Amanecer en el aire

Palarba: Alto

La primera vez que lo vi me tomó por sorpresa y me impresionó tanto que aún cuento esa experiencia como una de las más reveladoras de mi vida, por sencilla y asombrosa.

Llevaba siete horas mirando por la misma ventanilla, pensando en la lejanía de las estrellas que alcanzaba ver, en el viaje que estaban emprendiendo, en el viaje que yo emprendía. Llevaba siete horas alejándome a toda prisa de todo lo que conocía.

A pesar de llevar a otras 400 personas en el mismo vehículo, era un momento muy íntimo. La decisión de irme pudo parecer impulsiva pero para mí fue solo el siguiente paso, orgánico, en orden, aunque no lo entendiera.

El sonido incesante de las turbinas arrullaba a casi todos los pasajeros pero yo seguía mirando hacia afuera, despierto, me acompañaba una soledad maravillosa y el incesante parpadeo de la lucecita al final del ala.

Volaba a más de 1100 km/h hacia un continente desconocido, hacia idiomas desconocidos, hacia colores, olores y sensaciones nuevas. Y aunque la incertidumbre y yo no tengamos una buena relación, yo iba feliz.

No me pesaba la angustia que dejaba atrás y no extrañaba. Así como me alejaba del abrazo de mi mamá y el acento de mi tierra, me alejaba también de la incomodidad, de la gente que me había hecho daño, de la gente a la que yo le había hecho daño, de los recuerdos feos y las culpas. Dejaba atrás el único lugar en donde había sufrido; así que sonreía viendo la oscuridad a través de la ventana.

Foto: Marco Adrián Vega Botto

Iba solo, feliz, en silencio y a oscuras.

Y entonces apareció. Primero fue una insinuación en medio de la noche, tal vez azul, tal vez violeta. Luego, una línea suave e infinita se extendió como una sonrisa enorme, inocente, como un abrazo de alegría, de lado a lado.

Foto: Marco Adrián Vega Botto

No entendía el progreso porque todo sucedía al mismo tiempo, hacía un segundo todo era negro y ahora los colores mutaban y bailaban. Hacia mi izquierda las ventanas solo mostraban negrura, pero a mi derecha mostraban el inicio de una fiesta maravillosa.

Foto: Marco Adrián Vega Botto

De pronto distinguía nubes y el horizonte cada vez más fuerte, ahora sí era azul y también violeta, pero también había turquesa, varios turquesas, y amarillo y verde, rosado y naranja. El cielo arriba, abajo y al frente mío era un concierto de colores. Y el océano empezaba a saludar con reflejos plateados y blancos, lejos, hacia abajo.

Momentos después los rayos del sol cortaban con violencia la pintura de la mañana, entraban por las ventanas y rebotaban por todas partes. La penumbra silenciosa de hacía unos momentos ahora era un escándalos de colores. La sonrisa tranquila de hacía unos momentos ahora era una expresión de sorpresa.

De aquel viaje volví distinto, como siempre sucede. Y sé que el cambio inició ahí, con aquella insinuación hermosa sobre el horizonte desnudo, tal vez azul, tal vez violenta.

Foto: Marco Adrián Vega Botto