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Karoshi: muerte por exceso de trabajo, un problema grave (no sólo) en Japón

Explotación contemporánea, trabajo mortuorio

En un sistema económico como el nuestro –tan exigente, tan competitivo– cuesta mucho discernir el límite entre trabajo arduo y explotación laboral. En la actualidad, este es un problema preocupante en ciertas regiones del mundo. Durante los últimos años, Japón ha sido escenario y testigo de una situación cada vez más frecuente: karoshi, la muerte por exceso de trabajo. Un número considerable de empresas japonesas han sometido a sus empleados a una extenuante cantidad de trabajo que, por cierto, no se remunera. Lo anterior ha gestado una epidemia de suicidios y muertes por cansancio. El gobierno de Japón ha emitido comunicados y adoptado medidas para combatir el karoshi. Sin embargo, el asunto parece aún lejos de resolverse por completo. Por otra parte, algunos medios han argumentado que la muerte por exceso de trabajo ya no es un problema local únicamente, sino que es susceptible de expandirse a otras regiones y generaciones de personas.

El karoshi pone de manifiesto un fenómeno contemporáneo interesante: hoy en día, el riesgo de muerte ya no implica sólo al obrero que trabaja en condiciones de inseguridad extrema, sino que toca también al oficinista de traje que día con día se sienta tras su escritorio.

¿Estamos frente a una forma inédita de explotación?

Caso y causas

(Photo by Chris McGrath/Getty Images)

La primera muerte se registró a finales de la década de los 60. El afectado fue un hombre de 29 años que trabajaba en el departamento de correo de un gran conglomerado editorial japonés. El empleado sufrió un infarto que puso fin a su vida. En 2008 se dio otro caso de karoshi que llamó la atención de la opinión pública. Mina Mori, de 26 años, trabajaba para la empresa restaurantera Watami Foodservice. La firma exigió a Mina laborar un promedio de 140 horas extras cada 30 días durante dos meses, además de asistir a capacitaciones obligatorias. Mina cometió suicidio. En la Navidad de 2015, la joven Matsuri Hatakashi puso fin a su vida saltando por el balcón de un edificio de Dentsu, enorme empresa publicitaria para la que trabajaba. ¿La razón? Las 105 horas extras que tuvo que trabajar en el mes previo a su muerte. Estos casos son sólo unos cuantos entre muchísimas situaciones de deceso por trabajar demasiado.

El término karoshi se usa para designar un fenómeno contemporáneo: en Japón, muchos ciudadanos son objeto de extenuantes cargas de trabajo que los llevan a la muerte, sea aparentemente natural –infarto, derrame cerebral– o por suicidio. A pesar de que el primer caso data de finales de los años de los 60, no fue sino hasta principios de los 90 que el término se hizo de conocimiento público. ¿Por qué? Porque fue entonces cuando los trabajadores empezaron a ejercer demasiadas horas extra para competir con otros países y sopesar la recesión. Desde entonces, los familiares de los afectados han sostenido un reclamo generalizado contra las empresas involucradas en casos de karoshi; empresas que, casi siempre, buscan librarse de la responsabilidad de las muertes con todo lo que está a su alcance. La situación –siempre en aumento– ha sido reconocida como un severo problema por el gobierno japonés. Por eso, en 2014, promulgó una ley para luchar contra el karoshi y, al año siguiente, hizo de noviembre el mes para concienciar a la gente sobre el asunto. Por otra parte, el 7 de octubre de este año, el gobierno publicó un informe de las cifras actuales de decesos por exceso de trabajo, así como un espectro de medidas y recomendaciones para prevenirlo y solucionarlo. Se busca, pues, que los habitantes de Japón no sigan muriendo a causa un excesivo requerimiento laboral.

