¿Por qué seguimos soñando con descubrir otros mundos?

Retrato de Próxima B. (Wikipedia/ ESO/M. Kornmesser, CC BY 4.0)

Cyrano de Bergerac dijo que subió a la Luna recolectando, en frascos, el rocío de la mañana. Cuando el sol salió y evaporó el agua matinal de los recipientes atados a su cuerpo, el aventurero se elevó por los aires y llegó al imperio de los lunáticos. Ahí todo era diferente: las cosas se compraban con versos, los comensales de grandes comilonas se saciaban con el olfato y, sobre todo, nadie creía que la Tierra fuera un planeta. Cuestión de perspectiva: desde allá arriba, nuestro azul globo era sólo un satélite que salía por las noches. La historia cómica de los imperios y estados de la Luna fue escrita en 1655 y ya soñaba con encontrar otros mundos habitados que pudieran enseñarnos algo sobre nuestra miserable existencia. Este mismo sueño se ha ido propagando por las eras, con viajes espaciales y encuentros maravillosos, pasando por Julio Verne hasta nuestros alocados días de miedos apocalípticos.

Recientemente, un grupo de científicos descubrió evidencia de un nuevo exoplaneta, Próxima b, orbitando una estrella a la distancia justa para albergar agua. Esto quiere decir que este planeta tiene, en teoría, las primeras condiciones necesarias para soportar algún tipo de vida tal y como la conocemos en la Tierra. Pero el descubrimiento de Próxima b es aún más maravilloso: este exoplaneta es el más cercano que hemos encontrado hasta ahora. Claro, cuando decimos cercano, nos referimos a medidas cósmicas: Próxima b está situado a 4.2 años luz de nosotros, es decir, a más de 40 trillones de kilómetros de distancia.

Anteriormente, científicos habían encontrado evidencias de exoplanetas similares a 20.5 años luz (Gliese 581 c en 2007) y 1,400 años luz (Kepler-452b en 2015) de la Tierra. La diferencia es entonces mayúscula: Próxima b se encuentra orbitando Próxima Centauri, la estrella más cercana al Sol y, por esa cercanía, nos permite soñar con alocadas ideas de desplazamiento y contacto. Pero, por más que soñemos, la distancia sigue siendo infranqueable con la torpe tecnología de nuestra era. La idea de hacer contacto con otras formas de vida en el universo, de encontrar otras atmósferas y colonizar otros mundos sigue siendo solamente una idea. Sin embargo, es una idea poderosa que nos mantiene fascinandos.

¿Pero por qué nos intrigan tanto estas perspectivas? ¿Por qué seguimos deseando encontrar un mundo similar al nuestro? ¿Es sólo el deseo de no flotar solos en el espacio? ¿O es acaso un impulso más vital y poderoso?

(Bill Ingalls/NASA via AP)

¿Qué es Próxima b?

Empezando por el principio, hay que decir que un exoplaneta es un planeta que orbita una estrella diferente a nuestro Sol. Hasta ahora, hemos identificado más de 3,000 exoplanetas en nuestro universo visible. Sin embargo, la enorme mayoría de ellos son bolas de gas inhabitables. Muchos otros se encuentran a una distancia tan cercana de sus soles que alcanzan temperaturas extraordinarias. Pero éste no es el caso de Próxima b. O no exactamente. En realidad, este planeta se encuentra mucho más cerca de su astro que nosotros del Sol. Por comparar distancias dentro de nuestro propio sistema solar, podemos decir que Próxima b se encuentra 10 veces más cerca de su estrella que Mercurio del Sol. Y eso es muy cerca.

Aun así, por ser Próxima Centauri una estrella enana M, es decir, una enana roja, se trata de un astro mucho menos caluroso que el sol y mucho menos brillante. Es por eso que este exoplaneta, a pesar de orbitar a sólo 7.5 millones de kilómetros de su estrella, se encuentra dentro del rango de temperaturas que podrían albergar agua. Eso quiere decir que, en algunas partes del planeta, la temperatura podría fluctuar, agradablemente, entre 0 °C y 32 °C.

