Las heridas del cardenal

Antonio Sánchez Marrón
Feb 11 · 6 min read

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre ’The New Pope’.


Después del tercer escrutinio, me hubiera gustado desaparecer sin llamar la atención.” (Juan Pablo I)

El 26 de agosto de 1978, Albino Luciani se enfrentaba a una muerte segura. Él desconocía por completo su destino próximo. De ahí que la frase con la que arranca este texto resulte terrorífica escrita con el devenir del tiempo. Luciani asistía a un cónclave que marcaría su paso a la Historia. Cuatro votaciones fueron necesarias para escoger al sucesor de Pablo VI, al portador de las llaves de San Pedro, el guardián del paraíso celestial. Uno de los cónclaves más breves que recuerdan las páginas de la Iglesia Católica.

Albino Luciani se convertía así en Juan Pablo I. 33 días después moría en extrañas circunstancias. Su programa de reformas quedaba en suspenso. El tiempo sería el único juez capaz de discernir cómo hubiera sido su papado. Paolo Sorrentino se hace eco de aquel mese di settembre y juega con el presente de Pío XIII equiparando aquellos días con el nombramiento de un nuevo pontífice, un tal Francisco II, encargado de mantener con vida la llama del atractivo, erotismo y cinismo que Jude Law trasladó en la primera temporada de la ficción de HBO.

Pero todo queda en agua de borrajas. Demasiada valentía para el sucesor de Pedro, para esa piedra sobre la que edificaré mi iglesia. Es entonces cuando, en un soberbio primer episodio, el cineasta italiano decide exponer la figura de quien no planea suceder sino por accidente al difunto Francisco. John Malkovich aparece frente a un ventanal. De perfil. Mira de reojo al horizonte. Habita en una residencia plagada de fantasmas. Vivos y muertos. Desde el recuerdo de su hermano, cuyo futuro ha heredado este Sir John Brannox (en contra de los designios de unos padres anclados a sendas sillas de ruedas y a un mecanismo de respiración artificial).

El nuevo pontífice se debate entre consejos de estilismo a la duquesa de Sussex, de rabiosa actualidad por la huida de la pareja de cualquier atisbo de realeza hacia Canadá, y las dudas ante su homosexualidad así como del qué va a hacer con las parejas del mismo sexo en cuestión de matrimonio o las uniones incluso dentro de la admisión al clero.Tras visualizar Easy Rider con Sofia Dubois (uno de los personajes clave de la ficción vaticana, interpretado por Cécile de France), tiene lugar una conversación sobre la autenticidad, el ser influyente en la sociedad, el querer parecerse a ídolos de la cultura pop ensalzados en diferentes épocas y por diferentes motivos. Algunos de ellos, como Marilyn Manson o Sharon Stone (imprescindible este encuentro, bromas con cruces de piernas incluidas) pasan por audiencia papal construyendo una pirámide que llega hasta el último eslabón de lo que significa y conlleva eso que comúnmente se llama idolatrar. El sexto capítulo dará buena muestra de ello. Una respiración, un movimiento de manos, unas camisetas. Todo ello convierte a Lenny Belardo, Pío XIII, en una auténtica estrella del rock cuyo destino sigue en manos del culpable de todo: Dios.

Sorrentino se esfuerza por dejarnos claro que la ficción que con tanta eficacia ha escrito y dirigido hace converger a sus personajes, no dentro del marco temático en el que se enmarcan sus acciones sino más bien en la soledad que se imbrica tras los muros de la institución vaticana y, por definición, en la iglesia católica en general como estamento representativo de una sociedad basada en el culto a casi cualquier cosa con ojos, boca y nombre. Este conocimiento lleva a pensar que los encargados de salvaguardar la presencia y enseñanzas de Cristo en la Tierra viven extremadamente solos, abandonados a su suerte y rodeados de camafeos, retratos de nobles de los que apenas recuerdan sus nombres y abalorios de toda clase y condición.

Malkovich y Law son seres solitarios, huérfanos, hijos del abandono que los seres que tenían encargada su custodia practicaron sobre sus almas. Resulta interesante acercarse a esa concepción del poder de permanecer en una soledad forzada, en un espíritu paradójicamente nihilista en el que poco importa la supervivencia de aquello que estás defendiendo. Decía el personaje de Ludivine Sagnier, Esther, que los santos son una presencia incómoda en el Vaticano. Un lugar donde todo termina por ser peligroso. Incluso la propia vida, tal y como afirma el encabezado a este texto.

The New Pope presenta a seres rodeados de techos altos, de una divinidad nunca alcanzada, de espiritualidad mal concebida, de un camino a Dios que parecen empeñarse en abandonar constantemente quienes más empeñados parecen en caminar por él. Pero también es una revisitación a la convivencia entre dos pontífices vivos condenados a entenderse. La ausencia dio paso a la muerte. Ésta, a su vez, a la vida. La vida de quien escoge continuar la exigua tarea de sus predecesores. Aunque no del mismo modo ni con las mismas consecuencias. Pero la vida no se entiende, al menos en este contexto religioso y espiritual, sin la resurrección. Sin la segunda llegada del Mesías, de quien prometió salvar al mundo de sus pecados y apenas vigiló los suyos propios.

Será en el noveno capítulo, el final de temporada, cuando las aguas vuelvan a la calma. Cuando los muros levantados por la incertidumbre caigan y tras sus piezas desvencijadas se erija un ejército rojo capitaneado por el hombre — o la divinidad, según se mire — destinado a llamar al orden en la instancia vaticana. Suya es la máxima con la que cierra un cónclave que sirve de homenaje y panegírico a sí mismo: Si controlas la emoción de un hombre, te seguirá donde te plazca. A eso se le llama poder. Y como todo en esta vida, sea del ámbito que sea, se mueve por las emociones, Sorrentino juega a hacer pensar al espectador en su sitio dentro de este universo. A su soledad, a sus miedos, a convertir al Lenny Belardo que lleva dentro en la explicación a sus filias y fobias, a la expiación por los pecados cometidos.

The New Pope invita a pensar en todo aquello que parece inspirar lo peor de Sorrentino. Esos planos interminables dando vueltas a ninguna parte, esa simetría que parece no encontrar una explicación, ese uso de la música que invita al caos más absoluto. Pero realmente todo es una invitación a la vida. A ese final de fiesta. A ese triciclo con el que el cineasta italiano parece querer guiñar un ojo al maestro Kubrick y con el cual se nos da una segunda oportunidad para poder volver a pedalear por una vida plagada de cuestiones que no van a ninguna parte, de secuencias que vivimos de manera interminable, de simetrías que creemos perfectas pero que, como afirma tras la catarsis del cónclave de Pío XIII el cardenal Aguirre, no se entienden en absoluto. The New Pope, por tanto, es una ficción sobre la vida. Sobre la irrealidad del vacío vital. Sobre todos y cada uno de nosotros, al fin y al cabo.

Fenus pecuniae, funus animae.

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Antonio Sánchez Marrón

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Aprendiz de mucho, maestro de nada. Radio Nacional, The Way Out Magazine. Cine. Música. Literatura. Series. Y algo de deportes, por mí que no quede.

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Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

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