(Foto por Erich Schlegel/Getty Images)

¿Quién fue realmente el Tío Sam?

La propaganda que mandó a la gente a morir a la guerra

Hubo una imagen que se hizo muy popular en Estados Unidos durante la Primera Guerra mundial: un señor viejo de pelo blanco, cuya ropa es de los colores de la bandera americana, apunta con su dedo al espectador y sostiene una mirada de gesto adusto. Al pie de la imagen se lee la frase “I want you for U.S. Army”, que en español quiere decir “Te quiero a ti para el ejército de los EE. UU”: era el Tío Sam.

En inglés el nombre abreviado del país (U.S. = United States = Estados Unidos) tiene las mismas iniciales que el apodo “Uncle Sam” (tío Sam). Por esta razón, el tío Sam es un ícono de los Estados Unidos que representa a la nación como un hombre mayor. Hay quienes dicen que este juego de palabras proviene de 1812, cuando unos soldados nombraron “tío Sam” a un distribuidor de carnes en Nueva York llamado Samuel Wilson, que sellaba sus cajas de producto con las iniciales del país.

Sea cual sea la verdadera historia de su origen, el lema del cartel para inscribirse al ejército norteamericano también podría traducirse como “Te quiero a ti para el ejército del tío Sam”.

El origen de la imagen más famosa de la Primera Guerra mundial

Esta figura icónica ganó fama como instrumento de convocatoria para que los jóvenes se enlistaran en el ejército estadounidense y fueran a la guerra a partir del 6 de abril 1917, año de su primera publicación en apoyo a la declaración de guerra de Estados Unidos contra Alemania. Su dibujante, el neoyorquino James Montgomery Flagg, se basó muy de cerca en una propaganda bélica diseñada para Inglaterra por el ilustrador Alfred Leete.

Esta portada fue diseñada por Alfred Leete. (Dominio Público)

La imagen original fue un encargo para la portada de la revista London Opinion del 5 de septiembre de 1914; sin embargo, resultó tan atractiva que se hicieron 10 mil copias de ella y se utilizaron como carteles. En su versión americana, la figura del hombre está basada en la de su autor; en la inglesa, el modelo fue el ministro de Guerra Lord Kitchener. La postura corporal era la misma que vemos en el tío Sam: un hombre serio apunta con su dedo a quien lo mira.

El gesto, de una simplicidad avasalladora, juega con la selección y la culpa: por un lado, el alto funcionario “elige” a las personas aptas para ir a la guerra; por otro, es un deber ciudadano general asistir al país en tiempos armados. El lema británico “Your country needs you” (“Tu país te necesita”) reforzaba el mensaje de que ser parte del ejército era tanto un honor como una obligación.

El diseño de Montgomery se reprodujo en 4 millones de copias para promover el registro en las tropas estadounidenses. Al final, el número de soldados enlistados fue de 4 millones 734 mil 991. De esa cantidad, 116 mil 516 murieron a causa de la guerra y 204 mil 002 resultaron heridos.

El poder de la propaganda en la guerra

(Foto por Hulton Archive/Getty Images)

Después de que Estados Unidos hiciera su declaración de guerra, el presidente Woodrow Wilson ordenó la creación de un comité encargado de la publicidad bélica: se necesitaba convencer al público general de que el gobierno había tomado una buena decisión al entrar en el conflicto armado. Entre otros especialistas en comunicación que formaban el Comité de Información Pública (también conocido como Comité Creel), estaba Edward Bernays, pionero en teoría de la publicidad. De acuerdo con él, el secreto de una propaganda efectiva está en la simplificación del mensaje.

Estados Unidos comprendió en el proceso de la Primera Guerra mundial que una propaganda exitosa no sólo promociona una idea, sino que educa al receptor y controla la opinión pública. Si se logra implantar disimuladamente una idea dentro de la razón colectiva, las personas no sospecharán que están siendo manipuladas o seducidas por agentes externos, sino que apoyaran causas, ideas o personas siguiendo su “sentido común”.

De acuerdo con un estudio realizado por los especialistas en Comunicación e Historia Social Paula Requeijo Rey, Carlos Sanz González y Carlos del Valle Rojas, la publicidad bélica norteamericana siguió cinco reglas para lograr su éxito comunicativo:

  1. Orquestación. Consiste en organizar tanto las ideas que se van a difundir como los medios para hacerlo. Por ejemplo, durante la Gran Guerra, EE. UU. incluyó en el programa de propaganda a 75 mil voluntarios que ofrecieron un total de 750 mil discursos a favor de la guerra.
  2. Contagio o unanimidad. La mejor forma de transmitir una idea es por repetición. Dentro de cualquier estrategia de propaganda, es importante el empleo de líderes de opinión, debido a que los receptores del mensaje lo reciben como una idea autorizada por alguien a quien admiran. De allí que el Comité Creel usara espacios como obras de teatro, escuelas, películas, iglesias y periódico a manera de plataforma para comunicar el mensaje.
  3. Transfusión. La propaganda normalmente se basa en un historias previas que le sirven de fundamento. Entre esas historias, lo más común es el empleo de mitos nacionales o cuentos tradicionales que la gente no pone en duda, como el Destino Manifiesto o la Doctrina Monroe en el caso estadounidense.
  4. Contrapropaganda. Dentro del proceso de promoción del mensaje, es relevante atacar la estrategia de propaganda del contrario para lograr su rendición.
  5. Simplificación, desfiguración o engrandecimiento. El mensaje a transmitir tiene que reducirse a su composición mínima para volverlo accesible a cualquiera. Para ello, muchas veces es necesario hacer generalizaciones que terminan por tergiversar o exagerar características del problema o del contrincante.

Antes de la propaganda, la retórica

En realidad, los norteamericanos no fueron los primeros en pensar cómo transmitir un mensaje de forma efectiva. Los primeros (o al menos, de quienes tenemos noticia) fueron los griegos. Entre varios otros pensadores de la Antigüedad Clásica, Artistóteles -famoso por sus aportaciones en el terreno de la filosofía- escribió también un tratado sobre el arte de la persuación, con el que se han educado cientos de generaciones de políticos y gobernantes que logran conseguir lo que sea por medio de palabras.

La Retórica de Artistóteles es una especie de manual para políticos en donde se explica qué estrategias pueden usarse para componer un discurso que logre convencer a alguien de algo. Tanto la forma en que se disponen las ideas en el discurso como la manera en que se ejecuta en público el discurso son importantes para persuadir a la gente y transmitir un mensaje en términos efectivos.

Winston Churchill. (Foto por Hulton Archive/Getty Images)

Acaso la diferencia entre la antigua retórica y las estrategias publicitarias sea la cantidad de gente a la que se dirigen los mensajes. El concepto de masa fue posible sólo después de que renovaciones tecnológicas como el radio o el telégrafo acortaran las distancias y extendieran el terreno de acción de los mensajes.

Ahora las cosas se han vuelto aún más vertiginosas desde la aparición del Internet y siempre habrá un tío Sam que intente seducirnos a participar en la guerra o apoyar las decisiones de los gobernantes. Así que es momento de plantear nuevamente la pregunta: ¿Qué nuevas estrategias estarán usando los políticos para manipularnos?