I. Sólo un día para cruzar


— Hay un sólo día al año para cruzar. El único día del año, el día exacto. Ni antes ni después podrás hacerlo — Murmuró el niño en mi oído mientras nos escondíamos del que nos buscaba.

El tiempo exacto para jugar una buena partida de escondidas antes de volver a trabajar, eso eran los descansos en los primeros años de escuela. Él y yo nos escondíamos juntos la mayoría de las veces y hablábamos de cosas que no creo recodar del todo bien. No era mi mejor amigo, pero sí mi compañero de escondidas.

El tiempo de las rosas no duraba mucho, al parecer a eso se refería cuando me dijo que hay un sólo día al año para cruzar, pero entonces no lo comprendí sino hasta muchos años después, cuando Marina decidió que podía cruzar luego que medio planeta se desmoronó por culpa de la esfera aquella, la del fin del mundo.

Marina siempre me pareció una chica sencilla pero para nada débil o pacífica, por el contrario, la energía que transmitía parecía incontenible. Tenerla de compañera resultaba energizante, más que tomar una dosis de píldoras nutritivas por la mañana; siempre corriendo de un lado a otro, siempre contenta y siempre cantante. Marina, en definitiva, es una de esas personas que hacen falta siempre en la vida cuando no se les tiene al lado.

La mañana del día indicado — no se por qué pero todos saben reconocer ese día menos yo — Marina despertó de mejor humor que nunca, se duchó, preparó el desayuno y me despertó para acompañarle a comer. Comimos las frutas secas que había en el tazón blanco, bebimos algo de esa infusión parecida al café — como extraño el café — , comimos la última ración de queso seco. La comida, desde que todo cambió, no resulta tan buena pero con el tiempo nos hemos acostumbrado. Marina me dijo, resuelta, que lo iba a intentar. No pude más que mirarla estupefacta, sin poder articular palabra.

No me gusta que la gente se vaya, menos si son personas valiosas como ella. Cuando el primero del grupo logró cruzar me puse muy triste. Carlo era el único que sabía como fabricar velas y se fue sin dejar la receta, y no nos dimos cuenta de eso hasta que nos quedamos sin velas, obviamente. Luego Serena, Hiyao, Bjørn, Luis; todos terminan por querer cruzar y yo no entiendo para qué. Supongo que por eso no se qué día es el día exacto para hacerlo.

Acompañé a Marina al valle de las rosas. Le decimos así porque, de alguna manera extraña, entre muchas rocas que salieron de debajo de la tierra se conservó un jardín lleno de rosales. Lo descubrimos un día que Serena se perdió y salimos a buscarle. Rodeado por enormes rocas resulta ser como un pequeño escondite. Los rosales mismos se han protegido de muchas cosas, son muy fuertes y es extraño que una flor pueda protegerse tan bien, mejor que muchos árboles grandes y fuertes que ahora ya no existen. Cuando alcanzamos el valle justo al medio día las rosas estaban hermosamente iluminadas por la luz del sol de medio día. Marina me dijo, secamente, que no tenía mucho tiempo y echó a correr entre los rosales.

No soy lo que se puede llamar una persona ágil para correr y mucho menos entre rosales espinosos, pero traté de seguirla lo más cerca posible. Corrimos unos cuantos minutos y alcanzamos el centro del valle. Ahí hay una piedra triangular que la hace unas veces de transmisor y otras de reloj de sol, dependiendo de la persona que se encuentre junto a ella. Las cosas que quedaron después de El fin del mundo funcionan dependiendo de la persona que las posee, no recuerdo si antes era así, pero ahora resulta lo más normal. Cuando le di alcance ella estaba sacando lo necesario de su mochila. Lo hacía ceremoniosamente, cosa rara en ella que todo el tiempo hace las cosas con prisa. Desplegó la vela de tela montada en el soporte de alambre, sacó los alambres necesarios para conectarla a la piedra triangular, también el aceite y el brebaje que preparó un día antes.

Conectó todo y lo dejó preparado mientras yo la miraba sentada a unos cuantos pasos. Mientras hacía eso no pronunció palabra aunque yo hubiese dado lo que sea por platicar una última vez con ella. Cuando estuvo lista casi era momento de partir y me miró con una expresión extraña, luego me abrazó y me dijo al oído: — casi será tu turno de actuar — . Besó mi mejilla y entonces sucedió, como siempre.

El sol iluminó la piedra triangular que cargó la vela de luz azul, todo tembló bajo nuestros pies y Marina se aferró con fuerza a la vela . Un destello. Desapareció.

Me quedé ahí parada unos segundos mientras comprendía que ahora estaba sola. Todos se habían ido, año tras año, y ahora estaba yo sola. Luego volví a guardar todas las cosas dentro de la mochila y fui a casa, caminando despacio con el único pensamiento de estar sola dando vueltas en mi cabeza.

Esa noche, la noche que Marina se fue, le encontré vagando por el jardín.