(Photo by Junko Kimura/Getty Images) / (Photo by Koichi Kamoshida/Getty Images)

Según el Ministerio del Trabajo en Japón, en 2015 se registraron 2 mil 310 casos de karoshi. Sin embargo, de acuerdo con lo dicho por el Consejo Nacional en Defensa de Víctimas de Karoshi, un número aproximado a la verdad estaría aproximándose a las 10 mil víctimas al año. Hiroshi Kawahito, secretario general de dicho Consejo, menciona que lo que el gobierno debería gestar es la reducción obligatoria de las horas de trabajo, por lo que la solución definitiva al karoshi aparece lejana aún. Es que Japón es un caso curioso en términos de legislación el trabajo: no hay un límite a la asignación de horas extra al trabajador, siempre y cuando él esté de acuerdo en aceptarlas. Japón, como sabemos, es un país con una cultura firme de entrega al trabajo. En este contexto, rechazar dichas horas extra –no remuneradas– se vuelve extraordinariamente difícil.

Japón cuenta con una serie de condiciones de posibilidad que facilitan la explotación laboral de los ciudadanos. El punto culmen de lo anterior yace en la figura de las black companies, las compañías negras. Jake Adelstein, quien habitó Japón durante 12 años y fue el primer reportero extranjero en el diario Yomiuri Shinbun, habló de dichas empresas en una entrevista que otorgó a Vice. Las compañías negras nutren su bolsillo y funcionamiento a través de la vulnerabilidad de sus empleados: estos, constantemente temerosos de ser reemplazados y perder su fuente de ingreso, se someten a un número descomunal de horas extra que no les pagan. Por si esto fuese poco, los empleados son instados a falsificar sus fechas de trabajo para evitarle problemas a las empresas. De acuerdo con Adelstein, él se desempeñó en una compañía que contaba con dos libros de registro: uno de ellos marcaba las horas que en realidad trabajaba, y el otro mostraba una cantidad de tiempo mucho menor al que había pasado en labores. Este último era destinado a la Oficina del Trabajo con el fin de evitar sanciones a la empresa. En palabras del reportero, “podías haber estado una semana entera sin un solo día libre y, en vez de eso, reflejar en el libro que habías tenido vacaciones los tres últimos días.”

Así pues, la situación de karoshi en Japón se ha vuelto alarmante. El hecho de que sus empleados se sometan voluntariamente a extenuantes cargas de trabajo nos lleva a una pregunta fundamental para la comprensión del fenómeno: ¿de dónde provienen los temores a perder el empleo y la cultura de trabajo incondicional?

Historia, trauma, accidente económico

(Photo by Koichi Kamoshida/Liaison)

Hay una imagen que puede resumir la situación de miles trabajadores japoneses: el trayecto de un abarrotado transporte público a tempranísimas horas de la madrugada. Esto parece una moneda común entre los empleados que habitan Japón: deben viajar largo tiempo en trenes y autobuses congestionados para llegar a tiempo al trabajo. Una vez en la oficina, el trabajador ya está muy cansado. Sin embargo, debe permanecer allí hasta las 11 ó 12 de la noche –a veces más– y volver a casa en la misma –y fatigosa– situación de transporte. El descanso real es más bien lejano para este tipo de empleados. ¿Qué está detrás de esta situación, cómo es que el trabajador japonés acepta dichas condiciones laborales? La respuesta se ubica, de principio, en los años de la segunda posguerra.

De acuerdo con Cary Cooper, de la Universidad de Lancaster en Reino Unido, el trabajo ofreció a los ciudadanos una motivación legítima en los años posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, que culminó con el estallido de dos bombas atómicas. Hiroshima y Nagasaki, lo sabemos, significaron un trauma para el pueblo de Japón y para el mundo. Así pues, el trabajo adquirió un estatuto muy importante para la vida de los japoneses. Las compañías nacionales supieron aprovechar dicha situación, así que comenzaron a fomentar que la vida entera girara alrededor del trabajo: financiaron, para los empleados, sindicatos, viviendas, servicios de transporte, guarderías y clínicas. Sin embargo, la década de los 80 traería un cambio radical, de orden económico, en la aparente prosperidad post atómica. El crecimiento de la economía japonesa se disparó, provocando una burbuja económica, es decir, un rápido y poco sostenible aumento del precio de las propiedades y las acciones. En el punto más álgido de dicha burbuja, 7 millones de personas trabajaba 60 horas a la semana. La burbuja, como la bomba, terminó por estallar a principios de los 90. La situación económica agravó y los trabajadores comenzaron a aceptar más horas extra, sin remuneración, por el miedo a perder sus empleos y sus fuentes de ingreso.

