ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la miniserie ‘Too Old to Die Young’ y sus desarrollos.


La cámara de Nicolas Winding Refn se mueve, va y viene, oscila, busca y encuentra. O más bien deja que el espectador sea el que logre el hallazgo. En esa capacidad de mostrar y ofrecer responsabilidades a su interlocutor radica una de las principales –que no la única, ni mucho menos– virtudes de Too Old to Die Young, la última miniserie coral del creador danés. El director ofrece un decálogo que brilla tanto por su puesta en escena como por el contenido narrativo que esta despliega como un abanico que trae luz en pleno estío.

La conversación que abre la serie es una declaración de intenciones.

Ya desde la primera secuencia, Refn ofrece una pequeña declaración de intenciones. En ella se contiene buena parte de lo que vamos a ver a lo largo del metraje: violencia, sangre, ajuste de cuentas y los pliegues más oscuros del ser humano. En esa conversación entre la estática pareja de policías (importante fijarse en ese estatismo, como muestra de la escasa relevancia que tendrá la autoridad legal en la historia, salvo para desnudar la corrupción sistemática de manera tangencial), uno de ellos asegura que “no controlamos nuestra vida, la controlan las mujeres”, a las que define como “la maldad personificada”. Poco después, es ajusticiado por el hijo de una jefa del cártel en represalia por su anterior asesinato.

A partir de entonces, el relato girará, constantemente, en torno a una pregunta y, precisamente, quizás en respuesta, a dos mujeres. “¿Qué es justicia?”, parece preguntarnos Nicolas Winding Refn. Y la respuesta, la clave, acabará estando en su Yaritza y su Diana. Todo se vertebra, de alguna manera, en torno a ellas, a sus cuerpos, a sus mentes, a sus impulsos. Se puede asegurar, por tanto, que Too Old to Die Young ofrece una mirada sobre la justicia legítima, no siempre legal (pero qué o quiénes dictan la legalidad), recogida en torno a los desarrollos de las dos mujeres citadas a las que se suman dos personajes masculinos, el sempiterno Viggo (fabuloso John Hawkes) y el esquivo Martin Jones (buena interpretación de Miles Teller).

Viggo, el justiciero de pocas palabras.

Con estas piezas sobre el tablero, NWR se lanza a la búsqueda de respuestas. Y, sin embargo, las réplicas que obtiene no son sino más preguntas lanzadas al aire. El cineasta, artífice de títulos como Solo Dios perdona (EEUU, 2013) o The Neon Demon (EEUU, 2016), se apoya en una cámara que languidece para dejar que el espectador se convierta en el explorador. La puesta en escena, lenta e impasible, atestada de movimientos imperceptibles que terminan tornándose en sonoros terremotos, es contemplativa. La mirada de Winding Refn atiende más al símbolo que a la evidencia y sitúa la metáfora muy por encima del verso. La de Too Old to Die Young es una cámara exploradora de sus propios límites. Tal vez por eso jueguen un papel tan importante la oscuridad (el encuadre, en ocasiones, se torna casi negro) y el fuera de campo (a menudo, lo importante queda en los márgenes del fotograma). Y quizás, por ello, también, y por esa necesidad de que sea el espectador el que desencripte su manuscrito, Nicolas Winding Refn hace de la panorámica de ida y vuelta (hasta tres veces, en algunas ocasiones, va y viene su mirada) el sello de identidad de una producción que termina por sustentarse en todos y cada uno de sus estilemas.

No obstante, y al contrario de lo que se puede leer y escuchar, Demasiado viejo para morir joven no es una obra críptica, ni mucho menos. Todo reside en la narrativa y en unas imágenes que, más allá de su capacidad de epatar, que la hay (¿y qué?), se ponen al servicio del relato en todas y cada una de sus manifestaciones. Nada existe de aleatorio en los planos de la producción de Amazon Prime Video. Si NWR sitúa a Jena Malone de frente a la cámara y por detrás irradia una luz en forma de gloria es porque nos está contando algo de su personaje que corroboraremos más tarde. Si Viggo siempre tiene un ojo en sombra (paralelismo con el Mads Mikkelsen de Valhalla Rising), algo nos está siendo revelado a través de su ceguera. Si el policía Martin Jones es situado con el torso desnudo frente a una bandera de los Estados Unidos, el autor está haciendo una asunción sobre su condición de héroe americano. Todo tiene un claro sentido, cada imagen narra y aporta información. De igual forma, si en el fantástico The Lovers (1x02), una ruptura desconcertante e idiomática con el piloto, NWR se fija más en el primo del heredero del imperio y en el silencio de la mujer que está a su lado, nos está advirtiendo de que no todo es lo que parece, algo que vuelve a repetir en el fabuloso juego de espejos y máscaras de Yaritza y Jesús en el 1x08.

La asunción de Jones como el héroe americano.

