Anatomía del poder y el liderazgo

ATENCIÓN: Este análisis contiene spoilers sobre la segunda mitad de la quinta temporada de ‘Vikings’.


Hace mucho tiempo que lo más relevante de Vikings son las reflexiones intrínsecas sobre el liderazgo, la política exterior e interior y el fratricidio como forma de expansión de fronteras. Cuando concluyó la primera mitad de la quinta temporada, todo anunciaba una inminente guerra civil entre enemigos íntimos. Ivar e Hvitserk se posicionaban contra Bjorn, Ubbe y Lagertha por el control de Kattegat, Harald y Halfdan se quebraban en batalla y las huestes vikingas mermaban sus filas en un enfrentamiento intestino y parricida.

Nuevamente, la segunda mitad del decálogo que acaba de concluir, nos ha dejado una sucesión de reflexiones en esa línea argumental. La ficción de History Channel ha vuelto a indagar en esos fratricidios vertebrales, crudos y violentos, para extenderse y ofrecer una anatomía del liderazgo ramificada en varias exposiciones. Si por algo sigue resultando atractiva la creación de Hirst es porque puede leerse en clave de radiografía política. Sí, incluso sobre nuestros tiempos, quizás más shakesperianos que nunca.

A un lado, como anunciaba el final de la anterior entrega, nos encontramos con Ivar, el deshuesado. Anhelante y sediento de dominio, el pequeño de los hijos de Ragnar ha mostrado la cara más descarnada del poder. Ivar se ha convertido, por su propia ley, en caudillo de Kattegat y ha basado toda su inercia en la propaganda que lo reverenciaba como una deidad al nivel de Odín, y en el terror como motor exclusivo de gobierno. Desde su llegada a la corona, el carácter interpretado por un fabuloso Alex Hogh ha profundizado en el odio hacia el enemigo común y la venganza (contra Lagertha, fundamentalmente) como su única herramienta política. Así las cosas, el que antaño pareciese encaminado a ser el gran estratega nórdico se ha erigido como un tirano autoritario que utiliza la propaganda más cruel (la ejecución pública de una joven inocente a la que hace pasar por Lagertha) para afianzarse entre la opinión popular, que asesina a sangre fría al profeta cuando no le regala los oídos, que planea eliminar a su hermano para evitar traiciones y que, llegado el momento, no duda en asesinar a su hijo recién nacido ante la culpabilidad por su malformación. De esta manera, el despotismo de Ivar, y la contraposición respecto a los otros contendientes, ha servido a la producción histórica para establecer sobre la mesa un interesantísimo debate: ¿es mejor un líder amado por su pueblo o, por el contrario, uno al que lo temen?

En la otra orilla hemos asistido a la formación de una oligarquía basada en la simbiosis. Tanto Bjorn y Ubbe, hijos de Ragnar, como Lagertha, Torvi o Harald han conseguido minimizar sus diferencias para contextualizar su lucha en torno a un objetivo común: recuperar Kattegat. Las dos mujeres y los dos vástagos del antaño Rey se refugian en Wessex, al amparo de la reina regente Judith, para ayudar a los británicos en su defensa y reclamar las tierras que consiguió Ragnar a través de los acuerdos con el muerto rey Ecbert. No obstante, la inquietud ante lo que acontecía en su tierra natal, y auspiciado por el apoyo de Harald, primero, y de su hermano Hvitserk, después, Bjorn decidió retornar, cual hijo pródigo, a liberar su Kattegat de las manos tiránicas de su hermano Ivar. Antes de eso, sin embargo, el primogénito de Ragnar sufrió en la batalla, creyó perder para siempre a su madre Lagertha, tuvo remordimientos por creerse mal padre, pidió perdón a la doliente Torvi, madre de sus pequeños, y se volvió a enamorar de Gunnhild, símbolo de la mujer nórdica libre y liberada.

Las otras dos aproximaciones a la política de esta mitad de la quinta tanda nos han llegado a través de dos secundarios que han discurrido en líneas de interés opuestas. Por una parte, Floki ha continuado en su alejamiento de su pasado y su búsqueda de la teocracia. El antiguo constructor naval, ahora eremita, se ha convertido en una suerte de buen samaritano que anhela el bien completo, la no violencia, la paz y el estanque de agua cálida, pero que se estrella, una y otra vez, frente a la maldad inherente del ser humano. Su evolución es tal que, cuando termina el 5x20, su halo se aproxima más al del profeta que al de su propio fantasma del pasado.