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Vale la pena traer a colación un dato arrojado por Zaria Gorvett en un artículo para BBC: Japón ya no ocupa el primer lugar en cuanto a la asignación de horas extra que hacen las empresas sobre sus empleados. En 2015, por ejemplo, el trabajador estadounidense trabajó más horas que su paralelo japonés. En China, por otra parte, muere un promedio de 1600 personas diarias por exceso de trabajo. Además, ciertas economías emergentes –India, Corea del Sur, Taiwán– han adoptado las mismas largas jornadas de trabajo. Esto podría indicar un conflicto de índole global en que una economía tambaleante interviene directamente.

Con base en lo anterior, convendría localizar algunos focos vulnerables en términos de seguridad económica. Escojamos dos: la generación millennial y el trabajador mexicano.

Generación y región: sectores vulnerables

(Photo by Koichi Kamoshida/Getty Images)

La incertidumbre financiera, como vivir en una economía frágil, son factores que pueden llevar a los trabajadores a aceptar situaciones peligrosas. Como sabemos, la inseguridad económica no es exclusiva de Japón, sino que extiende sus redes a muchísimas zonas del mundo. En este contexto, existen grupos sociales más vulnerables que otros. Vale la pena voltear a ver a la nueva generación de adultos jóvenes, aquella nacida entre 1981 y 1995: los millennials.

Estudios e investigaciones recientes han mostrado que la generación millennial es particularmente vulnerable a la situación económica actual en el mundo. The Guardian ha publicado artículos que hablan sobre el asunto. En uno de ellos, Caelainn Barr y Shiv Malik argumentan que, hoy en día, existe un coctel idóneo para una crisis económica que afectará a los adultos jóvenes de todo el mundo: se habla de alza en los precios de bienes raíces, desempleo y deuda. En el otro reportaje, escrito por los mismos autores y Amanda Holpuch, se argumenta que el millennial, debido a sus bajos ingresos, se percibe a sí mismo como un integrante de la clase obrera, no de la clase media o alta. ¿Es lo anterior un incentivo a que los jóvenes acepten también cantidades exorbitantes de trabajo? Por si esto fuese poco, hay regiones del mundo en que se padecen casos similares a la epidemia karoshi, aunque no tan graves aún. México es uno de ellos.

(AP Photo/Alex Cossio)

Según un artículo publicado por La Jornada, un 40% de los trabajadores mexicanos padece el Síndrome de Burnout, también conocido como síndrome del quemado. Se trata de un mal producido por someterse a largas horas y temporadas de trabajo, malas condiciones laborales, pocas vacaciones, mucha presión, horarios inflexibles y largos traslados de la casa a la oficina. Es evidente que esto no dista mucho del caso japonés. Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), los trabajadores de México laboran al año 500 horas más –unas 2,250– que los de otras naciones. A ello debe sumarse que el 46% de los empleados de nuestro país goza un máximo de seis días anuales de vacaciones. El Síndrome de Burnout produce síntomas de orden conductual, emocional y sicosomático. Así, el afectado puede padecer un alto grado de irritabilidad o tristeza, o bien, dolores de cabeza, desórdenes gastrointestinales, crisis asmáticas, entre otros. En efecto, no padecemos una epidemia de muertes por exceso de trabajo, pero la salud de los empleados mexicanos comienza a verse afectada a raíz de su ritmo laboral.

(AP Photo/Ivan Pierre Aguirre)

¿Qué está sucediendo? En términos muy sencillos, que el trabajo ha dejado de ser un camino hacia el bienestar para convertirse en el yugo de muchísima gente en el mundo. El fenómeno de karoshi, la vulnerabilidad millennial y el Burnout en México aparecen como una reacción sintomática de nuestra economía que, mientras más inestable se muestra, más exige de nosotros en términos laborales. El obrero en condiciones de inseguridad ya no es el único vulnerable. El oficinista podría caer también, justo en ese momento en que decide tomar una pequeña siesta sobre su escritorio.

He aquí la explotación laboral de nuestra época.

Por Armando Navarro.