Emprendedores malcriados

La semana pasada me dejaste plantado. Me mandaste un Whatsapp para pedirme una cita, y unos minutos después me escribió también tu “asistente” para coordinarnos (qué tipo de prioridades tiene un emprendedor que necesita una asistente para organizarle citas, está fuera de mi comprensión).

Veinte minutos después de que debía haber comenzando la cita, me escribió nuevamente tu asistente para decirme que se te había complicado la agenda, y que luego me buscaban para reagendar.

Por lo visto ya no tuviste oportunidad de escribirme una notita para disculparte.


Desde hace tiempo me propuse ser directo y transparente ante la toma de decisiones, de manera de no crear falsas expectativas ni hacerle perder el tiempo a nadie.

La propuesta que me mandaste no coincide con las prioridades que tenemos en este momento en la empresa, y por ello te la respondí al día siguiente, agradeciéndote que nos hayas considerado, felicitándote por lo que has logrado hasta ahora, y a la vez explicándote porqué no contrataríamos tus servicios en este momento.

Por lo visto ya no tuviste oportunidad de avisar que recibiste mi respuesta.


Llegué unos minutos antes a la cita en tu oficina. Pude ver cómo te diriges a tu equipo. Me queda claro que tu empresa está creciendo a muy buen ritmo, y eso te está encaminando al éxito que has estado buscando. Sé que eres impaciente, y que eso te ha ayudado a lograr tus ambiciosos objetivos.

Pero te vi también “áspero”. Brusco, cortante. Irritable. Como que el mundo no te merece — y mucho menos quiénes estábamos ese día a tu alrededor.


Esta persona es diferente. Ha estado a la cabeza de una empresa regiomontana desde hace varios años. El año pasado generó ventas de más de 70 mil millones de pesos. SETENTA-MIL-MILLONES-DE-PESOS.

Sí, lo escribí bien.

En la junta que estábamos, había unas 8 personas, incluyendo varios directores también muy importantes. Y cuando entró a la sala la señora que nos ofrecería un café, fuiste la única persona que se puso de pie, la saludaste de mano, sonriéndole, y le agradeciste por su servicio.

Y cuando te despedimos en la puerta del edificio, me di cuenta que también te detuviste unos segundos para darle la mano al vigilante que estaba en ese momento en la recepción.


Esta persona también es diferente. Su historia hoy no la asociamos con historias de emprendedores, porque es tan grande su empresa que parece que siempre fue así.

Pero no es así. La empresa tiene apenas unos 22 años, y tú la empezaste desde cero. El año pasado generó utilidades por más de 2 mil millones de pesos. Otra vez: DOS-MIL-MILLONES-DE-PESOS. Da empleo a casi 4 mil personas, y crece y crece cada año.

Y cuando te veo pasar, me impresiona que tienes una palabra amable para todas las personas con las que te topas. Y he tenido la oportunidad de ver cómo haces un esfuerzo por tratar de conectar personas diferentes, de diferentes áreas, porque crees que les servirá conocerse. Y te veo dedicarle tiempo a nuevas generaciones, te veo pedirles su opinión, te veo darle su lugar a toda persona.

Sé que no soy la mejor persona para hablar del tema, porque muy probablemente yo también me habré comportado como alguno de los primeros tres casos que mencioné al principio. O como los tres. O aún peor que esos tres ejemplos. Y si a alguno de mis lectores le tocó presenciar un acto así de mi parte, le pido una diculpa. Y les pido que me reclamen si me ven comportarme así en el futuro, para tratar de mejorar.

Porque ahora sí me queda bien claro a quién me quiero parecer. Y no es precisamente a los emprendedores malcriados, por más “exitosos” que parezcan ser.

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