Al sonoro rugir del camión

¿Para qué alcanza un peso? …para nombrar.

La historia del transporte suele ser también una historia económica. La modernidad ha ido de la mano de caminos y vehículos, y los camiones de transporte colectivo no han sido la excepción. Lejos de pintar paisajes melancólicos de la ciudad, me gustaría situarme en lo concreto del nombre “peseros” o “peseras” (por otro lado, no me parece gratuita la ambigüedad homófona pesero/pecero. Las peseras, como las peceras, son espacios para mirar la convivencia –a veces inesperada pero siempre orgánica– de distintos seres, a luz de un foco ultravioleta). Los microbuses de la Ciudad de México recibieron ese nombre por gracia del ingenio popular, aludiendo a la tarifa de un peso que solían cobrar. Esta relación estrecha entre nombre y moneda ha sido parte de su historia. Hemos visto al peso devaluarse al mismo paso en que hemos visto cómo los peseros envejecen y se desgastan. Un peso alcanza para nombrar, pero definitivamente no alcanza para que nos desplacemos –al menos no ahora.

El peso y el pesero empiezan su relación a finales de los años 60, cuando la Ciudad de México vio nacer los “taxis de ruta fija”, que eran automóviles que prestaban servicio en ruta sin tener horario fijo. Estos fueron los peseros originales. Sus servicios se extendieron hasta conformar 103 rutas y más de 14 mil unidades. La demanda rebasó el servicio y de coches pasaron a combis y de combis, a autobuses más grandes. Ahora los peseros ya no cuestan un peso, y de acuerdo a lo que parece ser la tradición capitalina, lo que funcionaba a medias se siguió haciendo hasta que todo se volvió peor. Por eso, Miguel Ángel Mancera anunció hace un par de días que se publicará una nueva norma que dicta que ya no se volverán a otorgar ni renovar concesiones para los peseros, y contempla que los microbuses se sustituyan por buses menos contaminantes. Cerca de 15 mil concesionarios tendrán que cambiar su modo y medio de transportarse por la ciudad. Esto incluye 35 mil microbuses, que según el Centro Mario Molina, tienen más de 20 años de antigüedad en promedio y por lo mismo, son muy contaminantes. Más allá de estos conteos, algo es seguro: estamos ante el término de una era.

Un pesero llamado deseo

Los peseros son un repositorio de todo lo que hace al chofer quién es. En ellos el juego entre espacio íntimo y espacio público hace cualquier cantidad de suertes. El pesero, por fuera, debe de ajustarse (incluso por ley) a una serie de requerimientos. El exterior del microbús es lo que lo identifica como transporte público, es un espacio que se dirige a todos: franjas de color, número de ruta y letreros informativos (si es que no está forrado de publicidad como también suele suceder). En varias ocasiones se logra sortear el uniforme propuesto. El microbusero acompaña las líneas y colores asignados con estampas (que abarcan desde simpatías hasta filias), consignas y caligrafías estilizadas. El exceso decorativo se manifiesta por fuera y por dentro. Al interior, la experiencia decorativa se parece mucho a entrar al cuarto de un adolescente, subirse a un pesero puede ser una experiencia para conocer al chofer desde la intimidad. Dentro de un pesero podemos conocer el nombre de la amada, su banda o estación de radio favorita y, en ocasiones, el tamaño y el color de los zapatitos de sus hijos. El espacio es suyo y su identidad está plasmada por todo el pesero.

El chofer se vuelve el protagonista del viaje, pero así como no hay Quijote sin Sancho, no hay microbusero sin cacharpo. El cacharpo es el asistente, acompaña al chofer durante todo el viaje en un asiento (que suele ser una cubeta volteada) especialmente acondicionado para su labor. Los ayudantes son indispensables para el chofer: ponen en escena la destreza de la mente maestra. Pensemos en la relación entre Watson y Sherlock. Watson es quien simplifica la mente del detective. Él lo obliga a que explique las deducciones pero también logra narrar la historia de forma tal que pueda crear misterio con sus sospechas y falsas pistas. El cacharpo es el Watson de los microbuseros, administra el dinero del pasaje, ayuda con la limpieza del camión, cambia la música, chifla a quien tiene que chiflar, y da apoyo moral al chofer a lo largo del recorrido.

El recorrido es la razón de ser del pesero. En un instante la ciudad está al servicio del chofer, porque si bien hay rutas fijas que hay que cumplir, los horarios no son ni remotamente estrictos. La narración de una historia de peseros es casi la misma narrativa de las grandes novelas de viaje. Se plantea un recorrido que atraviese distancias, pero nunca son previsibles las circunstancias en las que se desarrolla. El pasajero está a merced de los letreros de colores, los gritos del cacharpo, la displicencia del conductor o del freno, y los puntos de referencia que dictan las paradas. Después viene la descripción de la hazaña, todos los que han abordado un pesero tienen un recuento posterior de sucesos. Lo extraño suele manifestarse a bordo.

Toto, ya no estamos en el DF

La CDMX nació como una ciudad triste. Desde que apareció extrañaba al D.F. y con él, todo lo que ya había desaparecido años antes, los taxis de vochito, Reino Aventura, el Video Centro y también extrañaremos a los peseros. Son ineficientes, inseguros, contaminan la ciudad, causan accidentes, pero seguramente los vamos a extrañar.

Por Ximena Rojo.
Fotografía por Ismael León Rivera — @ElOjoDeIsma.