. Así las cosas, el regreso de la obra nos resitúa en Marte en el preciso momento en el que la nave de Industrias Lukrum aterriza sobre nuestro planeta vecino y sus científicos, con motivaciones muy distintas a las de los protagonistas, irrumpen en el día a día de la colonia Olympus.

Esta llegada funciona como catalizador del mensaje transversal que la ficción de National Geographic dispone en sus últimos seis episodios. Una aproximación a la geopolítica del suelo rojo. Los acuerdos de Lukrum con determinados países (China, Rusia, Estados Unidos; una nueva guerra fría parece colear siempre en el fondo de la cuestión) levantan ampollas y ciertas tensiones y desestabilizan el liderazgo puramente científico de la FCIM (la institución transnacional que coordina los movimientos llevados a cabo en suelo marciano). De esta forma, la segunda entrega de Marte arranca con una amenaza de reparto de tierras (rememora el histórico reparto de África que efectuaron las naciones más poderosas en el siglo XX) y con las naciones a un paso de reclamar fronteras sobre suelo marciano.

Con el Daedalus ya situado y como parte del entorno, la llegada de nuevas colonias agita la convivencia y despierta la sospecha entre los protagonistas.

La crítica hacia el neocolonialismo resulta muy pertinente y revestida de elegancia narrativa. Más allá, la ficción creada por Ben Young Mason y Justin Wilkes ofrece una visión ciertamente pesimista sobre el poder que el capitalismo sería capaz de ejercer sobre el planeta rojo. En ese sentido, la segunda temporada se acerca a la institucionalización de los viajes, la colonización de Marte por el ser humano o la capacidad de las industrias y ciertos lobbies de modificar a su gusto la agenda científica. El abandono de la investigación en manos de las empresas privadas y no de la ciencia se constituye como una de las ramas argumentales más beligerantes de este sexteto de capítulos. “Si se puede ir a Marte a sacar dinero, el hombre lo hará. […] Las grandes empresas verán Marte como un territorio sin trabas ni leyes. Harán que el Salvaje Oeste parezca unas vacaciones”, asegura el escritor Andy Weir (autor de El marciano), para referirse a esta predominancia de la empresa privada y de su capacidad para la agenda setting.

Así las cosas, Marte apunta cómo el ser humano jamás será capaz de empezar de cero en suelo marciano, aunque llegue a establecer colonias. Siempre llevamos con nosotros la genética colectiva, esa impresionante habilidad para comernos a nosotros mismos en favor de unos intereses creados y a todas luces absurdos. En esa línea, la posibilidad de crear un nuevo mundo en Marte queda difuminada por la imagen del planeta carmín como el lugar perfecto para trasladar las malas prácticas del hombre en la Tierra (se alude, por ejemplo, al fracking como método de extraer agua). Sin embargo, no todo se centra en la cara oscura de los humanos. En contraposición a todo esto, queda el espíritu emprendedor y la curiosidad científica, mostrada siempre como un motor de acción que ha llevado al ser humano a lugares que en su día fueron insondables. “Si hay un lugar inexplorado, habrá un científico que quiera llegar allí”, alega Neil Degrasse Tyron, que aporta algo de luz en las declaraciones con respecto a la decepción que desprenden ciertas subtramas. Esa vocación de mejora queda representada, quizás de forma algo maniquea, en el equipo de caracteres principales liderado por Hana Seung (sí, en 2042 habría mujeres que lideran equipos científicos de relevancia, aunque no sin problemas, como muestra la subtrama en la que Leslie, ahora directora del FCIM, es desacreditada por sistema).

Leslie, ex tripulante del Daedalus, y ahora directora del FCIM, intenta que la ciencia no quede en manos de la empresa privada.

Respecto a este grupo de protagonistas, los pioneros, los primeros colonizadores, la segunda entrega ha indagado más en sus arcos emocionales y en las relaciones personales que se derivan de su larga estancia sobre suelo selenita. Sin abandonar nunca su labor en la misión y la relevancia de sus actos, la ficción de National Geographic se ha abierto también a los aspectos más humanos. De esta forma, el espectador ha podido acercarse al duelo de Hana tras perder a su gemela; a la búsqueda incesante de agua por parte de Marta, que la lleva a una experiencia cercana a la muerte; y, en la subtrama más esperanzadora de la serie, al nacimiento del primer bebé humano en Marte, nacido del matrimonio entre los astronautas Amélie y Javier. Una mirada humana que se antoja necesaria entre la ciencia y la geopolítica (disciplinas también humanas, por otra parte). No hay que olvidar que si alguna vez se puebla Marte, lo harán seres humanos que sienten, padecen, aman y ambicionan. En esa línea fina, marcada por las diferencias entre Villa Olympus y Villa Lukrum, Young Mason y Wilkes deslizan la confrontación entre ciencia y dinero, altruismo y capitalismo, hasta llegar a un alegato final, algo utópico y bien intencionado, en el que se pide un mundo más equilibrado y sostenible en el que las corporaciones y las instituciones vayan de la mano en la denominada Responsabilidad Social Corporativa (RSC). Una galaxia en la que las naciones dejen de pelear y repartirse mapas para no hacer de Marte una mera réplica calcárea de la Tierra.

Una nueva esperanza: Javier (Alberto Amman) y Amélie (Clémentine Poidatz) esperan su primer hijo, el primer bebé humano nacido en Marte.