El flautista de Damasco

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers y datos significativos sobre la trama y el desarrollo de ‘Mesías’.


En la teología musulmana, la llegada de un nuevo Mesías supone el fin de la civilización tal y como la conocemos. Para los suníes, el Mahdi (el Salvador) ya está en la tienda y combate en Oriente Medio con el fin de alcanzar un mundo enteramente islámico. Esa presencia como combatiente del nuevo mesías es una de las razones que esgrimen los altos mandos del ISIS para reclutar cada día más soldados en su lucha contra el viejo orden mundial. Para los chiíes, en cambio, el Guía, también conocido como el Soberano de los últimos días, se encuentra oculto para preservar su integridad con el único fin de alzarse en el momento exacto y traer, por fin, la Justicia sobre la tierra.

Esta llegada del nuevo profeta sacude los cimientos de la sociedad contemporánea en el episodio piloto de Mesías. La serie creada por Michael Petroni se construye en torno a las reacciones que provoca la aparición en Damasco de un carismático líder, con claros paralelismos con la figura política de Jesucristo, que empieza a aglutinar una hueste de seguidores y, por lo tanto, a perfilarse como una posible amenaza para las grandes potencias capitalistas. Petroni, junto al director de los primeros episodios, James McTeigue, nos presentan al “iluminado” visto, primero, desde los ojos de la población siria, que asiste a la tormenta que acabará con las tropas del Daesh en Damasco, en paralelo a su advenimiento, para ofrecernos, después, el punto de vista contrario: bajo la mirada de la agente de la CIA que comienza a investigarlo.

Michelle Monaghan da vida a la agente Geller, una mujer con serios traumas personales que investiga al “nuevo Mesías”. Un soberbio ejercicio de contención y mesura de la actriz.

Con un punto de partida tan potente –la tormenta de arena que libera la capital siria del azote del Estado Islámico–, Mesías se adentra en la psicología contrapuesta de sus protagonistas para hacernos comprender sus tensiones y pasiones. Los arcos psicológicos de los personajes podrían funcionar, a su vez, como una aproximación a los conflictos geopolíticos entre dos mundos que no son tan dispares como aparentan y que James McTeigue consigue simbolizar con sendos iconos tan carismáticos y elocuentes como la camiseta de la selección francesa de fútbol que viste Djibril, uno de los chicos palestinos, en las primeras secuencias de la obra, o la del Arsenal que luce el niño que aparece en la secuencia de cierre. Dos mundos que permanecen tan alejados como próximos entre sí, en todos los sentidos posibles.

La figura de Al-Masih, como denominan al protagonista, interpretado por Mehdi Dehbi, canaliza todos los relatos, que se abren como un árbol que busca el sol en todos sentidos. Por un lado, la investigación que realizan codo con codo la CIA y el Mossad, con sus luchas de competencias y egos, permite filtrar el discurso político y el conflicto palestino-israelí, que queda perfectamente retratado con ese éxodo altamente simbólico desde Ramala hasta Jerusalén y que se resume en una imagen de gran relevancia icónica: la de Djibril, el niño al que Al-Masih coloca como líder pragmático de su cruzada, frente al fusil del Ejército israelí (una fotografía que se podría concebir junto a la de Tiananmén o a la de la mujer que introduce un clavel en el fusil del Ejército salazariano de Portugal). Una caravana que, paralelamente, se repite en territorio estadounidense, donde partidarios del nuevo Mesías se dirigen hacia Washington para reivindicarse.

Una de las imágenes icónicas: el éxodo hacia la Tierra Madre.

