Pasaporte de ciudadano universal.
Una alternativa para no ser apátrida del mundo, aunque si del propio estado.

Tal vez tener el Passeport de citoyenneté universelle no vaya más allá de su valor simbólico, pero su significado alcanza a la multitud de fronteras que cada vez más pretenden rodearnos.
Fronteras políticas o las geográficas, que por su naturaleza son fácilmente superadas, mejor que las creadas por la especie humana en su afán de marcar territorios, como si cuanto le rodea nos perteneciera, al margen y por encima de los demás que no somos nosotros.
Pero tiene otro valor, de humilde rachazo al nacionalismo, al patrioterismo contemporáneo que señala como nacionalistas a otros de los que hay que protegerse. Rechazo humilde porque la alternativa de ser apátrida sería mucho más peligrosa. Llegar a esa opción no es una muestra de compromiso sino de renuncia total a romper con lo que nos empobrece por el mero rechazo de lo diferente.
¿Quién no ha querido alguna vez renunciar a su pertenencia a un estado nacional por la vergüenza que le producen sus políticas de violación indirecta, en el mejor de los casos, de los derechos humanos y de las libertades cívicas de otros seres humanos que habitan en países de una periferia imaginaria?
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