Numismática: monedas, dinero e historia

(AP Photo/Ariel Schalit)

Siempre hemos tenido un sentido de admiración por las monedas y no solo porque representen el dinero. A lo largo de la historia, la acuñación de monedas, sus altorrelieves, sus soles nacientes, la imaginación que desata el perfil de los personajes aludidos, la importancia que le imprimen a su poseedor, han resultado todos concentradores extraordinarios de fantasías. Lo mismo sucede con el papel moneda y el ingenio de los impresores y artistas que están detrás de los paisajes y la decoración de los números. La numismática evoca la fascinación de la creación artística y es la representación más bella del dinero o pacto supremo de aceptación de la medida de valor que las cosas tienen; un pacto sagrado donado por el dios Mammon en la antigüedad.

Las monedas son medallas, no solamente un acuerdo de medición. Conmemoran, celebran algo importante que está en el símbolo que se ve. Tienen brillo y su atractivo es universal. Su reunión hace un tesoro y el tesoro una riqueza. Desde tiempos muy antiguos, los tesoros eran la acumulación de la riqueza. En la mitología eso representan. Están al fin del arco iris. Su poder va más allá de lo que el conjunto del metal nos diga por su peso. La riqueza atesorada alcanzó desde un principio la riqueza mitológica que es transmitida a quien la posea. Es el símbolo del mayor poder que permite hacer lo que se desee.

(AP Photo/Alastair Grant, File)

Las narraciones en torno a las maravillas de los tesoros ofrecía un gran gozo a los que escuchaban. La imaginación volaba hacia los personajes fantásticos que lo resguardaban o los habían arrebatado. De los tesoros y sus desbordantes cantidades de medallas o monedas se elevaban los sueños de felicidad que les daría tener lo que necesitaban para ser realizados; de manera inmediata, fácil, mágica. Las medallas de oro o plata también podían ser fundidas y transformadas en otras con otros personajes y decoraciones. Los tesoros pertenecían a todos en la imaginación. Los héroes eran los guardianes de estos tesoros de caras y plantas impresos en las medallas. Esta riqueza imaginaria era la de todos los que escuchaban las leyendas. No era exactamente un asunto económico como lo es ahora. En los tesoros se cumplía la transformación de cualquier forma de riqueza en la expresión más pura del mundo material: la pureza del brillo, la luz que emana de las cosas.

En la realidad, el mundo de las distinciones honoríficas y los premios en los certámenes o competencias encontraron en esas medallas la manera de irse transformando en monedas que eran entregadas a los que hacían de sus virtudes un deleite para los demás. Las medallas indicaban por el oro al más destacado, la plata al siguiente y el bronce al tercero. El oro era considerado el más puro de los metales, el más cercano al brillo del sol.

Imágenes de fantasmas hambrientos o “gaki”. Image from a Japanese scroll which describes the realm of the hungry ghosts and how to placate them. Currently housed at the Kyoto National Museum, artist unknown. (Wikipedia/ Desconocido, Dominio Público)

El brillo y pulimenta de esos círculos metálicos invocaban solamente lo bueno para siempre, no los tocaba la oscuridad. Era la recompensa de alguna virtud. Por su circularidad — otra forma geométrica como el cuadrado técnicamente hubiese sido más fácil de hacer — , los discos, eran una invocación de los cuerpos celestes, los planetas, las estrellas.

Así, las pieza de oro, plata, cobre u otro metal, han tenido la forma de disco, acuñados con distintivos de gran simbolismo, elegidos para acreditar su legitimidad y valor, al igual que su derivación en billete o papel de curso legal.

Las palabras son centrales en los mitos y cambiarlas llega a transformar o desaparecer el misterio. Cuando los tesoros son vistos solamente como dinero, se transforman en caudales de monedas, la referencia se encuentra en las cantidades y la maravilla desaparece. Los discos dejan de ser esferas celestes para convertirse en un instrumento aceptado como unidad de cuenta, medida de valor y medio de pago. Al final, los discos dejan de ser medallas y se integran a un conjunto de signos representativos del dinero circulante en cada país. Pero todavía entonces, durante mucho tiempo, la arqueología del disco permanecerá misteriosamente presente, en muchos de los brillos reflejados a la luz.

(AP Photo/Ariel Schalit)

Como sabemos, el dinero es el resultado del acuerdo que tomamos voluntariamente para convertir un objeto en una medida que nos permita intercambiar las cosas. De hecho, podría ser cualquier cosa la elegida con ese fin pero fueron los metales preciosos los más convincentes, no solo por sus atributos físicos, sino también por invocar las sensaciones mágicas que producen. Así, las monedas han estado con nosotros durante largo tiempo permitiéndonos cuidarlas con palabras accesorias como “buena moneda” o “moneda contante y sonante” y otras que nos sirven para saber de los efectos de sus usos. Todavía hoy, el diccionario recoge una larga lista de estos usos en la acepciones de la palabra “moneda”.

