Cerdos y diamantes

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la primera temporada de ‘Matadero’.


Tal vez la mejor metáfora para hablar sobre España sean los cerdos. Al fin y al cabo, el país es una enorme pocilga en manos de una suculenta piara caníbal. También se podría asociar la imagen de esta tierra árida, la archidesgastada –aunque difícil de reconocer– marca España, con esa silueta del toro negro de Osborne que no paramos de ver si cruzamos por carretera el corazón de la nación. La España profunda de los puticlubs de autopista, los camioneros solitarios y los caciques sin escrúpulos. Esa que, con tanta sorna y tan poca condescendencia, retrata la serie Matadero.

Almudena y Alfonso, la pareja de nuevos ‘capos’ de la droga.

La producción de Atresmedia no duda en mirar de frente a nuestros males y virtudes: los cerdos y los diamantes. Más a los primeros que a los segundos, todo sea dicho, aunque quizás tenga que ver que abundan mucho más: solo hace falta sentarse a ver un telediario. Por eso, la ficción creada por Daniel Martín Saez de Parayuelo lanza su diatriba, casi siempre desde la vis tragicómica, contra todo y contra todos. Matadero es una bomba de racimo que explota sobre el caciquismo (empresarios que controlan en la sombra), la autoridad sometida a los poderes fácticos (la Guardia Civil, al servicio del ganadero principal), la mediocridad del funcionariado a toda costa y el costumbrismo tradicionalista de pasodoble cañí. Y sin embargo, de la misma detonación resurge el botiquín, el cuadro de auxilios inmediatos que podemos leer en la capacidad del bien para abrirse paso, la sororidad entre las mujeres, llamadas a cambiarlo todo o la honestidad por encima de la tentación de una vida fácil.

Todo y nada ocurre en Torrecillas, un pueblo en el que la vida se limita a pasar y pasar y pasar. Hasta que algo o alguien lo zarandea como si se tratase de una de esas ciudades escondidas en una bola de nieve. Así las cosas, en ese pueblo que se limita a contar las cañas en el bar y esperar a la verbena se instala el mal invisible. La sombra de Fargo (Joel y Ethan Coen, EEUU, 1996) es alargada. Los tonos cómicos que encontramos en secuencias como la muerte de la sicario portuguesa de los cuchillos o en el asesinato completamente accidental del decano tienen una clara influencia coeniana. De igual manera, la voz de los Coen resuena en la manera en que Matadero caricaturiza –el pueblo persiguiendo la cámara de televisión tras un asesinato– o se deja llevar por la música del azar (la Guardia Civil que encuentra, de pronto, un anillo que han defecado los cerdos o la ropa de un supuesto desaparecido, vestida por un vecino del pueblo de al lado).

La familia Cubillos, en el epicentro del huracán.

La España de Matadero no es ficcional: es mucho más real de lo que pueda parecernos. Ni siquiera sería tan rural y lejana a lo que sería su epicentro. Lo que nos muestra la obra de Martín Saez de Parayuelo no es otra cosa que un reflejo de lo que somos. Todos, aunque tengamos la tentación de mirar para otro lado y pensar que todo eso no va con nosotros. Puede que no nos aludan el narcotráfico o el asesinato como método de consecución de objetivos, pero nunca deja de citarnos –repetimos: a todos– ese catálogo de bajezas humanas y perversas tentaciones. Así las cosas, el país en el que un ganadero no duda en presumir de su franquismo (busto de Franco, banderas preconstitucionales, foto del Valle de los Caídos… al Salvador interpretado por Tito Valverde solo le falta patrullar junto a Santiago Abascal a lomos de su corcel) es el país de todos. Igualmente, la nación que se nutre de negocios turbios con narcotraficantes como Julio, que maneja todo a su antojo desde su tranquila Galicia, es el país para el que pronto elegiremos nuevo gobierno (o no).

El busto de Franco, la foto del Valle de los Caídos… La España profunda.

Contra todo eso dispara Matadero, sin esconder nunca su voluntad de herir en el retrato. De la misma forma, y en un movimiento mucho más sutil y calculado, la obra de Atresmedia se atreve con un mensaje mucho más sucinto y elegante en el que no deja de despreciar metódicamente el sistema y el orden capitalista. La imagen de la empresa Esplendor y vida simboliza a la perfección lo que se podría denominar como neocapitalismo cool vendehúmos. La firma en la que trabaja María José –el personaje más honesto, casi el único–, y sobre todo su jefe, encarna a la perfección todo lo que esconden esa falsa promesa de una vida mejor, la necesidad autoimpuesta de despreciar por sistema nuestra rutina o la imposibilidad de conciliar una vida familiar y laboral que nos lleva al individualismo, caldo de cultivo del consumo exacerbado.

María y Jacobo, la pareja de la Guardia Civil que trata de investigar entre trabas e ineptitud.

No obstante, no solo de bajezas humanas y temblores respira Matadero. La serie emitida por Antena 3 coge aire y desliza una nueva esperanza en torno a las tres figuras más fuertes de su composición coral. Tres personajes que, no en vano, son mujeres y representan la necesidad de un paso al frente entre tanta recesión (también moral). La figura de la mujer es instituida siempre como motor de acción, en algunos casos visible (el resurgir de Almudena, la independencia de María), en otros oculto (la mujer del narco gallego que manipula al marido en beneficio personal y del negocio). Motor de acción, pero también reacción frente al entorno en el que vive. Destacaba, en petit comité (espero me perdone la indiscreción de incluir aquí su reflexión), el crítico y buen amigo Javier Rueda, la relevancia de estos tres caracteres femeninos: “una joven que intenta poner orden dentro de la corrupción generalizada, una mujer que deja de ser florero para ser la jefa en un mundo de hombres y una mujer a punto de los 50 que es la más honesta de todos”. La luz al final del túnel.

Sin embargo, y aunque hasta ahora hayamos destacado tan solo virtudes de escritura y narración, Matadero también ha sabido jugar sus cartas desde lo visual y lo sonoro. La puesta en escena ideada por el equipo de la serie ha permitido hablar tanto a la imagen como a la banda sonora, en la que resonó la magnífica composición de Utopia (Dennis Kelly, Channel 4, 2013–2014), serie británica que guarda parecidos desde lo surrealista y lo bizarro de su propuesta, y en la que cobró importancia el Abrázame de Julio Iglesias, como vehículo de una relación amorosa improbable que culminó con un fantástico salto generacional romántico en el 1x10. También ha sido relevante la elegancia con la que la obra ha sabido filtrar la imaginación, tanto de Almudena como de Salvador, en momentos puntuales, para ofrecer un espacio a los anhelos de los protagonistas entre tanta y tanta acción: un in crescendo que no ha parado de crecer durante la decena de episodios. Pese a todo ello, quizás el movimiento más notable de puesta en escena sí haya tenido que ver, y mucho, con el aspecto de la construcción narrativa. Se trata de la pareja de mercenarios, el uno gallego (Miguel de Lira), el otro murciano (Ginés García Millán), que ha servido a Matadero para reflexionar sobre lo idénticas que terminan siendo las dos Españas (o tres, o diecisiete), entre las que, además, no ha dudado en introducir un elemento portugués (un fantástico Filipe Duarte). Porque, al fin y al cabo, estamos más cerca de lo que pudiese delimitar una frontera apenas voluble. El mal nunca es local, no reside en Torrecillas, o no únicamente; la bajeza moral se extiende a nivel global, ibérico, universal. Está en todos y cada uno de los cerdos y los diamantes.

Teo y Pascual, las dos Españas.