Es evidente que hay una búsqueda de la belleza en los encuadres de Too Old to Die Young, pero no es una investigación caprichosa, sino vinculante al relato. Es el caso, por ejemplo, del inicio onírico del episodio 1x02, en el que Jesús conversa con su madre fallecida a través de su memoria, del sueño. Una imagen que alberga algo de la intangibilidad y de la presencia ausente de la madre Magdalena –la antigua jefa del cártel– que permanece constante a lo largo de su arco de desarrollo psicológico, y que también esconde la idea de que la muerte no nos separa, sino que nos une en otras dimensiones. Lo mismo ocurre con las otras secuencias en las que la búsqueda de la belleza es más obvia. La languidez y la decadencia con la que fallece el patriarca narco en el final del citado 1x02 no es más que la representación del ocaso de los viejos métodos (Magdalena y Don Ricardo) y el advenimiento de un nuevo orden metaforizado en la boda entre Yaritza y Jesús. De igual manera ocurre con la destrucción por parte de Viggo del campamento en el que se albergan pederastas y pedófilos (1x09), para la que el ralentí y la música (fantástico el trabajo de Cliff Martínez en la banda sonora) aportan heroicidad al acto en sí y vuelven a lanzar la pregunta del millón: ¿qué es la justicia: acaso hay unas mejores que otras? Todas las imágenes de Demasiado viejo para morir joven señalan algo, incluso el aparentemente caprichoso baile de Diana en el season finale se esconde una suerte de liberación, mental y física, una distensión que convierte de alguna manera a la heroína en inmortal; o la secuencia de apertura del 1x04, en la que la cámara devuelve a una Janey (solidísima Nell Tiger Free) empoderada, rígida y bella, capaz de ganar autoridad solo con la mirada, para dignificar su ejecución unos capítulos más tarde y aportarle dramatismo de forma elegante. Por no hablar del atrevimiento y la encomiable osadía de NWR para convertir una persecución mortal en un cortejo romántico (en palabras y bajo la mirada del crítico Javier Rueda) con la sola introducción del Mandy de Barry Manilow (1x05).

La gloria sobre Diana; un elogio a la arquitectura de planos.

Sin embargo, pese al potencial incuestionable de su aparato formal, en el que se condensa absolutamente toda la filmografía de NWR, Too Old to Die Young no es solo imagen. Al contrario de los que la tachan de vacía, la teleficción de Nicolas Winding Refn y Ed Brubaker (escritor de los diez episodios) también resulta inabarcable a nivel discursivo. Y la miniserie habla y nos interpela de múltiples formas. Primero, a través de los monólogos de sus protagonistas, entre los que destacan dos de Viggo sobre los instintos y las bajezas humanas (1x04 y 1x09) y, sobre todo, el que cierra el arco de Diana (1x10), a través del que los creadores toman posiciones frente a las derivas de perversidad de los nuevos órdenes sociales imperantes. Así las cosas, Demasiado viejo para morir joven también es capaz de hacer decir cosas a sus personajes a través de las palabras y, cómo no, mediante sus actos. El ejemplo más claro, y quizás una de las imágenes más relevantes de todo el decálogo, tiene a Yaritza y Jesús como núcleo narrativo. No es baladí que las primeras escenas de sexo rodadas por el cineasta lleguen de esta forma y con un mensaje tan potente. Porque no es casualidad, ni por supuesto un capricho rocambolesco, que después de masturbarlo, Yaritza haga tragar su propio semen a Jesús para después sodomizarlo con un dildo. Una bomba de racimo discursiva. La masculinidad enfermiza deja sitio a una autoridad femenina sobria y fuerte. La jurisdicción de Jesús, constantemente preocupado de su imagen, algo andrógina, y en ciertos momentos travestida, es absorbida por una Yaritza que, con su acción, está elaborando un mandato. “Trágate tu masculinidad tóxica y frágil. Si quieres un imperio, no habrá emperador; yo seré la emperatriz”, parece asegurar con un simple gesto.

El gesto cobra una importancia mayor si hablamos de Yaritza. El enigmático personaje es un ejemplo de que no gana una batalla el que más grita en el barro. La Sacerdotisa de la Muerte habla a través de lo que consigue hacer decir a los demás (ese corrido con el que termina su arco de desarrollo en el season finale es una muestra perfecta de este silencio elocuente), pero también mediante su gestualidad y la finura de sus movimientos. Mucha culpa de esto la tiene, además de la soberbia dirección actoral, la interpretación de Cristina Rodlo. Cada plano de la actriz es una bolsa de oro y diamantes. Una paráfrasis sustituida por una sola mueca. El ejemplo claro de que sin levantar la voz, Cristina Rodlo, todo presencia, es capaz de robarle a la imagen su cualidad de dialogar. Cuando ella está en plano deja de ser necesaria la palabra.

Cristina Rodlo y la belleza del gesto.

Por eso, no cabe la duda, ella tenía que ser quien pusiese el broche a la serie de NWR. Un noir manierista mucho menos críptico y enrevesado de lo que nos quieren vender aquellos que se niegan a investigar los límites y los márgenes del fotograma. Un giro de 180º al género en el que todo suma y engrana. Por eso, Yaritza y Diana, dos mujeres, se alzan como dos colosos, inteligentes, elegantes, empoderadas, en ese preciso momento en el que todo apuntaba –y el espectador pedía– en la dirección de un baño de sangre culminante. En el momento en el que las justicias cobran toda su aura; en el que la ficción parece sentar su cátedra. Diana descansa y departe sobre el mundo que nos queda; Yaritza, de pie, libertadora y bolivariana, con la espalda resguardada por un grupo de mujeres ahora libres, emprende un camino hacia la luz que hay tras la puerta. Too Old to Die Young finaliza con las mismas cuestiones que va abriendo a la medida de su avance y con la que se abre paso en el inicio: ¿la justicia será feminista o no será?, ¿qué es justicia?

Y tú me lo preguntas…

El empoderamiento, la Suma Sacerdotisa de la Muerte, la justicia… El cierre de ‘Too Old to Die Young’ esconde más de un mensaje certero.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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