Más allá de Floki, la otra gran mirada política de Vikings ha girado en torno al triángulo formado por Judith, Alfred y Aethelred. En el caso de la primera, como siempre, ha dejado constancia silenciosa de ser una mujer mucho más inteligente que todos los que la rodean, pese a estar infravalorada por su condición de madre. Sin embargo, es cierto que, tras todo el sufrimiento, asistimos en esta decena de episodios a una cerseización del personaje. Bajo la apariencia afable y frágil se esconde una estratega, impía y capaz de dirigir tanto la ejecución de los traidores a su causa como la de su primogénito cuando entera de que es uno de los conspiradores y que estaba orquestando una rebelión que planeaba eliminar a su hermano menor para acaparar su trono. En ese acercamiento ha vuelto a colear el fratricidio del que hablábamos anteriormente. “Dicen que, en la batalla, nadie es más importante que tu hermano”, asegura Judith ante su hijo Alfred, poco antes de envenenar a su otro descendiente. Con ella, en cambio, hay matices. La reina ha vuelto a hacer válido ese dicho que asegura que detrás de un hombre con poder hay una mujer inteligente que sabe cómo controlarlo. Sin embargo, la maquiavelización de la mujer no ha sido absoluta, ya que en su fuero interno todavía ha quedado espacio para la piedad y el cuidado de una Lagertha que, tras una batalla cruda y sangrienta, llega envuelta en un manto de dolor, pérdida y luto.

La que fuese comandante en jefe de las huestes de Kattegat, y posteriormente reina, ha tenido un arco dramático que la ha hecho descender, de plano, a los infiernos. Tras la muerte de su Ragnar, Lagertha ha sufrido otro varapalo al corazón con la caída en combate de su nuevo amante, el obispo Heahmund, al que ve morir y llora desde el mismo campo de batalla. Sin embargo, es al hombre de su vida al que todavía llora Lagertha. Así lo reconoce ante la propia Judith, poco después de tener alucinaciones y proyectarse hasta el momento de la muerte de Lothbrok en uno de los momentos más bellos que nos deja la dirección: “Yo he cambiado. Ya no soy Lagertha, la escudera, porque perdí mi escudo y no tengo con que protegerme”, se lamenta, en una muestra de la culpabilidad, el duelo y dolor ante la pérdida y la incapacidad para continuar en ausencia de su fiel amor.

No cabe duda de que Vikings ya no es la misma que era. Poco, o nada, tiene que ver la serie que vemos actualmente con la que empezamos a ver allá por el 2013. Evidentemente, varios son los nexos comunes, pero en el camino la obra creada por Michael Hirst ha ido metamorfoseándose en otras. La teleficción ha perdido frescura para ganar oscuridad de la misma forma que ha mutado en una aproximación mucho más psicológica que histórica hacia sus protagonistas. Sin embargo, si algo mantiene durante las seis entregas son la mirada a los ritos y costumbres nórdicas y la relevancia que otorga a la puesta en escena. En muchos casos, ambas herramientas narrativas transcurren trenzadas. Así las cosas, la segunda mitad de la quinta temporada nos ha vuelto a regalar una incesante búsqueda de la belleza a través del apartado formal. Son varios los momentos destacados de la puesta en escena; desde la glorificación de Ivar (5x13–5x14), el sueño dantesco del obispo y su bellísima muerte en el 5x15 hasta las purgas incendiarias de Ivar (5x18). O la trenza que se lleva a cabo entre la imagen de Lagertha pintando el rostro de Judith de azul y explicándole que ese color es el más difícil y por tanto otorgándole valor a la mujer en un mundo de hombres, en el 5x18, y su precioso fallecimiento, filmado a modo de tableaux vivant en el que se detiene el tiempo hasta que la reina exala su último estertor (5x19). No hay duda de que la puesta en escena tiene un valor especial en Vikings; las imágenes dicen mucho más de lo que parecen: así, por ejemplo, ese rastro serpenteante que deja Ivar tras su paso en el 5x17 está aportando más a la psicología del personaje que todos los subrayados y los parlamentos de sus enemigos. A menudo, la imagen se significa por sí misma. Quizás por eso, el cierre de la season finale nos deja un encadenado de alucinaciones en las que Bjorn, tras recuperar la corona de Kattegat, recuerda una conversación con su padre, que bien podría ser la definición perfecta de esa anatomía del poder y el liderazgo que supone la serie: “El poder siempre es peligroso: atrae a los peores y corrompe a los mejores. El poder solo se da a aquellos que están dispuestos a agacharse para cogerlo”. Pura teoría política. Palabra de Ragnar.