The Revolution Will Not Be Televised

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la cuarta (y última) temporada de ‘The Royals’.


En el año 1971, el artista Gil Scott-Heron sacaba a la luz su canción The Revolution Will Not Be Televised, que ponía música a un poema escrito por él mismo. En el último capítulo de la serie The Royals, los versos de la mítica composición resuenan sin voz en el desarrollo de la acción y en los actos de los personajes. La familia real, en su totalidad (empiezan Cyrus y Liam para terminar uniéndose Kathryn, Jasper y la princesa Eleanor y la reina madre Helena), pergeña un plan para recuperar, en el transcurso de su royal wedding televisada, el tradicionalismo que ha derribado su resucitado hijo-hermano en favor de una autocracia populista.

La imagen de Robert es la de un rey populista y autocrático.

La teleficción británica cierra así el círculo; del intento de abolir la monarquía con el que el Rey Simon nos presentaba la trama en el piloto, hace ya cuatro años, a la restauración de una monarquía absoluta de otra época en pleno siglo XXI. Entre tanto, la producción del canal E! ha sabido jugar sus cartas y, desde la frivolidad que jamás ha ocultado, componer un mensaje bastante más trascendental de lo que podíamos esperar en sus inicios. Su análisis trasciende la pantalla para reflexionar sin ambages de algunos de los problemas de la política contemporánea.

La cuarta temporada ha sido, sin duda, la del resucitado rey Robert. Tras su regreso inesperado –todos los daban por muerto tras desaparecer su avión en un vuelo oficial–, el monarca legítimo se ha convertido en el mayor villano de una obra a la que jamás le han faltado hienas y arpías (Cyrus, la reina Helena y un dilatado etcétera). Ya lo anunciaba el tramo final de la tercera tanda: la lucha entre hermanos y aspirantes al trono estaba abierta, pero la legitimidad favorecía al primogénito regresado. Lo que no anunciaba aquella trama era la metamorfosis que iba a experimentar Robert, y por tanto la monarquía británica, siempre tan pulcra y pomposa, de una efigie amable, simpática y bella hasta la de un tirano despiadado y sin escrúpulos. Existe en todos los movimientos del antagonista una voluntad de retratar esa vileza y su capacidad de manipular a su entorno en favor de su imparable escalada de poder.

Cyrus y Liam, los artífices del posible destronamiento del rey Robert.

La traca final de The Royals se ha estructurado en dos partes claramente diferenciadas. Primero, una puesta en situación, un tanteo en el que hemos podido ver las derivas que habían tomado las vidas de los protagonistas: la lucha intrínseca entre Liam y Robert, la nueva resituación de Eleanor como diseñadora de hoteles, entre su voluntad de convertirse en una especie de Robin Hood y la de poder amar libremente a Jasper, y la obsesión de Cyrus por derrocar a Robert, que le forzará –atentos al detalle– al exilio en Venezuela (!). A partir de la segunda mitad, todo se ha desarrollado en torno a la vertiente política y la Boda Real entre Robert y Willow (ex novia de Liam). En este sentido, la creación de Mark Schwahn ha ganado enteros dramáticos y de análisis sociopolítico (algo que parecía muy impropio de la obra, pero que ha resultado más que interesante) con una mirada sin equívocos a la gestación de una monarquía autocrático-oligárquica a través de pequeños movimientos de corte populista (el forzado apagón sobre Londres con el Rey saliendo a ayudar al pueblo, el culto a la imagen a través de las redes sociales y la prensa o la aparente determinación a la hora de tomar decisiones drásticas, en realidad movimientos de ajedrez en favor de los intereses buscados). Más allá del populismo acreditado por Robert, la temporada final de The Royals ha supuesto una aproximación nada desdeñable a los ascensos de las elegantes élites neofascistas (la disolución inesperada de las cortes y el intento de que Inglaterra prevalezca como un país gobernado por las élites financieras y mercadotécnicas).

Detalles de puesta en escena. El príncipe Liam detiene la escena y rompe la cuarta pared.

Dejando a un lado el aspecto narrativo de la serie, donde realmente ha ganado entidad hacia su conclusión, el apartado formal ha ofrecido detalles visuales a tener en cuenta. Sin perder de lado su carácter gamberro (el capítulo de las despedidas de soltero, el 4x08, podría ser el más loco de toda la producción), The Royals ha experimentado a través de la forma y los vaivenes de su puesta en escena. Desde la plasmación de la imaginación de Liam, cuando piensa en cómo sería una detención de su familia, hasta la escena en la que el príncipe detiene la imagen y rompe la cuarta pared para ofrecer una sinopsis del episodio recién comenzado, pasando por pequeños movimientos como los psicotrópicos juegos de zoom para mostrar el efecto de las drogas en Willow (4x08) o el carrusel de flashbacks que sirven para explicar cómo se ha urdido la rebelión y el derrocamiento en el 4x09.

No obstante, quizás las imágenes más recordadas de este último tramo sean, por un lado, la amenazante secuencia en la que planea un secuestro o violación sobre una Eleanor que disfruta de un paseo nocturno en soledad y, sobre todo, la magnífica secuencia-espejo que abre y cierra el 4x10. Un travelling que primero recorre Westminster desde la puerta hasta el altar para, cuarenta y un minutos después, hacerlo en el sentido contrario tras el giro final que concluye la obra. Ese pivote argumental nos vuelve a hablar de traiciones, caras ocultas y pliegues políticos. El órgano eclesiástico interpreta los acordes del Creep con el que Scala & Kolacny Brothers versionaron a los Radiohead y todo apunta a final apoteósico, a redención y derrocamiento, a la última de las traiciones, la definitiva y estrictamente necesaria. La que devolverá a Inglaterra al camino correcto, al mundo mejor, a ser el ejemplo para todos los demás. Sin embargo, una sola frase, inesperada, un “Sí, quiero” en el que cohabita una traición aun mayor, la legitimación de un nuevo sistema autoritario y personalista, rompe con todo y quiebra la lógica en mil pedazos. Nos quiebra a nosotros como espectadores. Es entonces cuando la cámara se retira, recorriendo el travelling inverso (bellísimo), lenta y definitivamente, languideciendo incluso en la retirada, para dejar que, como en las grandes familias, la sangre que haya de correr lo haga en la intimidad. La revolución no será televisada. Como en las grandes tragedias, hemos perdido. Las caras muestran la derrota implacable, los versos de los Radiohead la certifican: ya ninguno pertenecemos aquí.

Uno de los últimos planos de ‘The Royals’: los rostros de la decepción. Una derrota implacable.