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¿Vivimos en una simulación?

Somos un recuerdo del pasado imaginado en el futuro

The Matrix es, sin lugar a dudas, una de las películas más representativas del género de ciencia ficción. La premisa de la historia es fascinante: el mundo en que vivimos es una simulación configurada por inteligencias artificiales. Todo lo que experimentamos como real: el cielo rojo de la tarde, el sabor del chocolate o la sensación de frío en la piel son una serie de señales eléctricas a las que nuestro cuerpo está conectado dentro de una encubadora, que es parte de una serie incalculable de cabinas idénticas. Seguramente los lectores recordarán las palabras de Morfeo para proponerle a Neo continuar en el mundo como lo ha hecho hasta ese momento o despertar:

-Ésta es tu última oportunidad. Después de eso, no hay vuelta atrás. Si tomas la pastilla azul, la historia acaba: despiertas en tu cama y crees lo que quieras creer. Si tomas la pastilla roja, permaneces en el País de las Maravillas y te muestro qué tan profundo llega la madriguera del conejo blanco.
Elon Musk. (Photo by Bill Pugliano/Getty Images)

¿Qué pasaría si algo de la trama de la película no fuera ficticio? Elon Musk, uno de esos genios modernos del tipo de Mark Zuckerberg, Bill Gates o Steve Jobs, declaró hace unos meses en una charla su inclinación a pensar que no vivimos en una realidad objetiva. Sus palabras no pueden ser tomadas a la ligera, debido a que se trata de uno de los físicos e ingenieros más prominentes de nuestros tiempos: creó el primer automóvil deportivo que funciona totalmente con electricidad, un transbordador espacial privado y el sistema de pagos por internet PayPal. El argumento principal de Musk está basado en la observación de las mejoras tecnológicas en los videojuegos:

Mientras que hace algunas decenas de años sólo existía el juego de ping-pong en las pantallas [compuesto por dos barras verticales y un punto blanco que iba de un lado a otro] -sostiene el especialista- ahora hay simulaciones fotorrealistas en tercera dimensión con millones de personas jugando simultáneamente.

En efecto existen vastas comunidades de jugadores conectadas, por medio de computadoras con acceso a internet, para tener experiencias compartidas en mundos completamente digitales. Si es posible ahora mismo tener este tipo de participación en realidades simuladas, ¿por qué no pensar que ya estamos dentro de una gran simulación? Rich Terrile, especialista en inteligencia artificial y robótica en la NASA, piensa algo muy parecido a las teorías de Musk:

En 30 años esperamos que PlayStation (si continúan saliendo cada seis u ocho años sería PlayStation 7) sea capaz de computar unas 10 mil vidas humanas simultáneamente en tiempo real, o una vida humana en una hora. ¿Cuántas PlayStation hay a nivel mundial? Más de 100 millones. Así que piensa en 100 millones de consolas, cada una conteniendo 10 mil humanos. Eso significa que, para entonces, conceptualmente, podrías tener más humanos viviendo en PlayStation que en la Tierra.
(Photo by Sean Gallup/Getty Images)

A principios del nuevo milenio, el filósofo sueco Nick Bostrom publicó un artículo titulado “¿Vives en una simulación computarizada?”, con la teoría de que en un futuro posthumano, nuestros descendientes tendrán la tecnología necesaria para recrear el mundo del pasado, es decir, nuestro presente. De tal forma, los humanos del porvenir serán capaces de reproducir nuestro mundo tal y como era, o sea, justo como lo percibimos nosotros ahora mismo.

Uno de los principios de los que Bostrom parte para argumentar su teoría, es que el funcionamiento del cerebro humano puede ser reproducido por máquinas, al menos estructuralmente. Otro es que pronto será posible alcanzar la tecnología necesaria para crear mentes conscientes en computadoras. Si damos estos puntos de partida por buenos, no es difícil aceptar que en un futuro (no sabemos con certeza qué tan lejano) las computadoras tendrán el poder necesario para imitar el funcionamiento de una mente humana.

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Incluso si dentro de años continuara siendo físicamente imposible simular el universo entero a detalles (ninguna computadora actualmente está cerca de tener esa capacidad), Bostrom asegura que bastaría con una simulación tosca para lograr una experiencia realista. La conclusión a la que llega en su artículo (después de comprobaciones lógicas y ecuaciones que argumentan sus puntos) es la siguiente:

A menos que estemos viviendo en una simulación ahora mismo, nuestros descendientes nunca echarán a andar una simulación de ancestros.

La comprobación de Bostrom se basa en el hecho de que si damos por sentado que la tecnología (en caso de que siga el ritmo de desarrollo que ha tenido hasta ahora) podrá imitar el funcionamiento del cerebro humano y logrará reproducir la forma en que experimentamos el mundo, entonces es prácticamente obvio que podríamos estar viviendo ya en una simulación. Lo bello de esta teoría radica en que una observación cuidadosa del presente nos conduce a imaginar un futuro en el que este mismo presente que lo posibilita es, a su vez, creación del futuro.

Imagina ahora que hay un hombre sentado en un sillón verde leyendo un libro. En la historia que lee, alguien tiene la intención de matar a alguien más y saldar un asunto de amores. Para lograrlo, el agresor atraviesa corriendo una alameda, llega a un edificio, sube las escaleras y pasa por varias habitaciones hasta llegar al salón donde descansa su objetivo: un hombre que lee, sentado en un sillón verde. Varios habrán reconocido ya la anécdota de “La continuidad de los parques”, del escritor argentino Julio Cortázar. El sentimiento de circularidad que genera el cuento es parecido al que provoca la teoría de la simulación: un mundo “real” -el del lector del principio- se conecta con el mundo de la ficción del libro leído, en otras palabras, A contiene a B que contiene a A. Si lo que percibimos es una simulación de algo que fue percibido en el pasado, entonces el presente está contenido en el futuro que siguió de este presente.

Dominio público.

Lo interesante aquí es darnos cuenta de que el avance tecnológico podría generar una imitación tan perfecta de nuestra experiencia del mundo, que el original y su copia serían prácticamente indistinguibles. Esta capacidad hace que el tiempo secuencial, tal y como lo organizamos en un calendario, pueda tener otros sentidos. Posiblemente lo que nosotros consideramos nuestro presente es parte de un recuerdo que alguien del futuro está generando.

Sin embargo, si el argumento más fuerte de la teoría es que la tecnología será capaz algún día de hacer una simulación perfecta de lo que ahora vivimos (a tal grado que quizás vivimos ya en ella), ¿cómo podríamos observar las costuras de esa simulación? ¿Podríamos despertar al mundo real del futuro? Nuestra imagen del futuro nace -necesariamente- del presente en el que estamos y del conocimiento del pasado. En estricto sentido, no podemos pensar fuera de los horizontes que rigen y organizan nuestro conocimiento actual del mundo. Incluso cuando imaginamos una inteligencia superior capaz de simularnos desde el futuro, nuestro punto de partida es lo que ahora mismo podemos observar y analizar. Estamos frente a la estructura de una matrioska: creemos en un futuro que nos inventa, incluso si somos el origen de ese futuro. En literatura a esto se le llama recursividad. El lector del sillón verde puede ser consciente de que es personaje del relato que lee pero eso no modifica su historia, conforme avanza en la lectura y confirma el momento cercano de su muerte sólo actualiza las palabras que ya estaban escritas. Si nuestro mundo presente es producto de un recuerdo que nosotros mismos tendremos en el futuro, lo único que podemos hacer es sonreír frente al porvenir.

Por Nayeli García.