Vergüenza no tan ajena

ATENCIÓN: Este artículo contiene datos relevantes sobre la segunda temporada de ‘Vergüenza’ y sobre su capítulo especial ‘Black Santa’.


Existen secuencias que revelan por sí solas el tono y el espíritu de la obra que las contiene. En el caso de Vergüenza es un fotograma: Jesús Gutiérrez, el absoluto protagonista de la serie, aparece leyendo Inteligencia emocional, la archiconocida obra de Daniel Goleman. La única posibilidad de que la escena fuese aún más explicativa de lo que ofrece la teleficción es que el libro estuviese boca abajo.

El retrato de un país ultra hasta en los partidos de sus hijos.

La segunda temporada del original de Movistar, mucho más corta que la primera entrega (seis episodios más el especial navideño por diez de aquella), ahonda en el mismo surco que abrió su predecesora. La novedad es que, ahora, Jesús y Nuria son un matrimonio con hijo(s). El día a día de ambos, aunque sobre todo de él, volverá a abrir un abanico de situaciones incómodas en las que no solo se desnuda a un personaje, sino a todo un país.

Poco a poco, los contextos van quitando máscaras a una sociedad costumbrista, profundamente arraigada en las tradiciones (la navidad, la misa, la religión de los padres de Nuria, como familia elitista), a la que aún le quedan muchísimos kilómetros de avance y progreso. Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero, creadores de la producción, colocan determinados ganchos para atraer esa vergüenza que regala el nombre a la serie hacia los comportamientos de los personajes. El primero de estos caramelos es, sin duda, la adopción de Yusuf, con la que comienza esta temporada. Una decisión que provocará la indiferencia de los padres de Nuria, que se sentirán abuelos de una sola nieta y así se lo harán saber al pequeño y a sus voluntariosos padres adoptivos. La idea que subyace bajo este señuelo no es otra que el retrato de una España que, en su silencio y sus latencias, acumula todos los tics del manual de un país racista.

Las situaciones del día a día vuelven a copar la totalidad del guion.

No obstante, más allá de esta trama inicial, más evidente por brusca y poco sutil, tal vez el mayor de los aciertos recaiga en el dibujo de esa España equidistante de lo políticamente correcto. La de la multiculturalidad, el buenismo y el todos iguales, pero sin que, por favor, me coloquen un edificio de realojo y rentas bajas en la calle de al lado. La de la derecha jotdown, en definitiva; esa España progre pequeñoburguesa que, cuando llega el verano, apuesta por aparentarlo todo en Menorca, Ibiza o cualquier cala cool de Formentera. La que querría, por qué no, que su vida fuese uno de esos anuncios veraniegos de Estrella Damm hasta el punto de hablar a sus hijos en inglés. Porque, claro, el castellano es para pobres, para las víctimas de lo simple y lo rural. En ese sentido, cabe destacar que los creadores solo otorgan un ápice de nobleza a los padres de Jesús, gente llana, de pueblo, sin más pretensión que la propia supervivencia. Nos encontramos ante un fresco sobre lo que se conoce como las dos Españas.

El remake de ‘El graduado’, la surrealista subtrama de Óscar.

Vergüenza no es otra cosa que el busto de lo que hoy todos conocemos como un cuñado. Un torpe emocional (por eso llama la atención que aparezca leyendo a Goleman) que se cree en posesión de todas las verdades (yo soy español, español, español…). Así las cosas, la interpretación de Javier Gutiérrez en el rol principal sostiene buena parte de la serie (el tramo en el que se droga es muy significativo, por breve, pero intenso). Sin embargo, la obra de Movistar se apoya con inteligencia en secundarios de lujo como Miguel Rellán, Malena Alterio o el inclasificable, por bueno, Vito Sanz. De esta manera, la multiplicidad de miradas que ha llevado a cabo esta segunda temporada ha permitido la recurrencia de nuevas subtramas protagonizadas por los personajes secundarios. Así, mientras Óscar perseveraba en el rodaje de su remake de El graduado, conflicto edípico mediante, Nuria ha tratado de lidiar con el duelo y el fantasma de su madre (atropellada en delantal, en la hipérbole del absurdo), mientras indagaba en el secretismo, las reuniones y los negocios extraños de su padre.

En lo referente a los protagonistas, Jesús y Nuria, la subtrama principal ha cristalizado en uno de los logros de puesta en escena más notables de la serie. La incapacidad sexual tras el nacimiento de Julia ha concluido con un orgasmo representado mediante un encadenado de imágenes extáticas (fuegos artificiales, champán descorchado, aspersores regando el jardín, etc.). Una muestra de la elegancia de la que es capaz la ficción de Cavestany y Armero cuando así lo quiere. Porque no siempre lo necesita: a veces la brutalidad también golpea con sutileza y chispa. Una chispa que, sin embargo, pierde un poco en el capítulo navideño, Black Santa, en el que la serie termina por caer en los mismos tópicos sobre la cena de Nochebuena y la familia política de los que, se supone, se debería de alejar dada su condición profundamente sarcástica. No obstante, queda por encima la fotografía, la caricatura de trazo grueso y rasgo fino de una España condenada a ser; a la vergüenza, ajena y no tanto, de saberse ella misma y no tener ya tiempo de cambiar.

La familia, un reducto siempre aprovechable para Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero.