La cuarta generación

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la primera temporada de la serie alemana ‘Somos la Ola’.


En el otoño de 1967, Ron Jones, un profesor de instituto de Palo Alto (California), decidió realizar un experimento sociológico con algunos de sus alumnos. Con el fin de estudiar las reacciones y el calado de los movimientos totalitarios, incluso en las sociedades ampliamente democratizadas, implantó en su aula un régimen de férrea disciplina militar y restringió las libertades de sus alumnos como individuos. Al experimento lo denominó como La Tercera Ola, en una más que palpable referencia al Tercer Reich que tanto había anhelado Adolf Hitler tiempo atrás en Alemania. A los pocos días de comenzar este estudio, el profesor tuvo que pararlo cuando se dio cuenta de que los alumnos estaban empezando a espiarse los unos a los otros, llegando incluso al acoso y el bullying a aquellos que preferían no participar de aquella novedad. Cuarenta y un años más tarde, precisamente en Alemania, el cineasta Dennis Gansel se basó en ese experimento iniciático y en la novela de Todd Strasser de idéntico título para crear su famoso film La Ola (Die Welle, 2008), en el que trasladaba aquel episodio a un centro educativo germano.

Hoy, en 2019, más de medio siglo después del experimento primario y once años desde el largometraje de Gansel, Somos la Ola recupera su esencia para volver a la misma temática, aunque con postulados renovados y adaptados a la sociedad tecnocratizada en la que vivimos. Los jóvenes impulsores de La Ola en 2019 serían los herederos del 2008 y de los burgueses a los que Rainer Weiner Fassbinder situó como terroristas contra las propias élites a las que pertenecen y el sistema capitalista en su fantástica cinta La tercera generación (Die dritte Generation; Alemania del Este, 1979), de la que la serie de Netflix toma la crítica social y cierto humor negro, además de la mascarada con la que los activistas ocultan su rostro. Por lo tanto, si tuviésemos que etiquetar dentro de estos parámetros a los protagonistas de la obra, buena parte de los integrantes de La Ola podrían ser denominados como la cuarta generación.

Ya desde el primer capítulo del sexteto intuimos por dónde puede ir el discurso de la creación alemana. La crítica apunta en todas direcciones, no quedando exentos, ni siquiera, ni los (anti)héroes que apuntan a convertirse en ídolos digitales de masas. La ficción, creada por Jan Berger, Peter Thorwarth y el propio Dennis Gansel, comienza in medias res, cuando vemos las acciones que preceden a un atentado contra el líder de la extrema derecha en un mitin por la consecución de la alcaldía. La sucesión de hechos recuerda al intento de asesinato que estuvo a punto de librar al mundo de Adolf Hitler en 1939, cuando iba a dar un discurso en una cervecería, y que se narró a la perfección en la película alemana Trece minutos para matar a Hitler (Elser: Er hätte die Welt verändert; Oliver Hirschbiegel, Alemania, 2015). Sin embargo, en el preciso instante en el que todo parece que va a cristalizar con el asesinato del líder ultraderechista, la teleficción se retrotrae al instante en el que todo comienza para ofrecer una mirada sobre la creación y consolidación del movimiento activista. No será hasta el cuarto episodio cuando, por fin, veamos el desenlace de la operación.

Entretanto, lo que nos muestra Somos la Ola no es otra cosa que una alegoría sobre la resistencia y la lucha civil. Y también una aproximación a las consecuencias derivadas del movimiento y de la imposibilidad de controlar al colectivo. Todo está en la obra de Netflix: desde la querencia del individuo por los autoritarismos (de todo tipo) a la necesidad de luchar contra aquello que nos oprime y nos despersonaliza. Pero si por algo destaca la producción alemana es por no quitar la mirada en ninguna dirección. La crítica es omnidireccional y no olvida en ningún momento la procedencia de aquellos jóvenes que se han convertido en adalides de una lucha de clases que, si bien necesaria, en su caso no sería tal. Así las cosas, Somos la Ola lleva a cabo una mordaz negativa sobre aquellas personas que, por ejemplo, presumen de cómo les cambió la vida el libro tótem de la publicidad y el marketing, el No Logo de Naomi Klein, que aparece aquí con el título ¿Marcas? No, gracias y firmado por una tal Nola Kleiner (el parecido entre los nombres no deja duda sobre la referencialidad). Personas que anuncian que ese libro se convirtió en su inspiración y en su manual para la vida cuando, como denuncia Lea frente a su padre, siguen vistiendo y comprando las mismas marcas que antes de leerlo. Un ejemplo de la hipocresía que gobierna el mundo actual y que permite que tengamos el sistema que tenemos.

