ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la segunda temporada de la serie ‘SMILF’.


A mi madre y a la madre de mi hija.


Marta tiene 39 años y su hija roza los ocho. Y aunque la ama con locura, habla con rotundidad y cargada de razón: “no cambiaría a mi hija por nada en este mundo. Pero la maternidad es una mierda”. Las palabras de Marta podrían ser perfectamente una línea del guion de SMILF y, por lo tanto, podrían haber salido de boca –o de la pluma– de su creadora Frankie Shaw. Frankie tiene ahora 37 años y fue madre a los 26. Cuando en 2015 estrenó en Sundance el cortometraje que ahora da nombre a su serie, nadie tuvo duda de que la voz que resonaba tras cada decisión de puesta en escena y tras cada palabra del libreto era la de su experiencia.

Ser madre es difícil. A menudo gratificante, otras veces no tanto, pero siempre extremadamente difícil. Noches en vela, consejos constantes y habituales cuestionamientos y miedo; mucho miedo. Un miedo atroz a que una persona dependa de ti cuando ni tan siquiera tú eres capaz de cuidarte y ocupar tu lugar en la sociedad. Como madre veinteañera, Frankie conoce perfectamente esa sensación, la inseguridad que lo arrasa todo cuando descubres que, a partir de esa fecha marcada en el calendario, alguien depositará en ti toda su confianza y penderá de ti para sobrevivir.

Tal vez por partir de esa experiencia personal, la mirada de Shaw en SMILF queda en el punto más alejado del convencionalismo. La autora destierra de cuajo el lugar común sobre la maternidad. No hay contextos idealizados, tan solo realidad, crudeza y ternura a partes iguales. Porque la maternidad, además de todo lo bello, es falta de sueño, irascibilidad, ausencia de la vida en pareja y, aunque nadie lo dice, también son episiotomías, ojeras, mastitis y grietas dolorosísimas en el pecho. Y eso nadie lo sabe mejor que una madre. La Marta que abre este artículo o esa Nuria que contesto a su hijo, que acababa de confesarle que había acudido a la primera ecografía de su bebé cargado de miedo, con una frase contundente, pero certera y muy real: “esa sensación la vas a tener toda la vida”.

Frankie Shaw es madre y, como tal, es perfectamente consciente de que la maternidad no garantiza la felicidad total y absoluta. A veces también agobia, punza las entrañas y destroza el amor propio. Solo una madre (o un padre, entiéndanse incluidos en cada una de las menciones) ha sentido esa “obligación” de la felicidad. Si eres madre, socialmente tienes que mostrarte feliz. Sí o sí, no queda otra. (Esta dictadura de la sonrisa comienza a ocurrir también si no lo eres: los Mr. Wonderful han hecho demasiado daño). La buenamadre ha de ser feliz, sino automáticamente pasará a engrosar las negras filas del ejército de malasmadres. Ese parece ser el mantra culturalmente aprehendido.

La segunda etapa de SMILF continúa en las líneas argumentales y el tono que abría la primera. De la risa a la tristeza, del cinismo a la soledad, de la ironía a la derrota. Frankie Shaw vuelve a deslizarse de lo particular (sus vivencias) a lo general (la reflexión que perdura tras cada unidad). Su obra sigue impregnada de una profunda conciencia de clase, algo que Shaw jamás ha ocultado y que hace a su teleficción aun más genuina. Esa mirada de clase está presente en multitud de pequeños detalles, pero destaca más si cabe en tres fragmentos puntuales: las madres que no pueden disfrutar de su prole porque, para sacarla adelante, tienen que cuidar a la de otras madres de mayor escalafón social (2x03), ese partido de polo en el que Bridgette se siente como un pez fuera del agua (2x04) y la imagen de Bridge comiendo junto a Larry las migajas de un burger y solicitando el subsidio para madres solteras mientras aguanta esas miradas desdeñosas de los demás comensales (2x06). Precisamente, en una de las frases que pronuncia en ese episodio la protagonista se recoge buena parte del discurso de clase que alberga SMILF: “prefería vivir sin saber que era pobre”.