Cada metal tiene su propio sonido al ser golpeado, es “moneda contante y sonante” por eso. El oro suena de una manera diferente a cualquier otro metal y se acepta que es el más encantador. Experimentar el sonido de las monedas es una forma de conocerlas, sin ser experto en la pureza de los metales.

(AP Photo/Sergei Grits)

La “buena moneda” ha sido aquella tradicionalmente considerada de oro o plata. Por ejemplo, el peso mexicano fue durante largo tiempo considerado una moneda buena. Acuñada desde el inicio del siglo XIX, circuló por el Lejano Oriente en donde la plata mexicana era intercambiada desde la llegada de los galeones de la Nueva España, hasta prácticamente mediados del siglo pasado (El libro de J. Y F Gall, El filibusterismo editado por el Fondo de Cultura Económica, en uno de sus “Breviarios”, núm. 131, es un ejemplo extremado de la pasión que los tesoros de metales preciosos provocan y el poder de distorsión de la realidad que producen). El peso mexicano (buena moneda) también le sirvió a uno de los guitarristas más famosos del rock n’ roll tejano, Billy Gibbons del grupo ZZ Top, para fortalecer su leyenda como virtuoso gracias a que tocaba, decía, con un “mexican silver peso”.

Hill and Gibbons in 1983. (Wikipedia/ Helge Øverås, CC BY 2.5)

Las “buenas monedas” paulatinamente se pueden convertir en “monedas de reserva”, lo que quiere decir que son las que garantizan las operaciones de compra y venta en una escala internacional.

Hay monedas que circulan de mano en mano de manera indebida, no son buenas monedas y no entran en el listado de la nobleza de las cosas. En cambio decir “moneda corriente” es hablar de la que es legal y se acepta de manera usual. A todos nos interesa la garantía de su legalidad porque, recuérdese, está detrás ese acuerdo original.

Una “moneda cortada” se parece a una “buena moneda”. En sus orígenes, todas las “buenas monedas” llevan el canto decorado y son un círculo perfecto; es parte de su artisticidad. El trabajo sobre el canto es muy fino y puede llevar un cordoncillo o una leyenda. Cuando se dice “moneda cortada”, se alude a que carece del canto decorado y no es realmente circular.

(AP Photo/Ashley Chan)

Las monedas pueden, ya por el trabajo invertido en ellas, por el material del que están hechas o por la confianza del mercado en que circulan, ser para pobres o ricos. El “real de vellón”, forjado por orden de José Bonaparte, era un real “para pobres”, si se comparaba con el “real tradicional”, que mantenía con aquel una relación de dos por cinco. Las “monedas divisionarias” o “fraccionarias” también dan cuenta de estas distinciones. A mediados de los años sesenta del siglo pasado circularon los quintos o “josefitas” (que tenían a Josefa Ortiz de Domínguez), y, más recientemente, los tostones (medo peso) con Cuauhtémoc; sin olvidar los veintes (un quinto de un peso), con los que se hizo toda una tradición de echar volados con los merengueros en las calles.

La evolución de las monedas nos indica que su historia estaba abierta a muchas posibilidades. La “moneda fiduciaria”, cuyo valor no depende del objeto moneda, sino de la confianza de la comunidad usuaria, es hoy aceptada como recurso para los intercambios y constituye el modelo mundial, gracias al pacto social –un fenómeno de naturaleza tan mística como las narraciones mitológicas. Actualmente, las monedas de metales baratos pueden representar el valor de aquellas de metales caros. Las monedas de papel, los billetes, circulan gracias a esta suerte. Hay “monedas imaginarias” que no han existido o dejaron de existir pero que son referentes para hacer cálculos en contratos o intercambios. El peso mexicano, el que existió con su base real de plata, es ahora en este sentido una “moneda imaginaria”.

(AP Photo/Dario Lopez-Mills)

La continuidad de los elementos mitológicos de las monedas fue esencial para construir el capitalismo y la modernidad. Los nacientes impulsos hacia el aburguesamiento de la vida cotidiana dependieron de la intensificación del uso de las monedas como forma de cambio, manteniendo el halo de las fantasías populares para redefinir la idea de riqueza. La Iglesia prohibió el préstamo de las monedas y, si acaso, lo permitió hipócritamente a los judíos, lo que explica el papel tan destacado que tuvieron en el financiamiento de guerras y las primeras grandes empresas de índole comercial junto con la aparición de los primeros bancos.

La fuerza comunitaria que el elemento mitológico ha impreso en la moneda, se ha ido debilitando y la abstracción de las cifras que corren por el comando de las tarjetas o las operaciones ordenadas por las computadoras están borrando los últimos vestigios de realidad de un acuerdo muy antiguo en que nos podíamos reconocer unos a otros como los propietarios de la riqueza producida. En la abstracción de los caudales de dinero digitalizado, la propiedad ha pasado a quienes anónimamente cifran la riqueza en números, lo que debilita el sentido colectivo del brillo de los discos celestes en nuestros bolsillos. La historia de la moneda-objeto se acerca a un final. La eficiente fibra óptica de los bancos eclipsa su brillo de ayer.

Por José González.