The Age of Reason (Wikimedia/ George Cruikshank, Public Domain)

Notas sobre el libro de Peter Watson: La edad de la nada

El mundo después de la muerte de Dios

En conjunto, la trayectoria intelectual efectuada desde las postrimerías del siglo XIX hasta lo que llevamos del XXI, atravesando íntegramente el XX — lo que abarca el período correspondiente al desarrollo del modernismo y el postmodernismo — , ha conseguido reforzar la idea de que no hay — ni puede haber — un único punto de vista privilegiado desde el que concebir y contemplar el mundo. — Peter Watson

El ser humano no ha encontrado tranquilidad en la modernidad. Sigue buscándola. En el lapso de tiempo que corre entre las obras publicadas por Nietzsche y el día de hoy, un sinnúmero de experimentos de propuestas de vida han sido registrados.

Las intensiones que se han propuesto resolver llenar el vacío que inicia con la creencia de que Dios no es guía de la vida; experimentos que creyeron, y han dejado su secuela en otras formas de trascendencia que han tenido que ubicarse en una filosofía laica de la vida, conforma la narrativa del La edad de la nada de Peter Watson.

Nietzsche (Wikimedia/ Walter Kaufmann. Public Domain)

El pensamiento religioso, surgido con la creencia en un Dios, expresa en los escritos de Nietzsche un agotamiento. Igualmente, con esos escritos es franco el relevo de las filosofías que buscan un sentido a la vida sin Dios. Es un movimiento de los ejes de las creencias que van, desde la sustentación de lo trascendente por el designio de una divinidad que nos ha creado y nos observa; a la búsqueda de lo trascendente en nociones de otra amplitud, más allá de las deidades y que encuentra sus bases en la expansión de un conocimiento abierto a la investigación, la experimentación y la prueba de la sustancia de las cosas. Es el conocimiento que nos da la Ciencia.

La complejidad de este cambio en las mentalidades, aparecido a lo largo de al menos siglo y medio, no ha podido expresar sino sorpresas relacionadas con los cambios de calidad de vida debidos al crecimiento económico y su representación exclusiva en la forma de dinero. La tecnología ha ido en paralelo, justificada principalmente por lo que aporta a las necesidades que los grandes centros urbanos requieren para retener a la población en condiciones adecuadas para la vida del trabajo y los negocios. Una inversión, claramente prevista en las utopías desde el principio de las primeras experiencias de la producción industrial, se ha ido cumpliendo conforme el campo es deshabitado y las ciudades se transforma en megalópolis. Este ha sido un gran ciclo transformador de nuestras vidas; desde su ruralidad, pasando por los grandes procesos de industrialización y comercialización, hasta llegar al actual de servicios.

The Industrialization of Afghanistan (Flickr/ Phillip Hickman, CC BY 2–0)

No deja de ser muy sugerente durante la lectura de La edad de la nada pensar los cambios en términos de las vidas que desde nuestros bisabuelos tuvieron, referentes accesibles en las pláticas con nuestros abuelos o padres. Es una historia, por así decirlo, de carne, hueso y pensamiento.

Los ejemplos de estos cambios son expuestos por Watson de manera clara. En cada unos de los casos que él considera (y cubre un listado exhaustivo que hace del libro un referente obligado para meditar la modernidad), se pretende cumplir con el mismo objetivo de encontrar la solución al vació espiritual de la era post-nietzschiana. Una y otra vez, las propuestas se suceden por la vía de los grandes creadores en campos diversos: la pintura, la literatura, la música, el teatro.

Como muchos de los proyectos que narra, el propio libro de Watson es la apertura de una ventana de reflexión más que busca adecuar la búsqueda del sentido a nuestros días.

El libro de Watson constituye un urgente reconocimiento de la modernidad sobre el estado trunco de su proyecto: en nuestros días, el poyecto laico que busca clausurar la trascendencia es todavía una fantasía. Hoy, el laicismo ha preferido integrar antes que rechazar de tajo las filosofías del bienestar y las ruinas de la religioón. Aquí y ahora, el más allá y la eternidad siguien siendo el rígido fundamente del más profundo deseo… ¿pero se trata del deseo de todos?

Hemos de recordar …que son muy numerosas las personas — y son probablemente las más calladas de todas cuantas habitan la modernidad — que no ven ningún problema en el hecho de que Dios haya muerto. Para ellos, esa desaparición no constituye ningún motivo de ansiedad o perplejidad. Esos individuos podrían muy bien cuestionar la afirmación por la que Robert Musil mantiene que incluso las personas que se burlan de la metafísica perciben una extraña presencia cósmica, o el comentario que realiza Thomas Nagel al decir que tendemos a observarnos con la perspectiva de quien lanza la mirada desde una gran altura. Sin embargo, esos individuos no pertenecen al «tipo metafísico» y no le buscan un significado «profundo» a la existencia. Se limitan a ceñirse a las preocupaciones de la vida cotidiana, a llegar a fin de mes, a vivir día a día y año a año, a pasárselo bien siempre que encuentran ocasión, y a no dejarse alterar por todos estos asuntos que tanta perplejidad causan a sus vecinos. Y como no abrigan lo que se dice una gran expectativa respecto a que algún día se logre zanjar alguno de los «grandes» interrogantes de la existencia, no dedican el menor tiempo a su elucidación. Ésas son, en cierto sentido, las personas más laicas del momento, y quizá también las más felices. pp. 719–720.

Entonces ¿en dónde nos encontramos en el amplio mapa del sentido?

El importantísimo papel que desempeñan la ética y la moral nos lleva a distinguir tres ámbitos en la vida: la esfera de la ciencia, a cuya influencia es prácticamente imposible sustraerse — al menos para la inmensa mayoría de los seres humanos — , pues nos ha traído numerosas ventajas, no sólo en cuanto a desarrollo tecnológico e intelectual, sino también en cuanto al ensanchamiento de nuestra comprensión; el mundo fenomenológico, que es el mundo de las petites heureuses de Sartre, el mundo del arte y la poesía, de la pequeña y no competitiva entidad paciente — y que al poseer una forma de comprensión propia resulta ser complementaria de los alcances de la ciencia — ; y el universo del deseo. p. 749

Ya casi al final del libro, el autor da una razón íntima para escribir la obra:

…si por algo ha valido la pena realizar este ejercicio ha sido, entre otras cosas, porque nos ha permitido poner de manifiesto la existencia de puntos en los que se observa la confluencia de las ideas de muchos de los especialistas a los que hemos ido pasando revista a lo largo de este libro. Algunas de esas zonas de convergencia han sido más evidentes que otras, desde luego, pero es indudable que el hecho mismo de que existan no sólo nos está indicando algo sino que nos proporciona un punto de partida para tratar de concebir soluciones aplicables a nuestro propio caso. p. 722

El libro de Peter Watson ubica con precisión los nuevos impulsos asentados en obras como las de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI o la de Martha C. Nussbaum La fragilidad del bien y representa un esfuerzo actualizado por mapear un deseo eterno que persiste aún la era de la clausura de la eternidad.

Por José González de León.

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