Sin embargo, no solo en el aspecto reivindicativo –rasgo identitario de la producción de Showtime– ha brillado la segunda temporada de SMILF. Frankie Shaw ha desnudado su mordacidad, Kevin Bacon mediante, con un diálogo díscolo y desternillante sobre los límites del consentimiento sexual (2x04) en un periodo en el que hay que mostrarse lo suficientemente rocoso y valiente para bromear sobre el tema. Además, en tiempos de feminismo global, la showrunner de Boston ha firmado un ensayo audiovisual sobre una rama del movimiento mucho más beligerante y guerrera: el feminismo de clase. Imprescindible al respecto resulta la inversión de roles (mujeres fuertes y agresivas, hombres delicados y sumisos) que lleva a cabo la creadora con un género tan históricamente heteropatriarcal como el western (2x09), en el que ya se empiezan a mudar esos estilemas gracias a títulos como la miniserie Godless (Scott Frank, Netflix, EEUU, 2017) o la soberbia película Meek’s Cutoff (Kelly Reichardt, EEUU, 2010). Sin duda, el de Shaw es un movimiento tan burlesco como lúcido y digno de una mente privilegiada y altamente combativa.

No obstante, si en algún momento ha brillado con luz propia esta segunda entrega de SMILF ha sido en el 2x05. En esos 25 minutos se arropa y se desnuda toda la experiencia personal de su artífice (y por extensión de todos los espectadores que ya “coman huevos”). La escritura de Shaw y la dirección de Cate Shortland edifican un espacio íntimo para que sea compartido por los protagonistas y los que permanecen al otro lado de la pantalla. Un flashback que narra esos preparativos para la llegada del bebé, esas conversaciones sobre el nombre y la posición de los apellidos, los derechos y obligaciones de los progenitores para con el futuro bebé, así como el propio parto. Un alumbramiento nada convencional en el que no hay gritos desorbitados, sino sangre, sudor, susurros y quejidos íntimos. Hay matronas, no solo ginecólogos. Es un parto natural en la acepción más amplia de la palabra. Un nacimiento en el que el intimismo y la elegancia en el uso de elementos permite saborear el paso del tiempo, los miedos, las pausas y los dolores de la mujer, al contrario de esos nacimientos contrarreloj a los que nos acostumbra la ficción médica. Un parto que, aunque sea el de Bridgette, podría ser cualquiera y nos coloca, vulnerables y llenos de memorias, al borde de la lágrima. El 2x05, tan íntimo que resulta difícil salir de ese salón, es una muestra de la capacidad de la autora para transitar tanto el humor como el amor. Su narración es un elogio a la sensibilidad y a la verdad y la vivencia que se perciben tras cada secuencia. Shaw nos permite acariciar la piel de los personajes para darles ese aliento tan necesario en esos momentos. Sin duda, uno de los partos mejor rodados de la historia.

Así las cosas, tras el visionado de la segunda tanda de SMILF, que ahora sabemos será la última, queda una lectura por encima del resto: la familia es el último refugio. Ese lugar conocido al que volver cuando lo hemos perdido todo. Un cobijo en el que siempre quedará algo para nosotros, aunque a nosotros ya no nos quede nada. La tabla que nos mantiene a flote en el mar gélido que es la existencia. Por eso las palabras con las que Tutu –maravillosa Rosie O’Donell– cierra la propuesta cobran todo el sentido del mundo. “Deja siempre una puerta abierta; nunca sabes cuándo vas a tener que escapar”, le dice a su hija Bridgette en la calidez de su hogar tras confesarle que, en algún lugar del mundo, tiene una hermana a la que nunca ha conocido. Porque, en efecto, incluso las madres necesitan escapar. O quizás lo necesiten más que nadie. Todos los pájaros tienen que sentir como sus alas vuelan fuera de su jaula. Aunque solo sea para, después, poder volver.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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