¿De quién es la lengua española?

Comunidades por conocerse

Fundación de Santiago (Wikipedia/Pedro Lira, Dominio Público)

Cuando digo que estoy leyendo un libro en español, lo más probable es que mis amigos piensen que se trata de un libro escrito por Gabriel García Márquez, Javier Marías o Rosario Castellanos. A muy pocos se les ocurriría que estoy fascinada con un poemario Sóngoro cosongo de Nicolás Guillén o con los Cuentos de la Vieja Noa de María Nsué Angüe. ¿Por qué la primera idea que tenemos cuando decimos literatura escrita en español está relacionada con Colombia, España o México y no con Cuba o Guinea Ecuatorial?

La pregunta no es fácil de contestar, pero tiene que ver con procesos históricos que han sido dejados de lado a favor de otros. Seguramente todos recordamos que España en algún momento de la historia fue un imperio que conquistó múltiples territorios en los que la lengua española y la religión católica se impusieron con fines de dominación. Hace apenas unos años, en nuestro país se cumplieron 200 años de independencia de la colonia: en 2010 hubo diversas celebraciones nacionales para recordar las guerras de emancipación política y económica que fueron el fundamento de nuestra república moderna.

Sin embargo, México no es el único país con una historia así. Ni América Latina es el único lugar del mundo con una historia de colonización. También en África o en Asia hay algunos sitios donde, por decenas de años, la corona española rigió. Eso implica que compartimos un pasado cultural con un puñado considerable de pueblos a los que probablemente hoy no nos sintamos tan unidos. No obstante, desde lugares privilegiados intelectualmente, como la Asociación de Academias de Lengua Española (ASALE), ha habido esfuerzos por hacer visible la riqueza lingüística que la multiplicidad de culturas otorga al español.

(AP Photo/Ivan Pierre Aguirre)

El primer encuentro mundial de la ASALE ocurrió en 1951 por iniciativa del presidente de México Miguel Alemán Valdés. Aunque al principio la Real Academia Española (es decir la de España) no asistió al llamado por diferencias diplomáticas, para la segunda reunión –llevada a cabo en 1956– los lazos fueron restablecidos y la celebración tuvo lugar en Madrid con todos los reconocimientos oficiales. En el cuatro congreso, celebrado en Argentina, el filólogo Dámaso Alonso (que fue amigo de grandes escritores mexicanos, como Alfonso Reyes) preparó una ponencia donde decía que los allí reunidos representaban a una multiplicidad de personas de habla hispana:

Hombres que viven en los más distintos climas, separados quizás por las máximas distancias que permite el globo terráqueo, pertenecientes a las más diversas razas, gobernados por los más diferentes regímenes políticos, diseminados a veces entre grandes comunidades alófonas –como los sefardíes, como las multitudes de habla española que habitan en los Estados Unidos, o como la de aquella minoría que aún habla español en Filipinas– hombres en fin a los que todo parece separar, pero que se sienten dichosamente unidos por una sola cosa: la lengua que todos ellos hablan.

Para Alonso, el idioma español es una especie de criatura espiritual que anima el corazón de todos los que la comparten, que se alimenta de la riqueza y que es territorio compartido para el entendimiento entre las gentes. Aunque atender a la preservación de la comunidad lingüística fue una misión asumida por la ASALE, harían falta esfuerzos de otra naturaleza para lograr tal cometido. La Asociación ha tenido que enfrentar diferencias políticas y económicas relacionadas con la historia de dominación que vivieron muchos de los países que la integran. Para conformar gramáticas, ortografías y diccionarios desde una perspectiva panhispánica, es decir, una que no vea a España como el foco y a los demás países como la periferia, fue necesario hacer conciencia sobre el pasado y pensar desde el enfoque que posibilitan la libertad de las naciones y la pluralidad cultural.

De manera análoga, las academias literarias han realizado sus propias labores. Sin embargo, debido a que no existe una institución que las albergue a todas, gracias a su naturaleza plural y universitaria, este trabajo ha tomado otros caminos. Por ejemplo, a lo largo del tiempo han existido grandes proyectos encaminados a resaltar la diversidad cultural de los países latinoamericanos, como una forma de reconocer y hacer visible la creación literaria en nuestra lengua.

(AP Photo/Javier Galeano)

En 1981, la revista veracruzana Texto Crítico publicó una conversación que sostuvieron varios intelectuales latinoamericanos sobre la función y la importancia de hacer una revista literaria en lugares como México o Perú. El tema de fondo era una reflexión profunda sobre las condiciones históricas y materiales de la creación de una literatura que hable de la identidad cultural compartida. En el encuentro, Carlos Montemayor anuncia la futura impresión de la revista de la Universidad Autónoma Metropolitana, Casa del Tiempo, cuya base conceptual era que:

La literatura es un arte, un proceso social. Por arte entiendo lo que los griegos y los romanos entendían: no un conocimiento metífico, sino un conocimiento cuyo aspecto más notorio es el rehacer el mundo, el conocer el mundo al rehacerlo

Para Montemayor, una revista literaria podía servir como espacio de divulgación, pero también como un medio para acceder a una tradición de formas pasadas de pensar y de ver el mundo. Asimismo, las revistas de esta naturaleza serían lugares para imaginar el futuro de las sociedades, para dar cuenta de su diversidad pero también para formar cierta idea de pertenencia a una misma historia. Cuando llega el turno de habla de Ángel Rama, reconocido escritor y filósofo uruguayo, se abre un tema fundamental para la discusión sobre las formas en que la academia puede contribuir a volver visible la riqueza cultural y política de los hablantes de la lengua española: el nacimiento paralelo de un pensamiento crítico que acompaña la creación de una literatura.

No conozco ningún lugar donde pueda haber sólo creadores; creo que estarían muertos seguramente. Porque necesitan de todo el aparato crítico que engrana el discurso y organiza esta materia

Rama sostenía que una de las misiones primordiales de la literatura y la crítica era “construir la visión del mundo que necesitamos para vivir”. Esto quiere decir que la metamorfosis necesaria para que un territorio sea más habitable existe desde que puede ser nombrada, imaginada. En este sentido, la transformación política y económica de todas las naciones que alguna vez fueron colonias españolas, su camino hacia la libertad, el autoreconocimiento y la emancipación tiene sus condiciones de posibilidad en la creación literaria y en la crítica que la acompaña.

(AP Photo/Rodrigo Abd)

La conciencia de un pasado común con países del continente americano implica también el entendimiento de que los productos culturales de nuestros países no son homogéneos. El hecho de que formemos unidades que comparten procesos históricos análogos no implica que la conformación de la literatura en español sea una sola. Las raíces indígenas, africanas, árabes y orientales no deben pasarnos de largo a la hora de considerarnos parte de una comunidad lingüística compleja y rica. Muy por el contrario, quizás haya llegado el momento de preguntarnos qué comparten una escritora de Guinea Ecuatorial, de Marruecos o de Chile con una mexicana, una argentina o una madrileña. Así, cuando alguien nos cuente que está leyendo un buen libro en español, nuestra imaginación no limite la capacidad de figurarnos un futuro propio y un pasado que nos pertenece; sino, por el contrario, que nos permita sentir esa dicha de la que hablaba Dámaso Alonso en el congreso de la ASALE: la dicha de la unión en medio de la diversidad.

Por Nayeli García.