La mujer (im)perfecta

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la segunda temporada de ‘The Letdown’.


Solemos tardar en caer en la cuenta, pero al final, casi todos, comprendemos que es más importante ser feliz que ser perfecto. En el último episodio de la segunda temporada de The Letdown, previa elipsis de año y medio con respecto a la trama central del sexteto, Audrey se encuentra concluyendo su labor de investigación para su tesis. Para su última entrevista, la protagonista se reserva a la pediatra de su hija, que en muchas ocasiones ha ejercido también, casi involuntariamente, como algo parecido a una psicoanalista. En esa conversación de cierre (que podría servir como broche a toda la obra, si no hubiese más temporadas), la facultativa ofrece la conclusión perfecta para la temática de la teleficción: “Hay mucha presión por ser perfectas. La madre, compañera, trabajadora, amiga, mujer perfecta. Y es imposible, obviamente, pero presiento que muchas mujeres creen que fallan cuando no es así. Es que no cumplen con esas ridículas expectativas.”

Sobre la idea que subyace en este discurso se centra toda la segunda entrega de la obra creada por Sarah Scheller y Alison Bell. De nuevo, la maternidad ha centrado la trama, algo inherente a la personalidad del personaje central –si hay una condición que nunca se puede obviar a una madre es, precisamente, la maternidad–, pero esta vez lo ha hecho desde un plano más discreto que en la primera tanda. Sí, se ha hablado de nuevo sobre las reacciones del cuerpo al parto (ese perineo de la mujer que reconoce ante sus amigas –sororidad– que desde que dio a luz sufre incontinencia), sobre el estrés psicológico que sufren las madres (gritos, llantos, soledad, etc.) y sobre la dichosa carga mental, que por mucho que avance la sociedad siempre acaba recalando en los hombros de la madre mucho más que en los del padre. En The Letdown se habla de una maternidad desmitificada; hay miedo, hay resquemores entre los miembros de la pareja, existen vacíos y, por supuesto, muchas incertidumbres, tanto en torno a la pareja como en lo referente a los hijos.

Ya desde el primer episodio, Scheller y Bell nos sumergen en la dinámica de una pareja que no disfruta de su relación como lo hacía en su etapa preparental. Un hombre y una mujer que discuten, que tienen miedo a las reacciones del otro, que sufren ante la idea de fallar; dos personas que se han renunciado a sí mismas para tratar de hacerse el mundo más llevadero. Y sin embargo, son, cada uno para el otro, los únicos espacios seguros, el único lugar al que volver tras un mal día. Quizás, la madurez del amor sea, precisamente, esa necesidad de regresar, una y otra vez, al seno del hogar.

En el inicio de la temporada, vemos como Audrey cuida a su hija en las afueras de Londres mientras que su marido se ha marchado a trabajar a Adelaida (Australia). Otra vez, la carga mental de la crianza. Se nota en el relato diseñado por Scheller y Bell que las autoras hablan de lo que saben (o se han rodeado de un equipo que, en efecto, es consciente de todo lo que implica la maternidad/paternidad). La sensación que nos queda tras ver esta segunda temporada de The Letdown es que resulta algo menos ácida que la primera, pero más introspectiva. El desarrollo de las tramas, minúsculas a nivel narrativo, pero enormes si nos referimos a la psicología de personajes, es lento, pausado y reflexivo. La obra parece sujeta al ritmo del día a día y la rutina. Aunque sigue existiendo el componente cómico, inherente a la producción, ya no tenemos esos giros de guion que lo revertían todo. Quizás porque, cuando tienes descendencia, la vida se pausa y todo se vuelve más calculado; no queda tanto pie a la improvisación.

Entretanto, la irrupción del pasado. El dolor de una herida que no cierra. Porque, no hay duda, nuestro presente lo conforman, en gran parte, las cicatrices de nuestro pasado. Aunque todavía no se hayan terminado de cerrar. Sarah Scheller y Alison Bell nos muestran a una protagonista que arrastra una culpabilidad y un duelo. En uno de los capítulos de esta segunda temporada, descubrimos que Audrey ha abortado durante la elipsis que va de la primera tanda a la segunda. Y en esa decisión se filtran todos los fantasmas; los del pasado, los presentes y los que vendrán. La producción de ABC1 abandona entonces todo lo tratado anteriormente y pone el foco en esa culpabilidad que siente la pareja y en el duelo que sienten ante el hijo no parido. “¿Hemos hecho lo correcto?”, preguntaba Audrey a Jeremy en uno de los primeros episodios, cargada de dudas y remordimientos. En esa pregunta se esconde todo el dolor que emerge en el fantástico 2x04. Las dudas, las incertidumbres; las heridas que se abren. La brecha, representada en la distancia real entre Adelaida y Londres. Y es ahí donde cobra toda su relevancia, precisamente, el discurso de la pediatra con el que Scheller y Bell abrochan su obra. Una redención de esas mujeres que sienten vergüenza de sus decisiones, que se sienten imperfectas y presionadas. Un canto que las redime y que corrige todas esas aprehensiones sociales: no es más importante ser perfecta, sino ser feliz con una misma.

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Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

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