En ese sentido, también podemos atender a la contradicción que suscita que casi todos los integrantes del movimiento revolucionario La Ola pertenezcan, en realidad, a las élites burguesas que tanto denostan. Esta línea argumental queda clara desde que la dirección de la serie ofrece el primer encadenado de montaje, frenético, en el que vemos cómo esa juventud capitalista que será artífice de esa revuelta aparece inmersa en un mar de notificaciones móviles, en cenas sociales y familiares inalcanzables para las clases más populares o recibiendo sus clases diarias de tenis. Es la vida perfecta y burguesa contra la que lucha, sobre todo, la principal protagonista y a posteriori líder de La Ola, Lea Herst. No obstante, la obra sabe redirigir muy bien y explicar el trasfondo de cada acción desde la perspectiva de la joven para conseguir ahondar en esa fluctuación interna. Llama la atención, por otra parte, la poderosa, aunque sutilísima referencia a la magistral Nocturama (Bertrand Bonello, Francia, 2012), en la secuencia en la que los jóvenes se encierran en el centro comercial para perpetrar, desde la oscuridad, una de sus acciones, evidenciando en cierta manera la tendencia al consumo irrefrenable de esa generación millenial.

Más allá de las acciones del grupo en sí mismas, Somos la Ola se acerca desde un punto de vista crítico a la formación de los nuevos fascismos. Su mirada ahonda en las escuelas públicas y las desnuda como el caldo de cultivo perfecto para estos neofascismos extremadamente capitalistas. Más allá de la generación juvenil, el título de Netflix mete el dedo en la llaga al señalar la connivencia entre las autoridades y la ultraderecha (la conversación en la que el político le pregunta al policía cuántos años hace que milita en su partido y le asegura que pronto podrá dejar de ocultarse). Curioso, cuánto menos, teniendo en cuenta las imágenes que, sin ir más lejos, se pudieron ver durante las recientes manifestaciones y revueltas acaecidas en Barcelona en las últimas semanas (policías que conversaban cariñosamente y en armonía con militantes neonazis), algo que indica que, en absoluto, esa conceptualización queda tan lejos en las sociedades actuales. Sin embargo, como ocurre en casi todas las subtramas que despliega Somos la Ola, toda acción lleva implícita una reacción. Y en la lucha contra el neofascismo es más necesaria que nunca. Es en esa contrapartida en la que la serie ofrece el giro más sorprendente y definitivo: cuando todos creemos que el destino del político ultraderechista cuyo discurso abre el episodio piloto es el asesinato, todo cambia. La muerte solo le haría un mártir de su causa, pero la ridiculización mediante su utilización en una instalación o performance artística en la que aparece encerrado en una urna, vestido de guardia de las SS y con el brazo en alto, sujeto vía cabestrillo, le duele infinitamente más que la punzada de un cuchillo o el quemazón de una bala. A veces, la mejor manera de desmontar una idea es llevándola al absurdo. Y en esa lucha, el Arte puede resultar un activo de militancia imprescindible. Como las redes sociales, vehículo para difundir los mensajes y videos de las acciones que utiliza el grupo para alcanzar la máxima audiencia posible.

Una de las acciones, en la fábrica de papel.

“Viva la Revolution!”, le dice Lea a Tristan en uno de los momentos clave de una de sus acciones, que por otra parte adquieren en la mayoría de casos un tinte de ecoterrorismo (los SUV y la contaminación, el matadero, la fábrica de papel, etc.). Una frase de solo tres palabras, pero que esconde el halito de toda una producción y, quién sabe, el tiempo lo dirá, si también el de una generación destinada, una vez más, a cambiar el mundo en el que nació. Ojalá un día podamos salir a la calle y esa revolución haya tocado a su fin con un resultado propio para ese 99% que alberga la misma capacidad económica que el 1% restante (los ricos del planeta que cada vez lo son más). Entonces, solo entonces, quizás podamos bailar en la calle, como dice la canción de The Addicts a la que alude Lea, y gritar a los cuatro vientos aquello de “levanten la voz, levanten su bandera, aplasten los símbolos de la vida que hemos tenido. ¡Larga vida al pueblo! […] Celebren la victoria ahora, beban el vino de la barrica de los ricos: esta no será la última revolución”.

Solo entonces, nada más, por fin nos habremos liberado.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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