Pero estas cortas distancias también representan problemas. La cercanía con Próxima Centauri quiere decir que este exoplaneta está constantemente bombardeado por radiaciones violentas: en Próxima b hay un influjo de rayos X que es 400 veces mayor al que hay en la Tierra. A pesar de eso, algunos científicos consideran que la vida podría desarrollarse bajo este ambiente hostil. Sabemos, por ejemplo, de corales que contienen proteínas capaces de absorber rayos UV y procesarlos en otras ondas menos dañinas. Esta bioluminiscencia podría también existir en otros planetas… ¿Por qué no?

De cualquier manera, este tipo de especulaciones son puras conjeturas teóricas. Y eso es lo que producen los descubrimientos de exoplanetas: nos hacen pensar lo imposible; nos recuerdan los antiguos delirios de soñadores como Julio Verne y Cyrano de Bergerac; nos acercan a la ficción; nos dejan contemplando otros paisajes planetarios y soñando con hombres que mojan los pies en las orillas de otros mundos. Éstas son evocaciones poderosas porque despiertan en nosotros el miedo a perder nuestro mundo, el miedo de estar solos en el universo y el miedo de encontrar otra civilización, otras formas de inteligencia y la alteridad absoluta de alguna forma de vida radicalmente distinta.

¿Por qué seguimos soñando con otras tierras?

No es fácil explicar nuestra creciente fascinación por la búsqueda de planetas. Lo cierto es que ésta es una búsqueda reciente que está rindiendo sus mejores frutos en el siglo XXI: fue en nuestro siglo cuando se puso en línea el espectógrafo HARPS (High Accuracy Radial Velocity Planet Searcher) en La Silla, Chile (2004) y que se lanzó el enorme telescopio Kepler (2009). Con instrumentos diferentes, estos dos poderosos buscadores de planetas analizan los cambios en la luz de las estrellas: cualquier variación en la luminosidad recibida podría indicar que un planeta orbita alrededor de la estrella observada. Es así que encontraron a Próxima b y es así como quieren explorar su composición atmosférica: a través de la observación minuciosa de ligeros cambios de luz. Y sí, esto suena como una locura, pero los científicos han logrado maravillosas descripciones de exoplanetas a través de observar cómo refractan la luz de sus estrellas: a esas distancias no podemos simplemente asomarnos a observar.

¿Pero qué es lo que buscamos cuando buscamos planetas similares a la 
 Tierra? La primera cosa que siempre nos viene a la mente es la búsqueda de vida extraterrestre. Y el hecho de encontrar vida en Marte o en Europa (la luna de Júpiter que posiblemente tenga agua líquida bajo su superficie) podría ser muchísimo menos significativo que encontrar vida en un exoplaneta. Esto es porque no podemos estar seguros de que la vida que encontremos en nuestro sistema solar no haya sido un efecto colateral de la vida en la Tierra.

(AP Photo/Sayyid Azim, File)

Si encontramos vida en un planeta ajeno a nuestro sistema solar, lejano de más de cuatro años luz de nosotros, podemos estar seguros de que la vida nació, espontáneamente, en al menos dos lugares separados del universo. Eso confirmaría la posibilidad de que muchos otros planetas puedan estar habitados. Un descubrimiento así sería un enorme avance científico: podríamos establecer que la vida se da de manera espontánea y que no somos una coincidencia en la inmensidad del espacio. Podríamos, también, dar un golpe más al orgullo humano, un golpe que se sumaría a los de Galileo Galilei y Charles Darwin para mostrarnos que no somos tan especiales como siempre quisimos.

Así, lo que los científicos están buscando en las obstinadas observaciones de exoplanetas es un cierto tipo de brillo que muestre una atmósfera con oxígeno. El oxígeno tiende a desaparecer y es por eso que las trazas permanentes de este gas señalarían la presencia de una forma de vida similar a la nuestra. Pero aquí, de nuevo, nos encontramos con un problema: ¿Por qué nos obstinamos en encontrar formas de vida parecidas a la nuestra? ¿Por qué suponemos que la vida en el universo, naciendo de forma absolutamente ajena a la nuestra, se parece a lo que podemos imaginar? ¿Por qué seguimos soñando con humanoides?

