Vergüenza napoleónica

ATENCIÓN: Este análisis contiene información relevante y SPOILERS sobre la tercera temporada de ‘Vergüenza’.


Diariamente nos encontramos con una máxima que se cumple en la vida y el día a día, pero casi nunca en la ficción: el fin justifica los medios. Sin embargo, hay honrosas excepciones que validan para la ficción la sentencia que escribió Napoleón en la última página de su ejemplar de El príncipe de Maquiavelo.

Cuando uno ha visto los primeros minutos de la tercera temporada de Vergüenza, ya ha comprendido que la serie se va a jugar su devenir a la única carta de la resolución. Todo se concentra en el último movimiento, en el triple que sobre la bocina decide el partido a favor o en contra. De nada sirven, como veremos finalmente, todas las subtramas que abre la obra de Movistar, que pese a ser interesantes y albergar semillas para cienes de debates, quedan en agua de borrajas y se revelan como irrelevantes y completamente accesorias para ese fin que tanto va a justificar la arquitectura del sexteto.

Mariló Montero es solo uno de los cameos “cañís” que inundan la tercera tanda.

Juan Cavestany y Álvaro Fernández-Armero estructuran su temporada en dos vías. Por un lado, las andanzas de este poco ingenioso hidalgo, que transitan, de nuevo, por espacios y rumbos similares a los que había alcanzado en las entregas anteriores. En la otra orilla, una compilación de declaraciones de todos los personajes (o casi) que rodean a Jesús, que abren el misterio sobre lo que poco a poco descubriremos como un asesinato en su entorno del que no conocemos la víctima (¿será el propio Jesús?, ¿tal vez Óscar?…).

Es desde la primera rama, la de la cotidianeidad, desde dónde Vergüenza lanza los dos mensajes más potentes a nivel narrativo. Cuando el video de Jesús propinándole una colleja a su hijo, Yussuf, en mitad de un partido de Movistar Estudiantes (guiño a la casa, por descontado) se convierte en viral, todo parece que va a circular en paralelo a un análisis social, mordaz y ácido, como acostumbra la obra, sobre la sociedad de lo inmediato, de lo móvil. Una aproximación a la viralidad y sus consecuencias.

De esta subtrama nace otra de las que brotan espitas para el debate. Se trata de esos momentos en los que la sociedad censura a Jesús, al que tachan de maltratador racista (cabe recordar que el motivo es haber propinado una colleja a su hijo negro tras discutir con él por su aparente adicción al teléfono móvil). El entorno de Jesús pasa a convertirse en una especie de masa enfurecida que lo persigue, lo increpa e, incluso, llega a amenazarlo, solo por la perspectiva única –ellos no saben si errónea o insuficiente– de un video visto en internet y convertido en meme por los internautas. En estos instantes, más allá de la sociedad viral, la tercera temporada de Vergüenza amenaza con convertirse en una suerte de ensayo sobre la capacidad que tiene la imagen para arruinar la vida de una persona con solo unos segundos de “metraje”.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad, Cavestany y Fernández-Armero llevan a cabo un all in en consonancia con la resolución de la trama. Los creadores confían todo su potencial al dispositivo que han pergeñado para vertebrar el relato intrínseco a estos seis episodios. No hay vuelta de hoja, todo tiene que orbitar, para bien y para mal –cada uno será aquí juez de sus propios veredictos–, en torno al plot twist. Y lo cierto es que esa conclusión es un magnífico pie para ver a Jesús en una situación donde su personaje tiene dos posibilidades: o explotar un abanico de situaciones muy propias de su idiosincrasia ridícula o quemarse en el fuego de la repetición constante. Veremos en la cuarta temporada, si se confirma, qué dirección toma la obra. No obstante, si los creadores deciden terminar aquí, lo que parece un cliffhanger maravilloso de cara a una cuarta entrega se convertiría en un final épico, con un personaje que ha alcanzado la consecuencia máxima para su evidente torpeza emocional.

En el apartado de la puesta en escena, cabe destacar, sobre todo, dos movimientos. Por un lado, la introducción de los fantasmas en el día a día de Nuria. El regreso de su madre (interpretada por una magnífica Lola Casamayor) es todo un acierto y desnuda las inseguridades de un personaje que, si bien no alcanza las cotas de su compañero a nivel de absurdo e ineptitud emocional, no le pierde la zaga en ningún momento (todos los patinazos que pega con respecto a su compañera Maite son el mejor ejemplo). De esta manera, con esas venidas espectrales, Vergüenza sitúa a Nuria contra las cuerdas de su propia vergüenza y la necesidad de redimir, constantemente, los desastres de Jesús. Por otra parte, otro de los puntos clave en el dispositivo formal han vuelto a ser, como ya lo fueron en la primera y la segunda temporada, los encuadres aberrantes que han sabido enmarcar cada momento de duda, incertidumbre y/o humorada en un grotesco primer plano que podría extenderse a un retrato que fuese mucho más allá de los protagonistas. Cuando todos sentimos ese punto de vergüenza ajena es porque es más nacional que personal. Entonces comprendemos que, otra vez, el fin ha justificado los medios. Esa vergüenza nos define.

La ineptitud de Óscar, el personaje interpretado por Vito Sanz, es otro ejemplo de que la vergüenza se extiende en todas direcciones.

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Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

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