Otro de los relatos que nos deja Mesías es el de la religión como arma política. Durante los diez capítulos, el espectador se sitúa como observador al margen. Esa aparente imparcialidad debería de funcionar como herramienta para descifrar todos los mensajes políticos que se filtran en las subtramas. Desde la mirada hacia el conflicto actual de los refugiados en la Norteamérica trumpista, con la imagen de la policía estadounidense deteniendo a Al-Masih por “entrada indebida de un extranjero”, de nacionalidad iraní, para más reflejo con la primera plana de hoy, hasta el cuestionamiento que lleva a cabo Eva Geller, la agente de la CIA a la que da vida una fabulosa Michelle Monaghan, cuando se pregunta “qué era Jesús, al final, sino un político populista con intereses en contra del Imperio Romano”. Otra clara muestra de que, tanto Petroni como McTeigue y Kate Woods, los dos directores, sitúan a la religión como algo más maquiavélico que simplemente moral. Un instrumento capaz de utilizar, en beneficio propio y sin ápice de escrúpulos, la desesperación de los más necesitados, como esa madre que acude ante la posibilidad de que el salvador cure el cáncer terminal de su hija, o la rabia de los niños huérfanos de la guerra, como Djibril y su amigo, posteriormente captado y radicalizado por las ascuas del Daesh.

Poco a poco, la producción de Netflix va revelando datos sobre su personaje principal. No obstante, uno de sus puntos fuertes es la ambigüedad que se mantiene siempre en torno a su figura. ¿Es realmente el elegido o es simplemente un prestidigitador? ¿Busca solo la paz y el mundo idílico, como asegura, o por el contrario es un agitador político, cuyo discurso suponga un peligro? Las preguntas se tornan más interesantes cuanto menos resquicio dejan a las respuestas empíricas. En ese sentido, la teleficción gana enteros en manos de James McTeigue, que dirige los cuatro primeros episodios y los dos de cierre, y se pierde algo más en la bruma cuando está en manos de Kate Woods, menos certera en sus parábolas y juegos de cámara. Sin embargo, en lo referente a la puesta en escena, la veterana directora televisiva (Person of Interest, Agents of SHIELD, Bones, Rectify o la mítica Phoenix aparecen en su currículo, entre otras) ofrece uno de los recursos más notables del decálogo: el plano-contraplano con el que filma la conversación entre Al-Masih y el POTUS (President Of The United States), que se va acercando o alejando de los rostros para desencriptar las posiciones de unión o división que atraviesan sus interlocutores a lo largo del diálogo. Así las cosas, esa cámara que se aproxima al rostro o se aleja de él ayuda a desnudar la aparente encriptación del discurso entre los dos líderes y consigue filtrar la sintonía (o no) entre los dos contendientes de esta especie de Guerra Fría.

Mesías se articula, por lo tanto, como un thriller político-religioso en el que resuenan ecos de la sociedad global actual (los USA de Donald Trump) así como de conflictos milenarios (la confrontación entre Palestina e Israel y todos sus partidarios o detractores). Una producción que se asemeja en determinadas construcciones al último gran thriller político sobre la nación estadounidense que nos ha regalado la teleficción. En efecto, los versos de este Mesías establecen una rima consonante con los de Homeland (Howard Gordon, Gideon Raff y Alex Gansa, EEUU, Showtime, 2011-?) tanto en la atención a las amenazas externas (el Daesh, el extremismo islámico, etc.) como en la denuncia de las cloacas internas (la resolución mediante la que la CIA derriba el avión en el que viaja Al-Masih para evitar más suspicacias). El viejo orden mundial aparece, de nuevo, en manos de la gran nación poderosa. Y si languidece, tal vez sea, en buena parte, por su axiomática irresponsabilidad. En una de las imágenes más significativas, alguien le pregunta a Al-Masih que a dónde dirige a su pueblo cuando aún está en tierra santa. Entonces, aunque todavía está lejos, incluso narrativamente, el montaje corta de forma abrupta a la quietud de la Casa Blanca en Washington. La calma que precede al tornado. McTeigue hace hablar a sus imágenes sin ninguna palabra o subrayado: con esa decisión de puesta en escena, el autor de obras como V de Vendetta (EEUU, 2006) nos está dejando claro que, a fin de cuentas, el destino del mundo pasa siempre por ese Despacho Oval. Y que, si está en tan malas manos, quizás sea el momento de hacer algo para reaccionar. A su vez, y en esa ambigüedad vuelve a residir el valor principal de la creación de Michael Petroni, el equipo de dirección nos recuerda que, en tiempos de posverdad, es más importante que nunca saber quién es de verdad un guía y quién es solo un flautista. Una pregunta que, por cierto, vuelve a dejar sin réplica.

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Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

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