Grandes autores de ciencia ficción, como Stanislaw Lem, han cuestionado constantemente las pretensiones humanas de encontrar y comunicarse con formas de vida absolutamente distintas. Lem siempre planteó, por ejemplo, situaciones extremas de contacto en las que los extraterrestres tienen formas incomprensibles y sociedades abigarradas (Edén) o en las que, de plano, la inteligencia a la que se enfrentan los humanos es un planeta que ajusta su órbita y crea seres vivos del recuerdo de los muertos (Solaris). Frente a la más absoluta alteridad, los hombres pierden toda esperanza de comunicación y se dan cuenta de lo solos que están en verdad: nuestra verdadera prisión es no poderse comunicar, no poder entender, no poder conceptualizar la extrañeza más radical. No es cuestión de energía y desplazamiento: no podemos encontrar vida extraterrestre porque, si la halláramos, no podríamos entenderla.

En cualquier caso, la vida extraterrestre no es la única razón por la que nos intrigan tanto los exoplanetas. Desde tiempos milenarios, la humanidad ha soñado con el fin de los tiempos. Y nuestra época tiene una obsesión recurrente y particular con el apocalipsis. Las películas sobre el fin del mundo se multiplican, las emergencias ecológicas dejaron de ser simples advertencias para convertirse en duras realidades y las guerras no parecen retroceder en barbarie y recurrencia. Desde que vemos tan cercano el fin del mundo, nos parece cada vez más apremiante la idea de encontrar una solución mágica que pueda salvarnos de nuestras propias tendencias destructivas. Así, la idea de encontrar un planeta parecido al nuestro, que pueda recibirnos en caso de emergencia, sigue alimentando nuestras vanas esperanzas. Culturalmente, lo vemos, por ejemplo, en Interstellar, como la única forma de salvar a la humanidad en el eterno regreso al descubrimiento de un nuevo planeta habitable. En Total Recall, también, observamos la realización de Ray Bradbury en los cielos azules de un Marte terraformado. Y, claro, en Another Earth, vimos la idea de encontrar otra Tierra igual a la nuestra, una nueva Tierra con todas las promesas de reparar nuestros más nimios errores.

Lo que resulta impresionante, en todo caso, es que sigamos soñando con abandonar nuestro planeta. Para viajar a 4.2 años luz de distancia necesitaríamos romper los límites teóricos del espacio y del tiempo, necesitaríamos consumir una cantidad incalculable de combustible o inventar una forma de cosechar la antimateria. Hasta ahora esto es simplemente imposible. Y aun así, seguimos pensando que la mejor solución a nuestra empecinada destrucción está en abandonar el planeta. La fatalidad y el orgullo se mezclan perfectamente en nuestras pretensiones de colonias extrasolares: pensamos que no somos lo suficientemente buenos para salvar a este mundo y, al mismo tiempo, creemos que las estrellas están al alcance de nuestras predatorias garras.

(Bill Ingalls/NASA via AP)

El descubrimiento de Próxima b muestra bien estos impulsos humanos de conquista, redención, miedo y culpa. Pero también nos enseña, con una singular lección de humildad, sobre lo poco que sabemos del cosmos y lo lejos que estamos de todo. Nuestro terror hacia lo infinito del universo y sus inalcanzables orígenes es también lo que impulsa la curiosidad que nos sigue haciendo voltear hacia las estrellas. Tal vez algún día encontraremos la vida que tanto hemos buscado fuera del planeta; tal vez lograremos expandir nuestra propia cultura más allá de los límites del sistema solar… Mientras tanto, los grandes descubrimientos astronómicos que hemos hecho nos sirven como un espejo para ver las preocupaciones de un mundo que huele su final y que conserva, apenas, la esperanza de salvarse con los descubrimientos titubeantes de la ciencia.

Por Nicolás Ruiz.