Sandía caliente

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la primera temporada de ‘Vida perfecta’.


“aunque muera quiero libertad, aunque me haga daño…”

En la escena final del capítulo 1x03 de Girls, tras un mal día, Hannah y Allison bailan el Dancing On My Own de Robyn en la habitación de la primera. El baile actúa como catarsis, como punto de fuga de una realidad que, en ese momento, las sobrepasa por completo. A veces pasa. En el sexto y séptimo episodio de Vida perfecta, la danza también actúa como purgación de la realidad, como única salida. Mientras Cris y María se liberan al ritmo del Sobreviviré de Mónica Naranjo en la fiesta de antiguos alumnos, Esther se abraza al trap de Criolla Bonita para esconder su estado anímico hecho pedazos. Nuevamente, el baile actúa como elemento liberador, como purificación íntima que nos desnuda y nos esconde del mundo real. Como una constatación de que, efectivamente, nada es perfecto. Y no importa.

El baile de Hannah y Allison en ‘Derry’, el episodio 1x03 de ‘Girls’.

La irrupción del baile como catarsis no es el único vínculo que establece Leticia Dolera con Lena Dunham en Vida perfecta. Ya desde la primera secuencia, con la escatológica mención al sexo anal, la obra española se postula como heredera de la producción de HBO. Sin embargo, poco a poco, la obra de Dolera se deshace de la vitola de ser la Girls española y de las costuras al aire para adquirir entidad propia y elaborar sus propios mensajes desde la propiocepción de la autora.

De esta manera, Vida perfecta es perfectamente capaz de abarcar grandes abanicos temáticos, fundamentalmente gracias a la multiplicidad de perspectivas que le aporta su trío protagonista. María es una treintañera que, justo antes de su boda, es abandonada por su pareja y se queda embarazada en una relación esporádica con Gari, un chico con discapacidad. Esther, su hermana, es una artista en ciernes que deambula por la vida haciendo gala del síndrome de Peter Pan. Por último, Cristina tiene esa vida perfecta que da título a la serie y todos anhelamos. Está casada, con dos hijas y aparentemente buscando la tercera, pero bajo la capa superficial, se esconde una profunda insatisfacción destinada a reventar la burbuja. Con ese punto de partida, el título original de Movistar + mueve sus piezas y elabora un retrato de toda una generación que, buscado o no, adquiere carácter de coda para la misma.

La transparencia interpretativa de Celia Freijeiro la hace brillar en cada una de sus apariciones en ‘Vida perfecta’.

En en su programa Latemotiv, la creadora, Leticia Dolera, aseguraba: «no he querido hacer una serie para decir: “esto es el feminismo”; para eso ya escribí un libro que se llama ». No obstante, su serie sí indaga en el feminismo de diversas formas. Vida perfecta adquiere más notoriedad al respecto cuanto menos la busca. Así, de las apariciones de los libros de cabecera del feminismo en el atrezzo (la Pippi Calzaslargas de Astrid Lingren o las obras de la escritora nigeriana ), las pintadas en la pared perfectamente milimetradas para su aparición en plano (destaca el Eat more pussy) o la forzadísima secuencia en la que un hombre pide permiso a María para besarla con la excusa de ser un aliado, la serie pasa a un feminismo mucho más militante e intelectual en secuencias que hacen clara referencia a la carga mental de las mujeres en la maternidad (toda la trama de Cris y su pareja titubeante está aludiendo a ello y se resume en una frase en el 1x06: “estoy hasta el coño de hacerlo yo todo y a mí no me dan el premio a la madre del año”), en alusiones a la imposibilidad de conciliar trabajo y vida personal para las mujeres o en imágenes como la que muestra a la propia Cristina revisando frente al espejo la cicatriz de su cesárea para denunciar el cuerpo de la mujer como un campo de batalla en una de las imágenes más potentes de los ocho episodios.

Más allá de la referencia a las mujeres –inevitable teniendo en cuenta que la obra está creada por una y protagonizada por tres–, Vida perfecta se circunscribe en torno a un discurso que normaliza la discapacidad, el deseo sexual y la duda. Resulta interesante y muy destacable el arco de Gari para cerrar ese discurso en torno a la normalidad y la discapacidad. ¿Quién es el normal o qué entendemos como tal? En una de las primeras intervenciones del personaje interpretado por un excelso Enric Auquier, el guion de Dolera y Manuel Burque resume el espíritu de esa subtrama. Gari se despide de Genaro, el jardinero con el que trabajaba, recientemente fallecido, con la siguiente frase: “Genaro nunca me dejó ganar al dominó. Porque nunca me trató distinto por ser como soy”. Una muestra de las intenciones que trae la serie en torno a dicha temática. Así las cosas, el espectador puede ver como Gari tiene el mismo deseo sexual que María, los mismos miedos y las mismas dudas respecto a su futura paternidad y la misma emoción tras el parto. Porque, efectivamente, nada indica que tenga que ser de otra manera.

Enric Auquier se luce en su papel de Gari. Una interpretación para atesorar en su curriculum.

A pesar de la eminente predominancia de lo narrativo en Vida perfecta, la creadora no deja de lado la puesta en escena. Apoyándose en Elena Martín y Ginesta Guindal para la dirección de la obra, Leticia Dolera (que también dirige cuatro de sus guiones) también deja un espacio para que la forma llegue hasta el fondo. Esa aproximación a la puesta en escena alcanza sus cotas más brillantes a través de una secuencia que vuelve nuevamente a la carga mental de la mujer. La imaginación de Cris viaja hasta la gala de entrega del premio al padre del año, en la que resulta galardonado su marido. Una secuencia lírica, pero que esconde, nuevamente, una crítica a esos hombres que se creen en derecho a que se les reconozca su heroicidad solo por hacer su labor diaria con los hijos y el hogar cuando en realidad no es otra cosa que una corresponsabilidad.

Así las cosas, poco a poco, Vida perfecta va deslizando mensajes y críticas mediante una mirada ácida y elocuente hasta llegar a la última línea de la serie. Una aproximación que parece una tontería, pero que esconde el que quizás sea el mensaje más interesante de toda la obra: la crianza colectiva. Tal vez, en una sociedad que evidentemente no está preparada para la conciliación familiar y laboral, la comuna sea la única opción de salir adelante y disminuir la omnipresente e insorteable carga mental. De mantener un poco más tibio nuestro tupper de sandía caliente. En definitiva, de ser felices con nuestra bella e imperfecta existencia y que bailar no sea solo una catarsis sino también una reafirmación.

El trío protagonista, en una secuencia del episodio piloto.

OchoQuinceMag

Magazine digital de análisis cultural de series de televisión. Dirigido por Jorge Dueñas Villamiel y Jesús Villaverde Sánchez.

Jesús Villaverde Sánchez

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Periodista. Me contradigo, contengo multitudes. Pienso, luego escribo. Showrunner de @OchoQuinceMag. Cinéfilo, bibliófilo y seriéfilo; futbolero y rayista.

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